Interior de la Casa de Socorro de Córdoba

Interior de la Casa de Socorro de CórdobaArchivo Municipal de Córdoba

El portalón de San Lorenzo

La Casa de Socorro de Córdoba

«Lo primero que hacían los ordenanzas eran ponerle una especie de máscara de algodón impregnada de amoniaco “para rebajar el tono de la borrachera"»

En una memoria escrita en 1874, el médico don Antonio Giménez y Serrano, fundador de la primera Casa de Socorro de Córdoba llamada como tal, hacía referencia a su inauguración dos años antes, indicando los benefactores gracias a los cuales pudo ponerse en pie:

"Con el apoyo moral de la autoridad local, secundado por la corporación municipal; la estimable colaboración de mi amigo don Nicolás Sánchez Pesquero, profesor en cirugía menor, el concurso de mi propio hijo don Antonio Jiménez y Morales, estudiante de medicina, y el ofrecimiento espontáneo y gratuito de los dignísimos farmacéuticos don Francisco de B. Pavón, don Francisco de Paula Furriel, don Antonio Ortiz y Correa, don Mariano Montilla y Luna, don Manuel Marín, establecí en noviembre de 1872 esta Casa de Socorro, que ofrecí a las autoridades y al vecindario de Córdoba”.

Documento que cita la primera Casa de Socorro que hubo en Córdoba

Documento que cita la primera Casa de Socorro que hubo en Córdoba

Según seguía indicando en la citada memoria, se establecía la Casa de Socorro en la vivienda número 25 de la popular calle el Poyo (hoy Juan de Mesa), en el barrio de San Pedro. A renglón seguido el alcalde de Córdoba nombró director de dicha institución al propio Antonio Giménez, y como practicante a don Juan Francisco Martínez. Sus sueldos respectivos eran de mil ciento treinta y seiscientas veinticinco pesetas, ambos importes sujetos a un descuento del doce por ciento.

No conocí esta pionera Casa de Socorro, que para los de mi generación será siempre la situada en la calle Góngora, unas cuantas puertas más arriba de la llamada «casa del Guerra». Ocupaba una manzana de propiedad municipal formada por el Juzgado, una Sala Municipal de Exposiciones y la misma Casa de Socorro. Cuando en 1976 se procedió a levantar el edificio actual de Hacienda se trasladó la Casa de Socorro a los pabellones militares de la avenida de la República Argentina, desapareciendo finalmente en 1992.

La Casa Municipal de Socorro, como todos sabemos, era donde todo el mundo acudía al sufrir algún accidente que requiriese de cierta atención médica. En los casos más graves nos llamaba la atención ver su ambulancia, que en vez de una sirena u otra señal similar utilizaba el clásico toque de una campanilla colgada del techo del acompañante del conductor, un uniformado ordenanza de turno.

En nuestros años infantiles y jóvenes era raro encontrar a quien no hubiese sufrido alguna vez una pedrada, se cayese de la patineta, o se soltara malamente de aquel tremendo juego que llamábamos el látigo (una cadena humana cogidos todos por la mano en fila, y así agarrados empezar a correr rápidamente. Como los primeros, por regla general, eran los mayores y más fuertes, hacían un efecto látigo por el que los pequeños que iban al final casi que ni pisaban el suelo y a veces salían disparados con bastante fuerza). Así que muchas veces fuimos a la Casa de Socorro cuando salía sangre, nuestra o de algún compañero herido. Los propios ordenanzas solían decir al vernos: «¿Otra vez aquí?».

Los atrevidos del río Guadalquivir

Aparte de las heridas de este tipo, me contaba Pepe Puerto Hidalgo que cuando el río Guadalquivir en los años 40 y 50 se convertía en verano en una auténtica playa la gente iba a bañarse con la tranquilidad de saber que la Casa de Socorro «estaba allí en donde tenía que estar».

Pero la gente joven de entonces tampoco es que se contentara con un tranquilo chapuzón. Tenían sus «piques» por cumplir, y era obligación de amor propio lanzarse desde los barandales de la Ribera cerca de la Cruz del Rastro y cruzar nadando hasta la otra orilla. Nadie quería ser el último, y además, para darle mayor peligro al reto, se aprovechaban los momentos del anochecer cuando ya la barca plegaba remos y dejaba de funcionar. A veces se juntaban charpas de varios barrios y competían entre sí, cada una animando a sus campeones. También comentaba que los más arriesgados se subían hasta la Cerámica la Madrileña, y desde allí, bajaban por todas las corrientes del río con la ropa en la cabeza, hasta los Peñones de San Julián. Eso era una especie de reválida que le gustaba hacer a toda la gente joven.

