Virginia Luque con su libro en la Sinagoga de Córdoba
De la Puerta de Osario al éxodo a Gibraltar: así es la historia de la Córdoba judía y conversa
La historiadora Virginia Luque publica 'Historia de los judíos y la judería de Córdoba', presentada en la Casa de Sefarad por su 20º aniversario.
Con motivo del 20º aniversario de la Casa de Sefarad, la escritora Virginia Luque, ha presentado su libro 'Historia de los judíos y la Judería' de Córdoba (ed. Almuzara), un verdadero reto, como ha confesado la historiadora, por dos motivos fundamentales: el primero la brevedad del libro, apenas 110 páginas y enormemente divulgativas, por lo que la labor de síntesis ha sido ímproba; el segundo la indagación documental adecuada para conseguir enhebrar un relato que no siempre cuenta con un fácil acceso por la falta de datos o por la fiabilidad relativa de algunas fuentes. «La presencia de judíos en la Península Ibérica data de época romana; en el caso de Córdoba, como fuentes epigráficas, tenemos una inscripción del siglo IX localizada por el arqueólogo Enrique Hiedra, y como fuente narrativa, ya en el siglo IX, el historiador Ibn Hayyan nos habla de un músico que estuvo al servicio de Abderramán II, ese sería el primer judío del que tenemos noticia en la ciudad».
La presentación del libro llenó el patio de la Casa de Sefarad
Tras esos inicios, el libro sigue hablando de lo que se cree pudo ser la primera judería de Córdoba, porque las informaciones no son ni mucho menos claras en ese aspecto. «Sabemos que la comunidad mozárabe vivía en el entorno de la basílica de San Pedro, lo que no quiere decir que todos viviesen ahí, en el caso de los judíos hay una hipótesis debido a un indicio toponímico, la Puerta de los Judíos, que es la actual Puerta de Osario», señala Luque. A tal indicio se le suma el hallazgo en la misma zona, y en los años 80, de una serie de tumbas que no eran islámicas ni cristianas, pero de nuevo los datos son insuficientes en la actualidad. «Además, en la iglesia de San Miguel, hay un cipo funerario con una inscripción en hebreo que ha sido traducida: no sabemos como llegó hasta allí, y San Miguel está cerca de donde creemos que está la primitiva judería». A todo esto se añade que el filósofo Abraham ibn Daud, ya hablaba, aunque más tardíamente, de que en Córdoba había una sinagoga. ¿Estaría también al lado de esa Puerta de los Judíos?
En 1935 se inauguró una placa en honor de Maimónides en el patio de la Sinagoga
Esa comentada falta de datos continúa más tarde, donde se conocen algunos nombres destacados de la corte, como Hasday Ibn Shaprut como figura de la medicina y de la propia comunidad, pero no tanto acerca de la vida cotidiana de los judíos en Córdoba, salvo que se dedicaban a profesiones variopintas como el comercio, la artesanía, la medicina, la sastrería o el prestamismo. Con respecto a Ibn Shaprut, se torna como un verdadero sabio (gaon o eminencia) que convierte a Córdoba, para este pueblo, en una verdadera academia de conocimiento a la par que otras hasta entonces más representativas. Los siglos XI y XII son los considerados como de esplendor para los judíos en Córdoba, hasta el estallido de la guerra civil tras la muerte de Almanzor. «Los judíos se concentran entonces en Lucena, por lo que la academia de Córdoba pasa a Lucena» indica Virginia Luque. Con la llegada de los almohades y su intransigencia religiosa, llega una decadencia, que hace que las informaciones abunden aún menos hasta que llega la conquista cristiana por Fernando III, instante en que, ahora sí, las fuentes se multiplican.
La judería tal y como la conocemos
La autora resalta algo de vital importancia, la judería tal y como la conocemos hoy, en su momento, apenas fueron un puñadito de calles para una población judía de unas 500 a 600 personas. «Por eso es la sinagoga tan pequeña, tiene seis metros por seis más seis metros de alturas, porque la comunidad era muy pequeñita». Las calles en cuestión serían, desde la entrada por la Puerta de Almodóvar: Judíos, hasta la plaza de Maimónides, de ahí a Cardenal Salazar hasta la calle Romero y la calle Judería. «Todo los que se salga de ahí no era la Judería, e insisto porque oigo verdaderos disparates a los guías», añade con sentido del humor. Luego se incorpora la parte conocida como Castillo de la Judería, en la entrada de San Basilio, donde hay muros de una fortaleza actualmente, probables restos del alcázar almohade, a la que se accede por pasarelas. «Ahí es donde se refugian a raíz del pogromo de 1391», especifica Luque.
Plano de la Judería en la baja Edad Media como aparece publicado en el libro
La historiadora trata el pogromo y las persecuciones a los judíos con ecuanimidad, exponiendo las causas que llevaron a estas situaciones de extrema violencia. Entre ellas está la ocupación exclusiva de un cargo concreto, el almojarifazgo, un tipo de recaudación de impuestos. A eso se suma que la comunidad judía estaba exenta de realizar el servicio militar, que en aquella época podía llevarte directamente a la guerra. Otro punto a añadir es la elusión, cada vez mayor, del pago del diezmo, un impuesto que recaudaba la Iglesia pero que debía incluir a los judíos al estar la judería dentro de una collación perteneciente al cabildo de la Catedral. Además, antes de la construcción de la sinagoga que se considera actual, los judíos de Córdoba levantaron en el mismo lugar otra que superó en altura a los templos cristianos, algo prohibido por las ordenanzas. Esto derivó en la obligación de su derribo. Además los judíos contaban con cierta protección real. Todas estas cuestiones fueron generando animadversión contra esta comunidad. Finalmente la situación explota en 1391, auspiciado por un clérigo, el arcediano de Écija, Ferrán Martínez, «quien fue el apologeta anti-judío por excelencia, cuyas prédicas eran incendiarias», apostilla Luque.
Todo eso, en 1391, produjo el saqueo de la judería. Hubo una parte de los judíos que se convirtieron al cristianismo, lo que se conocía como «cristianos nuevos», que se fueron a vivir a la parte más oriental de Córdoba, es decir, a la collación de San Nicolás de la Axerquía, lo que comprende la zona de la Plaza del Potro: «en ese lugar, en torno a principios del siglo XV, sabemos que se dedicaban mucho a tejer y a ser ropavejeros», indica la escritora. «Hubo un ropavejero insigne poeta, judío converso: Antón de Montoro».
Llegan más tarde los motines anti-conversos, donde destacan los sucesos de la Cruz del Rastro. La historia indica que, al paso de una procesión de la Virgen de la Caridad, una muchacha conversa vació un bacín que, sin querer, salpicó al manto de la imagen con orines o excrementos. Esto generó en 1473 una persecución sangrienta de tres días. «Entonces se decreta, casi un siglo después del pogromo, que los judíos vuelvan a la judería, cuando era entonces un gueto que estaba hecho polvo, la llamada collación de San Bartolomé», añade Virginia Luque. Curiosamente, y también lo trata el libro, cordobeses huido junto a otros de Palma del Río y de Sevilla, ocupan el Peñón de Gibraltar «que será poblado por hasta 4.000 judíos que huyen de los motines anti-conversos».
Aunque el decreto final de expulsión de los judíos es de 1492, en la archidiócesis de Sevilla y las diócesis de Córdoba y Jaén, los Reyes Católicos promueven un edicto en 1483. «Son entonces obligados a irse, no de España ni de la Península Ibérica, sino de estas tres diócesis».