Paco Peña
Paco Peña, guitarrista
«Yo lo que quiero es que me recuerden como el hijo de Rosario Pérez»
Se celebran los 45 años del Festival de la Guitarra de Córdoba que este hombre, artista humilde y enorme, ideó y promovió
La Judería cordobesa es un microclima casi milenario que refugia al visitante y a los vecinos- cada vez más escasos- de los rigores de julio. A esa hora de la tarde se presenta vacía y silenciosa, un silencio que se hace presente también cuando Paco Peña Pérez (Córdoba, 1942) abre el portalón de su casa y nos invita a pasar a un enorme patio que no es un recibidor, sino el ejemplo de una forma de vida más antigua aún que el barrio que lo alberga.
Hasta el zureo de las palomas es tímido a esa hora. Parecen ser las verdaderas dueñas del inmueble y nos acompañan a lo largo de la entrevista, que tiene lugar tras el estreno de 'Solera' en el Gran Teatro , un espectáculo que sirve para reflexionar sobre el paso del tiempo y el encuentro artístico entre generaciones, la tradición y la juventud frente a frente. Es también un homenaje a la hermana de Paco Peña, Rosarillo «que falleció en Córdoba en uno de los intensos días de nuestros últimos ensayos».
Si el artista es enorme en el escenario, este Paco Peña que tenemos delante se muestra sencillo, afectuoso y sobre todo amable. Tras sus ojos claros se adivina toda una vida intensa y larga que el artista trata de seguir compartiendo a través de la guitarra y el flamenco. También se vislumbra en su mirada algo del Londres en el que vive gran parte del año, lo que le ha dejado un dandismo en las formas pero sin contaminar para nada los orígenes humildes de los que habla con naturalidad y orgullo.
En este tiempo de imposturas y vanidades desaforadas, compartir unos minutos con alguien verdaderamente grande que no necesita selfis y con un legado que dejar, es un verdadero lujo.
Paco Peña
- ¿Qué le sigue emocionando antes de salir a tocar?
- Hay nervios siempre: la preocupación de que algo se interponga entre lo que quieres decir y lo que realmente puedes decir en ese momento. Son cuestiones muy prácticas, y eso siempre está presente. Pero lo que más me motiva es salir a decir mi verdad, plantear con la música lo que estoy expresando ahora mismo en palabras. Eso es lo que me da el entusiasmo suficiente para sentarme y hacerlo.
- ¿Ha cambiado su manera de entender la guitarra con el paso del tiempo?
- Buena pregunta. No cambia, y lo digo por eso que acabo de decir: la verdad. Siempre trato de mostrar las cosas como son. No me gusta el virtuosismo por sí mismo; me encantaría, sí, hacer cosas tan imposibles como las que hacía Paco de Lucía —ese genio maravilloso nos enseñó que todo es posible—, pero lo mío, lo que he aprendido, es más tradicional. Paco tampoco dejaba de ser tradicional: de esa misma tradición él sacaba una belleza que a mí me resultaba impensable; yo no tenía esa capacidad. ¿Pero qué cambia? Se va madurando la sensibilidad para entender lo que separa una nota de otra: entre las dos notas, el espacio que hay de tiempo y la calidad del sonido. Son mensajes realmente preciosos que uno va aprendiendo a entender. Pero todo eso hay que transmitirlo y ver si gusta, y tener la suerte de haber estado en muchos sitios.
No presumo de nada, pero estoy tranquilo sabiendo que me dicen que lo que transmito tiene calidad, que proyecta emociones y que marca a las personas.
- El flamenco vive en un momento de enorme popularidad, pero ¿es también una buena época para su calidad artística?
- ¿Del flamenco? Totalmente. Voy a decir algo que a lo mejor no debe malentenderse. Cuando apareció Paco de Lucía —un milagro maravilloso que llegó a la tierra— hacía tales diabluras, tenía tanta capacidad y posibilidad de hacer cosas aparentemente imposibles, que muchos artistas jóvenes, queriendo salir adelante, trataron de imitar ese virtuosismo. En aquel momento histórico existió el peligro de centrarse en aprender o emular eso, en vez de la gran sabiduría de ese guitarrista, que estaba totalmente apegado a la tradición.
