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Análisis económicoJosé Ramón Riera

La inflación silenciosa que engorda a Hacienda y adelgaza al consumidor

Los huevos ya han subido un 91,5 % desde 2018, y la carne de vaca, un 61, 4 %

Hay cifras que no necesitan interpretación, solo honestidad. Pocas son tan elocuentes como las que ofrece el INE cuando uno compara la evolución del Índice de Precios de Consumo generalccon el de los alimentos. Entre 2018 y 2025, el IPC general ha aumentado un 23,2 %. Una subida muy importante porque es lo que determina la subida de los salarios, las pensiones y otras muchas variables económicas.

Pero esto es una visión superficial de lo que realmente está pasando en nuestro país. Para centrarnos en que afecta realmente al ciudadano, vamos a analizar la evolución de los precios de la alimentación, que afectan claramente al día a día de las familias.

El subíndice de alimentos se ha disparado un 39,7 % entre 2018 y 2025

El subíndice 011 Alimentos, entre 2018 y 2025, se ha disparado un 39,7 %. El verdadero drama emerge al descender al detalle: productos básicos, cotidianos, esenciales, con incrementos que rozan lo inverosímil, lo alucinante, lo increíble.

La inflación alimentaria no es un fenómeno técnico. Es un golpe directo al bolsillo de los hogares. Y, paradójicamente, es también una fuente silenciosa de ingresos extraordinarios para el Estado. En esta historia solo hay un ganador que se llama Hacienda, y un perdedor evidente que son los consumidores y las familias. El resto es ruido.

La narrativa oficial suele centrarse en la moderación del IPC general, en la convergencia con Europa o en la estabilidad de los precios energéticos. Pero la inflación que realmente condiciona la vida de los hogares es la que se mide en el supermercado, no en los informes macroeconómicos.

La inflación alimentaria tiene dos características que la hacen especialmente dañina. Primero, es inelástica, es decir, no se puede reducir el consumo de alimentos sin afectar al bienestar básico y, segundo, es regresiva, pues afecta más a quienes destinan una mayor parte de su renta a la alimentación, es decir, a los hogares con menos recursos.

Que el precio de los huevos haya crecido un 91,5 % a Pedro Sánchez, como no paga nada, le importa un comino. A todos los presidentes y consejeros delegados del IBEX 35 que ganan millones, exactamente lo mismo, pero a las familias que tienen unos ingresos justos para llegar a fin de mes y que además les han quitado un 71 % más de IRPF en este mismo período de tiempo y han pagado un 42 % más de IVA, se les hace muy cuesta arriba llegar a fin de mes.

A las familias con ingresos justos y que además les han quitado un 71 % más de IRPF en este mismo período de tiempo y han pagado un 42 % más de IVA, se les hace muy cuesta arriba llegar a fin de mes

Por eso, aunque la inflación general pueda parecer controlada, la sensación social es de pérdida constante de poder adquisitivo. Porque la inflación que se comunica no coincide con la inflación que se sufre.

Para que vean que no les estoy contando algo que me estoy inventando, he cogido los datos del INE, que no es el organismo hoy que más contento me tiene, y he preparado la siguiente tabla:

Los datos hablan por sí solos. En siete años, los huevos han subido un 91,5 %, como ya he comentado, pero la carne de vacuno lo ha hecho un 60,4 %, y en España somos «carnívoros»; la leche, un 54,6 %; la fruta fresca, un 49,2 %; el café, un 49,1 %; las patatas, un 47,9 %; el arroz, un 41,3 %. Incluso el aceite de oliva, que ya partía de niveles elevados, se ha encarecido un 34,8 %. Y el pan, ese termómetro social que nunca falla, ha subido un 27,2 %.

No estamos hablando de bienes prescindibles ni de productos gourmet. Son alimentos básicos, los que definen la dieta media de cualquier familia. Y cuando estos precios se disparan, no hay escapatoria posible, se puede cambiar de marca, pero no se puede dejar de comer.

La brecha entre la inflación general y la alimentaria es, en sí misma, un indicador de desigualdad. Mientras el índice global se mueve un 23,2 %, la cesta de la compra lo hace casi al doble. Es decir: el coste de vivir, no de consumir, sino de vivir, crece mucho más rápido que el coste de la economía en su conjunto.

En este escenario, hay un actor que siempre sale ganando: Hacienda.

La mecánica es sencilla: si los precios suben, la recaudación también. En el caso de los alimentos, la ecuación es aún más rentable porque la demanda es estable. No importa que el precio suba un 40 %. La gente seguirá comprando leche, huevos o patatas y fruta fresca.

Esto convierte a la inflación alimentaria en un multiplicador fiscal automático. El Estado ingresa más sin necesidad de subir tipos, sin aprobar nuevas figuras tributarias y sin asumir el coste político de una reforma fiscal. Basta con dejar que los precios sigan su curso.

El Gobierno puede presumir de no subir impuestos mientras recauda como si los hubiera subido. La inflación, en este contexto, actúa como un impuesto silencioso

El resultado es una paradoja difícil de explicar al ciudadano. El Gobierno puede presumir de no subir impuestos mientras recauda como si los hubiera subido. La inflación, en este contexto, actúa como un impuesto silencioso. No aparece en los Presupuestos, no se debate en el Parlamento y no se vota en las urnas. Pero se paga cada día.

La pérdida de poder adquisitivo es evidente y sostenida. Ninguna actualización salarial puede compensar un 91 % de subida en los huevos o un 60 % en la carne de vacuno y, aunque algunos sectores han visto incrementos salariales relevantes, la mayoría de los hogares vive con la sensación de que cada mes llega un poco más justo y, por eso este tema, la economía real se ha convertido en el segundo asunto más importante para los españoles y no lo digo yo, lo dice José Félix Tezanos, que aunque sea un manipulador compulsivo, se le ha colado esa información en su última encuesta.

La inflación alimentaria tiene además un efecto psicológico tremendo, pues erosiona la percepción de bienestar. No es lo mismo que suba el precio de un coche o de un electrodoméstico, productos que se compran cada varios años, que lo que realmente suba sean los alimentos que se compran cada semana. La repetición del impacto genera una sensación de desgaste continuo.

Lo más preocupante es que esta tendencia no parece coyuntural. Siete años de subidas sostenidas en productos básicos indican un cambio estructural en el coste de la alimentación en España. No estamos ante un pico inflacionario puntual, sino ante un nuevo nivel de precios.

La historia económica reciente de España no se explicará por la evolución del IPC general, sino por la de los alimentos. Es ahí donde se está librando la batalla real del poder adquisitivo. Y, de momento, el marcador es inequívoco, Hacienda engorda, las familias se aprietan el cinturón y la cesta de la compra se está convirtiendo en el nuevo termómetro del malestar social.

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