Otros se aventuraban a pasar por el boquerón del Molino de Carbonell, el de Lope García, o a bañarse, en la zona llamada El Soto, detrás del viejo estadio del Arcángel, lugar de arenosas orillas en el que se aprovechaban las pozas profundas creadas por los areneros al extraer la arena. En ese ambiente los Fra Polo, los Berenguer, los Dobao, los Caballero, los Lucas, los Canarios, los Copado, los Lopera, los Chapu, y tantos otros, pusieron muy caro el listón desafiando al río.

No es de extrañar, por tanto, que con tanto atrevimiento fuese de lo más habitual que en aquellas aventuras, sobre todo por los saltos desde las alturas, se produjesen cortes, magulladuras, contusiones, dislocaciones de hombros u otras eventualidades que terminaban inevitablemente en la Casa de Socorro. Visto lo visto, era casi hasta lo mejor que les podía pasar.

Los médicos y practicantes

En la Casa de Socorro trabajaban, entre otros, los doctores Blanco, Rodríguez, Ortiz, Navas, Valenzuela, Lara, Atance padre e hijo, Kindelán, Del Rey, Pesquero, Moya, Molina, Ortiz Clot, Medina, Morán... que junto con los practicantes Alcalá, García, Ruiz, Domínguez, Cobos, Segorbe, Zurita, etcétera velaron por la atención de esta institución tan recordada por los cordobeses.

De todos ellos, al que más conocí fue a don Nicolás del Rey, porque su coche casi siempre estaba aparcado muy cerca de mi casa, en la pequeña plazoletita de Don Arias. Era inconfundible porque, además de que había pocos, el automóvil tenía en su puerta un rótulo que decía: «Don Nicolás del Rey, médico». Aparcaba allí, junto al amplio edificio de dos puertas que los vecinos conocíamos como el colegio, porque en esa casa vivía su chófer, Antonio González, padre del excelente joyero Pepe González, el que fuera encargado de los Hermanos Paris de Málaga.

El colegio de la calle Roelas

Ya que ha surgido esta historia de la casa del colegio en la confluencia de las calles Roelas, plaza de Don Arias y Custodio, haremos una pequeña digresión para contar un poco sobre este desconocido lugar.

En cuanto a su antigua actividad como centro educativo tenemos que retrotraernos a 1910, cuando era un Colegio de Niñas cuya maestra era Carmen Riera Ronci, mujer ejemplar que en 1890 había obtenido puntuaciones de sobresaliente. Tenía 30 plazas y adquirió cierto protagonismo en una suscripción para la bandera del acorazado España en la cual participó junto a otros colegios, llegando a recolectar la respetable cifra de 1.041 pesetas.

A este pequeño y casi anónimo colegio asistieron con gran pompa las autoridades políticas y culturales locales en 1916 cuando inauguró una cantina, que en realidad eran las instalaciones de un comedor con capacidad para las 30 alumnas. Poco después, en 1918, la maestra se quedó viuda.

Actual edificio en lo que fue el colegio junto a la plaza de Don Arias

Actual edificio en lo que fue el colegio junto a la plaza de Don Arias

Entre las alumnas de aquel colegio estuvieron Elisa Almedina Carmona y su hermana. A Elisa la conocí porque fue la madre de Juan Jiménez Almedina, gran amigo del barrio y compañero en Westinghouse. De joven, esta mujer participó en 1925 en un concurso de belleza celebrado en San Lorenzo.

La casa del colegio, una vez que cesó esta actividad, fue también casa de paso”, de forma que entrabas por la plaza de don Arias y salías por la calle lateral Custodio. Era muy espaciosa y con gran número de vecinos. Entre los que recuerdo estaba Pepa Prieto, toda su esforzada vida laboral en los Laboratorios Besoy, aparte de estar al cuidado de sus dos hermanos. Estaba emparentada con la madre de Paco y José Luis Serrano, los monaguillos que me sucedieron en la iglesia de San Lorenzo, unos chavales encantadores que formaron parte de aquella Rondalla de San Lorenzo que ganó el primer premio en un Concurso Nacional de Villancicos en 1961.

También fueron vecinos de esta casa los componentes de la familia de Rafael Polo Luque, gran orfebre de la madera, y que estando haciendo su servicio militar conmigo en el Parque y Talleres de Automovilismo de los Santos Pintados siempre que el coronel mandaba a su ordenanza para que lo buscase solía indicarle: «Vaya usted al taller y dígale al artista que venga». Era porque Rafael le solía hacer unos cañones en miniatura que, probablemente, el coronel regalaría a sus amistades. En esa casa hubo otros buenos escultores que desarrollaron su trabajo junto a los famosos hermanos Valverde.