Fue un peligro puntual, porque luego se superó: poco a poco se dieron cuenta de que el virtuosismo, en realidad, no dice mucho, impresiona pero no transmite emociones. Me daba miedo que pasara aquí también, pero está subsanado, porque ahora hay grandes artistas con una capacidad técnica enorme, aprendida de los maestros de antes, y con la sabiduría de saber qué proyectar musicalmente para no herir, sino conmover a la gente.
- En ese sentido, ¿dónde cree que está el equilibrio entre respetar la tradición y experimentar?
- Nunca se puede dejar atrás la tradición; existe el peligro de que eso suceda. No soy un virtuoso como otros, pero siempre me he pegado mucho a ella, y también he intentado tener mi propio estilo. Las dos tienen que estar presentes. Lo que más satisfacción da —quizá por la madurez que da la edad— es que el contenido de lo que hacemos se decanta hacia la expresión. Pero en el momento en que lo buscábamos, también había un compromiso técnico con sacar ideas adelante. Creo que las dos cosas se dan la mano.
- ¿Y existe el riesgo de confundir la innovación con la pérdida de identidad?
- Puede existir ese peligro. Pero el buen artista, el buen músico, tiene que aprender de otras personas; y si en ese proceso de aprender e imitar va sacando sus propias ideas, todo eso es legítimo. El peligro es copiar, calcar las cosas.
De hecho, en el espectáculo rindo homenaje a Sabicas, un gran maestro mío, un guitarrista excepcional. Interpreto una pieza suya muy parecida a como él la inventó, pero con mis cambios, a mi manera; esa misma pieza la baila el artista más maduro, y así establecemos un diálogo muy íntimo y muy bonito. Luego le llega el turno a Dani de Morón, otro monstruo maravilloso: tiene plena conciencia de la tradición, pero lo cambia todo, con una innovación continua. Él emula lo que yo trato de hacer, lo que Sabicas me alumbró a mí, y con todo eso hace cosas maravillosas. Parece que siempre hablo de lo mismo, pero es la verdad, y eso me llena el pecho. Me encanta que suceda en el escenario.
Paco Peña
- ¿Se imaginaba cuarenta y cinco años después en el festival que usted parió?
- No llegaba a pensarlo, la verdad, pero tenía mucha ambición de que existiera algo así. Había estado en muchos festivales de todo el mundo, y viniendo aquí con frecuencia notaba que no había ninguno —y al mirar más allá, comprobé que no había un festival de guitarra en toda España—.
Como ya tenía cierto éxito y un público, con mi mujer tomando nota y dando yo los cursos, nos metimos a montar el festival. Como me conocía mucha gente, venían muchos estudiantes queriendo saber de primera mano lo que significaba el flamenco. Daba muchos cursos, y ponía conciertos en la Posada del Potro, con la puerta abierta, sin que hubiera que pagar nada por entrar. Eran buenos artistas, y esa fue la base del festival.
A los tres años lo abrí a la guitarra clásica española, con algún guiño a otras culturas, pero centrado sobre todo en ella. Casualmente, el mejor guitarrista del mundo era íntimo amigo mío, John Williams: se lo pedí y vino, sin cobrar honorarios ni nada. Vinieron cientos de personas a su curso, porque uno con un maestro así es algo muy raro. Ese mismo año invité a Sabicas, invité a Paco de Lucía, y el festival creció con mucha fuerza.
Después el ayuntamiento quiso tener más peso como patrocinador. Ya lo había sido, porque me habían ayudado con la Posada del Potro y con algún aporte de pesetas, aunque no era tan esencial. Cuando la cosa creció, ese presupuesto no lo podía asumir yo solo, porque no tengo tantos amigos dispuestos a sostenerlo sin que les dé lo que se merecen. El ayuntamiento siguió, y yo continué con los cursos, aportando nombres de grandes guitarristas. Pasados unos diez años, se lo regalé a la ciudad: ya había escrito suficientes capítulos.
