Patineta
El portalón de San Lorenzo
El rey de la patineta
«El simpático Leal estaba muy al corriente de todo lo que bullía en la juventud de Córdoba»
A primeros de los años 50 del siglo XX los chiquillos apenas tenían posibilidades de conseguir algún tipo de juguete más o menos elaborado. Las economías familiares españolas eran todavía muy limitadas, por no decir que de subsistencia en su mayor parte. Faltaban en el país muchos artículos, entre otras cosas debido a los bloqueos de todo tipo que le hicieron a España después de la guerra mundial y, lógicamente, no iban a ser prioritarios los regalos de los Reyes Magos o similares. Aparte, en esa Córdoba las fábricas de juguetes eran escasas y aún venía muy poco desde fuera (mayoritariamente de la zona levantina).
Por eso, en muchas casas con abundantes niños a lo máximo que se podía aspirar era a un paquete de caramelos o bolitas de regaliz, y con eso te podías sentir más que despachado. A falta de una bicicleta, un caballito de cartón, una moto simulada o un soldadito, la imaginación infantil (entonces aún fértil) no descansaba para encontrarle sustitutos. Y así, a falta de bicicletas, se buscaba algo que te permitiera pasear y desplazarte con un simple esfuerzo mecánico, y de ello resultó aquella idea feliz de la patineta.
La patineta consistía básicamente en tres cojinetes como elementos de rodaje que se acoplaban a una pequeña plataforma, siempre de madera, con una rueda delantera capaz de girar buscando la dirección y dos ruedas posteriores que se limitaban a seguir el curso que demandara la anterior. Totalmente artesanales, hubo niños (y no tan niños) sumamente habilidosos que diseñaron excelentes patinetas, ligeras y rápidas para el desplazamiento, apoyadas en la buena calidad de los cojinetes.
Encontrar estos cojinetes para la patineta no era una tarea fácil, pues no eran elementos que abundasen. No digamos ya los pocos que conseguían rodamientos de bolas, un material aún más escaso. Y eso que proliferaban las chatarrerías donde vendían cualquier material que se pudiera imaginar. Recuerdo la chatarrería del Huerto el Peral, en la calle Ruano Girón; la de Hernández, en la calle Tomillar; la de un tal Barba, cerca del convento de Santa Isabel, u otras chatarrerías en San Juan de Palomares, calle Huerto de San Agustín o frente el convento del Carmen de Puerta Nueva.
Las competiciones
Ese mundo de la patineta tenía sus héroes que se lo ganaban a pulso en competiciones que solían celebrarse con descensos temerarios como el de la antigua carretera de Pedroches, desde el «canasto de las vagonetas» hasta el puente sobre el arroyo. O aquellos otros desde el puente de la Choza del Cojo hasta la puerta de la Venta de Rosales, aprovechando ese tramo de la carretera de Madrid que estaba asfaltada. O el trayecto algo más corto desde la cuesta del Colodro hasta llegar a la taberna La Cosaria en la calle Mayor de Santa Marina. Fueron muchos los sitios donde destacaron chavales como Roque, de la calle de los Ciegos; El Colilla, de la calle Rinconada; El Patato Chico, de la calle Juan Tocino; El Escayola, de la populosa calle Montero; El Churrete Grande, del Muro de la Misericordia; El Botijo, de las Costanillas; El Tormenta, del Jardín del Alpargate… Todos ellos muy hábiles y especialmente valientes, porque a algunos hasta se les desmontaba su frágil patineta montada a mano en aquellos peligrosos descensos a toda velocidad.
Pero entre los numerosos ases de la patineta quisiera destacar, sobre todos, a Alfonso Reina Conde (1934-2008). Este chico tenía dificultad para andar al sufrir una poliomielitis muy severa en ambas piernas. Su padre trabajó en la fábrica de sillas de anea que la familia de los Salva tenía en la calle Hornillo, junto a la bodega de Ordóñez, justo enfrente de la casa de otra familia emprendedora, los Salazar, que se dedicarían con éxito a la panadería y confitería.