Otra familia que vivió en esta casa fue uno de la saga de los Jiménez Gavilán ‘Los Panchos, que habiendo nacido en la calle Obispo Aguacil, dicha familia se repartieron por las calles Juan Tocino, Hornillo, Mayor de Santa Marina, Dormitorio, Montero y hasta en la calle Custodio. Fue Antonio Jiménez Gavilán el que se mudó a esta casa que se le llamaba el colegio, y se dedicó al taxi y al transporte con su camión que lo tenía nombrado como Pancho. Tengo que decir que este hombre tuvo por hijos un varón que era el que llevaba el camión y dos hembras algo menores y una de ellas se casaría con Tomás Rubio que fuera jefe de Personal de Cenemesa durante los años 1964-66 sustituyendo al histórico don Manuel Jaén Lacalle.

En esa casa también vivieron los abuelos maternos del popular Limpio personaje singular de la Semana Santa de Córdoba y las cofradías, muy relacionado con el Prendimiento, así como los simpáticos Mellis, Juan y Manolo Vivar Navarro, hermanos muy polifacéticos en todo lo que fuera espectáculo. Uno de ellos llegó a tener una barbería en el Arroyo de San Lorenzo, pero duró escasamente unos meses abierta. El otro bailaba en los primeros tiempos del Zoco Municipal cuando El Mangui marcaba el compás con sus palmas.

Algunas de las camillas que te solías encontrar allí cuando ibas a la Casa Socorro

Algunas de las camillas que te solías encontrar allí cuando ibas a la Casa Socorro

Los ordenanzas

Retomando la Casa de Socorro, aparte de los médicos y practicantes quisiera recordar la figura del ordenanza, que se llevaba el trabajo incómodo de cargar con el accidentado o herido, a veces en estados poco recomendables.

La ambulancia aparcada en la acera de enfrente a la Casa de Socorro

La ambulancia aparcada en la acera de enfrente a la Casa de Socorro

Antonio Fernández Almagro fue de los primeros chófer-ordenanza que conocí. Su uniforme, cuando lo lavaba su esposa y tendía en su casa de vecinos de la calle Cristo, imponía mucho respeto. En la taberna de la Paz de San Agustín cariñosamente lo conocían como Almagro el de la ambulancia. Otro era el amigo Manolo González, que vivía en la calle de Jesús Nazareno. Manolo tocaba la campanilla de la ambulancia con mucho brío. Más tarde se mudó a la calle Humosa y frecuentaba casa Pepe el Habanero, siempre orgullosamente ataviado con su uniforme.

Pero para ordenanza singular de verdad uno del que ya hemos hablado en algún que otro artículo: Rafael González Alcaide, personaje entrañable de la Córdoba de siempre, al principio matarife del matadero municipal, pero cuando cerró este establecimiento fue recolocado como portero del Ayuntamiento y la Posada del Potro, luego ordenanza de la Casa de Socorro, y aparte picaor de toros con Gabriel de la Haba ‘Zurito’ con el sobrenombre de Pelajopos.

Criado y recriado en la Puerta Nueva de los hermanos Flores, los García Rueda (marmolistas), los Herrera, los De la Torre (industriales de la piel), los Moreno y los Lanti, fue miembro de la peña Puerta Nueva, que aglutinaba a casi todos los vecinos del entorno y organizaba sus concurridas excursiones y peroles en la finca El Negrete que era casi como su segunda casa.

Su nombre salió en la Orden del Día de un pleno del Ayuntamiento, no para ponerle ninguna calle ni un homenaje, sino para comentar su comportamiento con un turista alemán, que al pasar por delante del edificio del Ayuntamiento, y como él era esa tarde el portero, le preguntó chapurreando español: «¿Aquí trabajan por la tarde?», y él, ni corto ni perezoso, le contestó: «Mire usted, por la tarde no viene nadie. Por la mañana sí vienen todos, pero tampoco trabajan».

El caso es que a resultas de aquello al amigo Rafael González lo quitaron de portero y se lo llevaron como ordenanza a la Casa de Socorro, donde terminó su ajetreada vida laboral municipal. Allí coincidió muchas veces en el servicio de guardia nocturno con Paco Morrugares, que comentaba que el inefable Rafael se echaba a dormir metido en un batín de seda (regalo de Gabriel ‘Zurito’) rematado con su elegante pañuelo al cuello. Parecía más el jefe o gerente de aquella institución que un ordenanza. Hasta los propios doctores se veían un tanto cortados de mandarle algo y procuraban no despertarle.