Paco Peña
En ese tiempo también conseguí que el rey Juan Carlos fuera, un año, director honorífico del festival, que no es poca cosa. E incluso el Ministerio de Asuntos Exteriores ayudó ofreciendo becas a estudiantes de guitarra que lo merecían, para que mandaran información sobre ellos y pudiéramos valorar a quién dar una beca para el viaje y los cursos aquí en Córdoba.
- ¿Cómo ve el festival ahora?
Creo que el festival sigue siendo un evento importante, tal como yo siempre quería: que tuviera nombre mundial. Y creo que lo sigue teniendo. Lo que pasa es que uno se encuentra con que, al principio, era en la Plaza del Potro, mi barrio, donde me crié. Nos reuníamos allí por la noche; el ambiente era una maravilla de gente de todo el mundo tocando la guitarra, a veces flamenco, a veces otras culturas. Era una belleza, porque todos éramos amigos y nos mezclábamos, bebíamos juntos, cantábamos juntos. Eso era el corazón del festival.
Como creció tanto y se tomaron otras decisiones, se llevó a otros lugares. Es difícil de mantener, aunque quizá no imposible; lo que pasa es que ese ambiente se ha perdido. Yo también tenía el gran interés de que los cordobeses se vistieran de gala, simbólicamente hablando, para su festival, igual que tenemos los patios: iniciativas bellas, preciosas, únicas. Este festival era único, pero ya hay otros.
Paco Peña
- ¿Cómo de flamenco es Londres?
- (Ríe) Realmente ha crecido mucho el interés. Cuando fui, descubrí un gran amor por la guitarra clásica española, aparte de las disciplinas propias de su música folclórica. El flamenco no tanto, pero me encontré con una recepción estupenda.
La coincidencia fue que trabajaba en la Costa Brava, y desde allí, en invierno, me invitaron a ir a Londres con una compañía flamenca, donde me preguntaron si quería tocar solo.
Lo de ser solista nunca lo había pensado; no quería serlo, no me interesaba: soy retraído, me quedo atrás. Siempre me gustaba estar en los grupos, acompañando, sobre todo al cante y al baile; ese era, en realidad, mi amor primero. Pero hubo circunstancias que me obligaron a replanteármelo: no tenía ese interés, pero sí me gustaba tocar lo mejor posible, así que dije: bueno, me voy a preparar.
Y cuando empecé, gustó una barbaridad. No fue solo eso lo que me impulsó, sino que ahí se demostró que era posible. Me decidí a estudiar en serio, veinticinco horas al día, preparando un repertorio bien tocado y denso, y así me convertí en solista: recorrí el mundo por todos los continentes.
Más tarde, cuando ya era famoso, quise montar una compañía muy pequeña: una pareja de baile, un cantaor y yo. Fue un éxito bestial, porque tampoco vendía el flamenco espectacular ni el « typical Spanish» —ese flamenco de postal que, desgraciadamente, existía—. Empezaba por martinete sin guitarra, con la mayor seriedad del mundo, y eso cautivaba a la gente. Éramos cuatro, y en el festival de Holanda nos tuvo que proteger la policía, como si fuéramos un grupo de pop. De verdad: gustaba mucho, éramos todos muy jóvenes y teníamos mucha energía.
Con ellos recorrí el mundo también, y la compañía fue creciendo. Me metí más en el teatro, en obra flamenca con contenido teatral. Recuerdo una sobre Julio Romero de Torres, Musa Gitana. Y otra muy importante para mí fue Voces y Ecos, que viene de un verso de Machado: «Despertad, cantores, acaben los ecos, empiecen las voces». Eso es profundo, digo yo: a mí no me des farfolla, no me engañes; si hay que cantar, hay que cantar y dar la verdad.
Hice un espectáculo que veía el nacimiento del flamenco y su desarrollo. Me encantó porque ya lo hice a lo grande, con coreógrafo y una directora de teatro buenísima, Jude Kelly. Era una cosa muy teatral, pero también flamenca, recorriendo varias etapas del género.