El vástago de estos Salva supo invertir muy bien el dinero ganado por la fabricación de sillas en el negocio familiar. Con él adquirió la llamada casa de los balcones de las Costanillas. Este joven Salva era un hombre muy animoso que disfrutaba y mucho desplazándose siempre montado sobre su bicicleta de carreras, la cual sólo abandonó con la edad. Entonces compró otra casa en San Juan de Letrán, enfrente de la taberna Casa Millán, casa donde fueron vecinos los Molina Cañizares, el extrovertido Claus y su esposa Salud, los Calvo y el singular Pepete, que era como el cronista andante de San Juan de Letrán.
La solidaridad de los vecinos
Una vez que tuvo la flamante casa remodelada, a la que le puso numerosos balcones como la de las Costanillas, el tal Salva se trasladó allí a vivir sus últimos años. Frecuentaba la cercana Casa Millán, donde más de una vez comentó cómo apreciaba a la familia de Alfonso Reina, cuyo padre había trabajado desde siempre en la fábrica de sillas de su padre. También contaba que su padre (dueño de la fábrica de sillas) al ver al hijo de su empleado con esos problemas tan graves de movilidad en las piernas, que lo hacían prácticamente un impedido, fue quien decidió hacerle una buena patineta para que se pudiese desplazar de un sitio para otro. La idea surgió en la taberna de Pepe el Habanero, en la calle Dormitorio, donde el padre de los Salva se juntaba con algunos amigos, en especial con Manolo Diéguez, que trabajaba en Cenemesa y fue quien de alguna forma le facilitó los cojinetes, la parte más importante de una patineta.
Gracias a esto, Alfonso Reina se criaría con su patineta llegando a ser un especialista consumado en su manejo. Y cuando había que empujarle, o el cansancio y las distancias le vencían, el resto de chiquillos de su calle o su barrio lo llevaba donde hiciera falta. Por la zona de la Piedra Escrita, Rinconada de San Antonio y Costanillas, donde vivía, era querido por todo el mundo.
El joven Alfonso empezó a trabajar de zapatero. Y fueron muchas las veces que se le pudo ver acudir a la calle Alfaros a comprar el material que necesitaba en Casa Varo. Por otra parte, sus ansias de ver mundo, que para él era simplemente poder desplazarse como una persona normal por toda Córdoba, lo hacían presente con su patineta en los campos de fútbol de los Salesianos, en el Estadio de Lepanto, e incluso se le podía ver en las ferias de la Fuensanta o la Victoria. En este último sitio también se celebraban a primeros de los años 50 carreras de motos, y allí estaba como uno más Alfonso Reina animando con palmas a los hermanos Carlos y Demetrio del Val, los líderes de aquellas competiciones. Un bondadoso vecino de la calle Escañuela, Manolo Zarzo, que trabajaba en la fábrica de gaseosas Pijuan, se lo traía de vuelta en su triciclo, con patineta incluida dentro.
Al final, gracias a su tesón y esfuerzo, Alfonso Reina era en cierto modo un héroe para todos nosotros. Sobre todo cuando un día en el Bar Gol, cerca del Estadio del Arcángel, pudimos verle disputando un pulso al Canario, un fornido platero de la calle Abéjar que era el líder en los saltos desde el Molino de Martos. Ese día habíamos venido de presenciar los entrenamientos del Córdoba CF, y entonces la parada en el Bar Gol era casi obligada pues podíamos contemplar de cerca a los jugadores del equipo que se pasaban por allí.
Un pulso bien ganado
Uno de los hermanos Langas, aquellos hermanos que además de mayoristas de plátanos en las Lonjas Municipales, eran grandes aficionados al fútbol que promocionaron el CD Arcángel en el Club de los Chavales del Estadio de San Eulogio, ellos fueron los que competidores en todo, habían apreciado la musculatura que tenía Alfonso (trabajada desde pequeño al tener apoyados los brazos en la patineta) y fue el que planteó la posibilidad de ese pulso. Como espectadores estaban algunos jugadores Córdoba como el portero Juanito González, Luisito, Alfaro, y el propio Roque Olsen, el entrenador del Córdoba. Tras una lucha muy disputada venció Alfonso Reina y el propio Canario, elegante, le reconoció la victoria y alabó la extraordinaria fuerza del muchacho.
