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El astrolabioBieito Rubido

Cambiar nombres

No acabo de entender, ciertamente, por qué para defender a las mujeres hay que agraviar a los hombres

El claustro de profesores de un instituto de enseñanza media de La Coruña quiere cambiar su nombre de Ramón Menéndez Pidal por el de Isabel Zendal. Ambos poseen sobrados méritos, distintos, eso sí, para ser reconocidos con ese honor. Bien es cierto que ambos están muertos y no creo que entren ahora en esas disquisiciones. Al fin y al cabo, como decía Carlos I de España y V de Alemania, «yo a los muertos no les hago la guerra». La razón de ese intento de mudar de denominación es porque entre los nombres de los institutos de la bella ciudad herculina apenas si hay nombres de mujer. No acabo de entender, ciertamente, por qué para defender a las mujeres hay que agraviar a los hombres. Especialmente en este caso, donde estamos hablando de una figura que se caracterizó por darle a las mujeres de su familia, tanto a su esposa, María Goyri, como a su hija, Jimena, un protagonismo intelectual y público infrecuente en aquellos tiempos. En realidad, no existe motivo objetivo alguno para llevar a cabo ese cambio.

Estamos de nuevo ante esa inveterada costumbre española de abordar lo inútil para terminar cayendo en un dislate. Ya saben, lo innecesario siempre es un error. En países de nuestro entorno, Italia, Francia, Reino Unido y hasta el mismo Portugal, guardan un respetuoso cuidado de su pasado y de todas las expresiones, tanto nominales como de iconografía. Por las más céntricas calles de Londres podemos ver estatuas de sus héroes, tanto en el campo de las armas como de las artes y las letras. No se cambian los nombres de las calles ni se retiran efigies de nadie. En Madrid, no hace mucho, una de las más sectarias ministras de la historia, Magdalena Álvarez, retiró a Franco y su caballo para colocar a un sanguinario como Largo Caballero. Si por Largo fuera, España hubiera sido una dictadura comunista, satélite de la vieja y cruel URSS. Pero ahí tienen al amigo de Stalin y a Prieto, instigador de la revolución de Asturias y responsable de sustraer parte del tesoro del Banco de España y llevárselo a México para vivir a cuerpo de rey. A muchos españoles les ofende profundamente esa presencia. Así que o retiramos a todos, o dejamos la historia y a los muertos en paz.

Días pasados, el TSJ de Andalucía dio la razón a la familia Pemán y Cádiz ha tenido que restituir en todos sus honores al insigne escritor José María Pemán. ¿Qué necesidad hay de esta guerra? En algunos lugares de Galicia le han retirado honores y calles a Manuel Fraga. Uno de los artífices de la Transición a la democracia, padre de la Constitución, generador de riqueza con su política del fomento turístico de España y notable presidente de la autonomía gallega, además de fundador, entre otras muchas cosas, del diario El País, por si alguien no lo sabía. Pocos gallegos han contraído más méritos con la sociedad española y gallega que él. Pues ahí tienen a concejales incultos y sectarios retirándole los títulos a Fraga.

Ahora en La Coruña quieren agraviar superfluamente a una de las cumbres de la historia intelectual española y, por tanto, coruñesa. De hecho, Menéndez Pidal fue miembro de la Real Academia Gallega. No digo yo que Isabel Zendal no tenga méritos para dar nombre a una institución de enseñanza o a cualquier otro organismo. ¿Solo por ser mujer? Busquen otro argumento. Eso debería ofender a las mujeres. A Isabel Zendal, tras su gesta e implicación en la expedición Balmis, le sobran méritos. No necesita usurpar involuntariamente los honores de otros.

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