Templo Romano de Córdoba

Templo Romano de CórdobaJC

Cuando el Templo Romano desbarató los planes para ampliar el Ayuntamiento

Cuando los primeros restos vieron la luz se pensó que correspondían a la residencia del pretor

A estas alturas nadie duda de la importancia que en el patrimonio de la ciudad tienen los restos del Templo Romano de la calle Claudio Marcelo. Tan bien situados, en pleno centro de Córdoba, equidistantes de las Tendillas y la Corredera, son el testimonio público más brillante del pasado romano de la ciudad.

Estos restos arqueológicos, que fueron redescubiertos cuando se derribo la tapia que impedía su visión, esperan desde hace más años de los necesarios la intervención necesaria para que la visita por su interior sea un atractivo más de los que Córdoba ofrezca al visitante.

Muchos creerán que siempre han estado ahí, en la esquina de la calle Capitulares, oteando el horizonte de la Campiña desde lo alto de la muralla. A lo largo de la historia de la ciudad nada se sabía de su existencia hasta que un día, como todo resto arqueológico, emergió del subsuelo como consecuencia de unas obras.

La eterna falta de espacio

El Ayuntamiento de Córdoba se mudó de Ambrosio de Morales a Capitulares por falta de espacio, pero nunca llegó a solucionar el problema. Recién instalados en su nueva sede, en el siglo XVI, necesitó comprar algunas casas colindantes para ampliar sus instalaciones, y así se anduvo en las centurias siguientes porque siempre se necesitaba más.

En el siglo XIX, durante la Restauración, el alcalde Tomás Conde idea la construcción de un nuevo edificio, al estilo de que se habían construido en algunas capitales durante el periodo isabelino. El proyecto contemplaba una gran fachada en el tramo final de la calle Claudio Marcelo, pero aquello nunca se llegó a materializar como se había ideado y sólo se construyó el primer cuerpo.

Proyecto de la fachada del Ayuntamiento a la calle Claudio Marcelo

Proyecto de la fachada del Ayuntamiento a la calle Claudio MarceloLa Voz

Esta precariedad municipal se iba solventando a salto de mata hasta que, ya en el siglo XX, el alcalde Antonio Cruz Conde decide acometer otra ampliación que, siguiendo la tradición, tampoco se llegó a rematar por la aparición de unos restos arqueológicos.

¿El pretorio?

En un principio no se sabía muy bien de qué trataba. La Hoja del Lunes los describía en 1951 como «restos de un edificio romano: el pretorio; o sea, la residencia del gobernador de la Bética». Esta afirmación se fundamentaba en haber encontrado «el podio o basamento de unos 60 metros cuadrados de superficie, unas bases de columnas de mármol blanco, varios trozos de un capitel y otros más de columnas del mismo carácter».

La envergadura de lo encontrado, aun desconociendo a qué correspondía, hizo a Cruz Conde encomendar la dirección de las obras al arquitecto Félix Hernández, como jefe de zona de la Dirección General de Bellas Artes. El alcalde pidió también la colaboración del arqueólogo Antonio García y Bellido, quien al cabo de unos días acertó en su diagnóstico y señaló que esos restos correspondían a un Templo Romano.

Gatos sobre un capitel del Templo Romano

Gatos sobre un capitel del Templo RomanoJC

Ante este imprevisto, Cruz Conde, como explica en sus memorias, buscó sacar provecho de la situación y se le ocurrió la idea de crear una gran plaza jardín, con los restos de capiteles y columnas, así como con un monumento a Séneca.

La anastilosis

Pero García y Bellido, por su parte, tenía otros planes. Convenció a Félix Hernández de que la solución pasaba por la anastilosis; es decir, por el levantamiento de la fachada, «haciendo de ella un ornamento de la ciudad, sin conceder nada a la fantasía o la improvisación y sin mixtificar sus ruinas venerables».

A partir de ese momento comenzó la salvación del Templo Romano, pero nadie sabía que el ritmo tan endiabladamente lento de las obras iba a acabar con los nervios de cualquiera. Por ejemplo, cuando García y Bellido fija con exactitud la identidad de lo aparecido, esto se limitaba a poco más que al frontal del edificio, ya que el resto estaba ocupado por el ala occidental del edificio municipal y no se demolería hasta décadas después.

Columnas del Templo Romano

Columnas del Templo RomanoJC

Las excavaciones habían escapado de la competencia municipal. Correspondían a la Dirección General de Bellas Artes y, por lo tanto, su financiación era estatal. Así, hubo años en los que había que conformarse con lo poco que asignaran y en la mayoría de ellos no se hacía nada porque no se destinaba ni una peseta.

Más retrasos hasta hoy

La anastilosis culminó y las gavillas que asomaban sobre los falsos capiteles de hormigón indicaban que se quería seguir y reconstruir el frontón. Pero no llegó el dinero y aquí se quedó la cosa hasta que alguien, con buen criterio, ordenó que se cortasen esas piezas de hierro.

Desde que aparecieron los restos, en la década de los 50 del pasado siglo, como se ve, todo ha ido excesivamente lento, tanto en los primeros tiempos como en los últimos. La eliminación del muro que cerraba el recinto y sus sustitución por una baranda de cristal tuvo el efecto positivo de integración de los restos en la ciudad. Desde ese momento se produjo un cambio de actitud, ya que los cordobeses consideraron como suyo todo lo que había detrás y que hasta entonces había estado oculto. Por esto, han sido -y son- quienes se encargan de denunciar cuando la vegetación invade el lugar o cuando las obras, como siempre ha ocurrido, se retrasan más de la cuenta. Nada nuevo.

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