Entre sus grandes aficiones, Alfonso disfrutaba como un niño mientras presenciaba los desfiles de los legionarios, tanto los de verdad como los de su barrio, como llamaba él a aquellos chiquillos que por las fechas de Semana Santa se empeñaban en imitar a los anteriores, con sus desfiles marciales por las calles del barrio.
Los legionarios con la cabra que ilusionaba a los chiquillos y mayores
Los primeros, marchando al toque apresurado de su tambor y los espléndidos sonidos de sus trompetas, convocaban a toda la gente a presenciar su paso marcial cuando venían para acompañar al Cristo de la Caridad. Y a nuestro amigo y entusiasta Alfonso Reina le gustaba estar siempre en primera fila para presenciarlos. Nunca olvidaremos la sensación que nos llevamos en el barrio y que compartimos con él, cuando detrás de la cabra, en medio de aquellos recios legionarios, vimos a Pepín, uno de los hijos del Platanero; a Rafael, hijo de Amparito; al hijo de Carmen La Larga, que apodábamos El Mono, y a los célebres mellizos de la calle Abéjar. Se habían ido del barrio hacía años a la Legión para tratar de encauzar sus vidas. Competían marcialmente con la Infantería de Lepanto que acompañaba a la Virgen de las Angustias, con una espectacular escuadra de gastadores formada por los hermanos Domínguez, Luis Sainz y Rafael Ordóñez.
Tal era la impresión que estos desfiles de legionarios nos dejaban que espontáneamente se formaron los segundos, «los del barrio». Los hermanos Cócoros, en unión de otros chavales más de las calles y plazas vecinas del entorno de la calle Montero, como Rafael Bueno, Rafael Salazar, de la Coba Ruano, Antonio Sánchez, Pedro Larrea, Francisco Rueda, Paco García, Francisco Chamorro, Manolo Peña, Andrés González, Emilio Soler, Paco Roldán, Manolo Jaén, Paco León, José Urbano, Antonio Sanz, y otros más que no recuerdo, por las calles Montero, Rivas y Palmas y Costanillas, se atrevieron a desfilar de forma maravillosa a los toques de la trompeta del singular Luis Ranchal Ramírez, uno de los mayores del grupo que había sido corneta en la Marina. Hay que decir de este corneta, nacido en la calle Montero, que en sus años juveniles trabajó en el horno de tortas de Nuestra Señora del Araceli en el Arroyo de San Lorenzo. Alfonso Reina tampoco se perdía estos desfiles.
Un día de 1956, justo después de una Semana Santa más, al volver de nuevo de presenciar los entrenamientos del Córdoba CF cambiamos nuestra ruta habitual y nos dirigimos a Casa Leal, esa añorada tienda de la calleja del Toril que vendía todo tipo de tebeos, revistas y hasta artículos de broma, siendo la principal de éstas bromas el siempre alegre y bromista dueño. Fuimos a comprar tebeos de ‘El Capitán Trueno’, que eran la debilidad de mi amigo José González de la Cuesta 'El Lechón' (yo era más de ‘Roberto Alcázar y Pedrín’ y de El Guerrero del Antifaz’). Íbamos a pagar cuando nos sorprendió el bromista de Leal haciéndonos una simple cuenta de dos pesetas con un enorme bolígrafo. Al final de aquella escena de broma y teatro y al ver que nos acompañaba Alfonso Reina montado en su patineta nos dijo: "Quedan ustedes invitados a la gran carrera cronometrada de patinetas que tendrá lugar el próximo sábado, entre la Espartería y la calle Almonas”.
Y es que el simpático Leal estaba muy al corriente de todo lo que bullía en la juventud de Córdoba, y por ello nos explicó en que iba a consistir la prueba.