El alcalde Alarcón visitando la Sala de Curas

El alcalde Alarcón visitando la Sala de Curas

Algunos clientes habituales

Por desgracia, había personas que eran demasiado asiduas a la Casa de Socorro. Uno de ellos, de nombre José, se apodaba Fu Manchú, quizás por sus rasgos algo achinados. Decía que su padre había sido alcalde durante la II República en un pueblo de la provincia, y seguramente por este hondo sentimiento político lo primero que se le ocurría cuando bebía demasiado era despotricar de forma agresiva contra todos aquellos que se encontraba por medio y que no comulgaban con sus ideas.

Fue tantas veces a la Casa de Socorro que se puede decir que existía un protocolo establecido para atenderle. Lo primero que hacían los ordenanzas eran ponerle una especie de máscara de algodón impregnada de amoniaco “para rebajar el tono de la borrachera", si bien los médicos nunca estuvieron de acuerdo del todo con este proceder. Luego, si presentaba alguna herida se la curaba, y casi sistemáticamente era trasladado al Hospital de Agudos, donde las monjas a su cargo también eran objeto de sus fuertes invectivas. Para calmarlo lo introducían en una especie de alberca a la que denominaban La Ponderosa, recordando aquella serie televisiva de ‘Bonanza’ que amortizó nuestros primeros televisores. Allí lo aseaban, dándole alojamiento por 24 o 48 horas. Una vez lavado y aseado se solía ir de inmediato, pues en la libertad y soledad de la calle era en donde se encontraba a gusto. Cuando lograba hablar en estado sobrio se notaba que era un hombre ameno, de palabra fácil y con cultura.

Comentaba que había estudiado en un importante colegio de curas de su pueblo. Su taberna preferida eran Los Gallegos, de Perfecto Seoane, en la calle Alfonso XII. Sus últimos años solía cobijarse bajo el pórtico de San Lorenzo, donde hacía vida y dormía con sus bártulos. En cuanto trataban de ayudarle y lo recogían de la calle al poco volvía a su sino. Un día amaneció muerto, dejado de la mano de Dios, en la vía pública. Una vida desgraciada.

Otro cliente habitual de aquella Casa de Socorro fue el llamado ‘Ya queda poco’, por esta expresión que usaba mucho. Este hombre debía de tener alguna minusvalía psíquica y padecer también de ataques de epilepsia recurrentes. Cuando era atendido le suministraban un tranquilizante para darle confianza y poder manejarlo, pues era una persona de tremenda fuerza. En las ocasiones más graves se derivaba al Hospital de Agudos.

Aparte de estos desgraciados ejemplos, la Casa de Socorro era también el sitio de destino de algunos accidentes masivos que trastocaban el habitual goteo de pequeños casos.

Entre estos, recuerdo el que nos contó Rafael Páez Rodríguez ‘El Caracoles’, vecino de mi casa que trabajaba en la empresa de autobuses San Rafael, con sus cocheras en la avenida de Cervantes, muy cerca de la casa de Manolete.

Contaba que un día de 1951 llegó a nuestra casa de vecinos don Pedro Muñoz, el párroco de San Lorenzo anterior a don Juan Novo. Iba a darle la extremaunción, parece ser, a Ana Velasco Garrido, una vecina ya muy mayor.

El cura iba acompañado de un joven Pepe Bojollo que ya era sacristán. Cuando salían, El Caracoles se les acercó amigablemente, y tras intercambiar algunas impresiones le comentó a Bojollo que recordaba que había entrado como sacristán en 1944, pues por esos días le había ocurrido un incidente con un autobús que salió ardiendo cerca del día de San Rafael, cuando repostaba combustible en los alrededores de la Acera de Guerrita y el Hospicio de la Merced.

Iniciado el fuego, rápidamente se procedió a desalojar el vehículo, pero a pesar de todo hubo algunas víctimas. Recordaba especialmente a un ingeniero joven de la Electromecánicas, Jesús Ibarrola, y a unas siete u ocho personas más, entre ellas a don José Serrano Aguilera, párroco entonces de San Lorenzo y que salió prácticamente ileso de milagro.

Los accidentados fueron conducidos de inmediato a la Casa de Socorro en una furgoneta a la carrera conducida por el mismo Caracoles, y allí fueron atendidos urgentemente por los médicos de guardia. Siguió contándonos que mucha gente de Córdoba acudió para ver el estado en que quedó el autobús. Las autoridades alabaron la eficacia y profesionalidad del personal de la Casa de Socorro, y también hubo otros héroes que tuvieron protagonismo ayudando de inmediato a los accidentados en el mismo lugar del suceso, destacando de forma muy especial Tomás Egea, un personaje de aquella Córdoba de posguerra que se tiró casi toda su vida de profesor en la cercana Escuela Ferroviaria. Al igual que pasó recientemente en Adamuz (lamentablemente, una tragedia incomparablemente mayor) las buenas personas siempre aparecen en estos difíciles momentos.

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