El amigo Leal en su establecimiento con el bolígrafo en la mano
Casa Leal
Era un establecimiento antiguo, en donde se vendían toda clase de tebeos, novelas, y los artículos más variados para el carnaval y las bromas. Quizás para dar una idea del carácter extrovertido de este hombre nos podemos fijar en el cartel que presidía su mostrador: «Por cumplir con Hacienda paso las vacaciones en la tienda». Este establecimiento se encontraba en la calleja del Toril enfrente en donde estaba el elegante y concurrido expositor de las cocinas que funcionaban con el petróleo, su dueño que atendía por el nombre de Leal, era un personaje extrovertido, dicharachero y bromista, y ya hemos dicho, que lo mismo lo veías con un enorme y tremendo bolígrafo para hacer una simple cuenta de dos más dos, que lo veías tocado con un gorro de cualquier raro y extraño disfraz. No cabe duda de que se trataba de un personaje ameno y singular.
El amigo Leal, conocía la existencia de esta prueba, por estar muy relacionado con los hermanos Redondo, que eran el alma del equipo de fútbol del Marín que tenía su sede en la taberna Los Moriles de la calle María Cristina (esquina con Cuesta Luján), dicho Club de fútbol, fue el que organizó aquella singular competición cronometrada y contra reloj de bajar en patineta desde la Cuesta de Rodríguez Marín (esquina Administración de Loterías), hasta la propia calle Almonas siguiendo por la calle Carreteras (Pedro López). En esta prueba también involucraron a un familiar de Radio Arjosán que teniendo un establecimiento en la propia calle Carreteras, aportaron la posibilidad de unos aparatos al estilo de los «walkie talkie» que manejados a duras penas por El Botas (masajista del club) indicaba la salida cronometrada de cada competidor. A esta singular prueba se apuntaron un montón de chavales, pero finalmente se aceptaron solamente 10 competidores, más que nada por la consistencia de su patineta, y la confianza y la seguridad que ofrecían.
La prueba
Efectivamente, el siguiente sábado se celebró la carrera. Desde la Espartería (Rodríguez Marín) salieron los participantes, unos diez. Después de algunos incidentes menores ganó un tal Albalá Nogueras ‘El Chapu’, de la Ribera, que debió invertir unos dos minutos o cosa así. Viendo llegar abajo a los participantes estaba Alfonso Reina con su patineta, junto al simpático Botas que pendiente de un «walkie talkie» controlaba con ayuda de otro la salida y la llegada de los competidores.
Nuestro amigo Alfonso Reina Conde no había participado pues con 19 años entonces se consideraba ya mayor para esas carreras. Pero a El Botas y a varios de sus ayudantes, le picaba la curiosidad por comprobar la legendaria habilidad de este muchacho con su patineta, y le pidieron que hiciera el recorrido sin ánimo de competir. Al final Alfonso Reina accedió… y lo hizo 23 segundos más rápido que el ganador. Este simpático Club de Futbol El Marín ofreció en su sede de la taberna Los Moriles una especie de convite en donde entregaron los premios que habían establecido. Nosotros no acudimos a dicho convite, pero si supimos que a Alfonso Reina Conde le hicieron entrega de un cojín para la comodidad de su asiento en la patineta, ya que este vehículo era su medio habitual de moverse por Córdoba. Afortunadamente nunca le faltaron los chiquillos que le empujaran.
Esta simpática y audaz prueba como hemos dicho, fue organizada con cronometro y todo, por algunos componentes del Club de Fútbol El Marín que entonces tenía su sede en el Bar Los Moriles de la calle María Cristina haciendo esquina con la Cuesta Luján.
Pasados unos años Alfonso Reina Conde abandonó el trabajo de zapatero y entró a trabajar en la ONCE cuando los minusválidos tuvieron acceso a la citada organización benéfica. Entonces le facilitaron un carrito para sus desplazamientos y se le pudo ver vender sus cupones en la puerta de la tienda del Metro SA de San Agustín. Se mudó a la calle Rivas y Palmas, en el bloque que se levantó en los terrenos que fueron del antiguo Cine Ordóñez de verano. Curiosamente, cuando era aún cine el joven Alfonso tenía casi entrada garantizada, pues era muy querido en esos entornos. En ese piso moriría Alfonso en el 2008, a los 74 años. Al estar soltero dejó lo que tenía a su sobrina que le cuidó. Sin duda este hombre, Alfonso Reina Conde para todos los chavales de aquella época era, y será para siempre, el rey de la patineta.