A mí no me des farfolla, no me engañes; si hay que cantar, hay que cantar y dar la verdad"
Me encargaron otra cosa en Edimburgo —ya había estado allí varias veces, en Escocia—.El año catorce era el centenario de la Primera Guerra Mundial, y querían realizar una conmemoración. Entonces decidí hacer mi guerra: la guerra española. Metí a Lorca, y fue un espectáculo muy serio, porque era triste. Quise incluirlo porque es un creador inmenso, muy presente en la tradición flamenca: se ha aprovechado mucho su copla, su poesía. Con esas incursiones uno va saliendo, si acaso, de la tradición flamenca, pero sigue dentro de ella, expandiendo el cuadro que presenta.
Paco Peña
- ¿Qué le hizo quedarse en Londres?
- Londres es una gran ciudad, son muchas cosas; es una pregunta que casi no se puede responder. Precisamente por esa grandeza, al volver a Córdoba después de vivir en Londres, veía las calles tan estrechas que me asustaba —¿esto cómo es?—, pero qué belleza, esa diferencia. Lo encontré como si tuviera dos vidas. Me gustaba el tema, porque nunca he añorado Córdoba ni tampoco lo que tenía allí; y desde una gran ciudad como Londres he viajado a todo el mundo, algo que no habría sido igual desde Córdoba. Es una cuestión práctica, pero también entrañable: mis hijas nacieron allí y tienen su familia allí. Fueron muchos los factores que me hicieron quedarme.
- ¿Qué música escucha que no sea flamenco?
- El flamenco me encanta, por supuesto, pero siempre me ha gustado también la música clásica. No he tocado la guitarra clásica en serio, no me he puesto a ello, ni he intentado ser guitarrista clásico; pero he reconocido la gama de sonidos que produce, los matices que encuentra para proyectar emociones, igual que en cualquier otro estilo. He escuchado mucha música, no solo de guitarra, mirando también dónde nacen los compositores.
Todo eso te va nutriendo —no es que saque nada de ello directamente—, pero, por ejemplo, en Voces y Ecos hacíamos un zapateado sacado de una obra de Bach, ya en los tiempos modernos. Bach es como si estuviera construyendo catedrales sin parar. Si surge una idea, la trabajo. Saqué una pieza en la que me basé, me inspiré, digamos, en el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Lo que hice fue algo alegre, una guajira, aunque esa música de Beethoven me ayudó a encenderme las chispas. Es una tontería, porque luego las cosas son tan modestas comparadas con esas maravillas... Pero es la realidad.
- ¿Qué artista le sigue emocionando?
- En el escenario están los artistas de mi grupo, y los admiro tanto que me emocionan. No ha habido un solo día en que salga del escenario sin los ojos húmedos. Me gusta todo, pero sobre todo la modestia que demuestran, sean cantaores o artistas que trabajan ahí sin ser, a lo mejor, famosísimos —aunque Dani de Morón, el guitarrista, sí lo es, y viene en la compañía desde joven—. Esos artistas que lo entregan todo se comportan como mi familia. Son los que me encantan.
- ¿Qué le gustaría que pensaran de Paco Peña quienes lo descubran dentro de cincuenta años?
- Ya digo que no me gusta presumir de nada. Una vez me hicieron esta misma pregunta, hablando de flamenco, y di una respuesta que no me importa repetir, porque es una realidad. Dije: Mira, si me recuerdas como el hijo de Rosario Pérez, eso es lo que yo quisiera. Mi madre tuvo nueve hijos; era una mujer muy chiquitita, pero con una envergadura enorme en el corazón, en la capacidad de ser buena gente y de abarcar tanto trabajo, tanta lucha. Ojalá me recuerden, si alguien se acuerda de ella, como el hijo de Rosario.
Éramos nueve hermanos criados, más o menos, en el Potro. Con la moralidad que ella, sin saber leer ni escribir, nos dio a todos. Eso sería el mejor legado.
Paco Peña, visto por Samira Ouf
- ¿Ha descubierto ya qué es lo más importante de la vida?
Voy a repetir algo: ser honesto e ir por la vida con eso como arma que te sirve. Puede que eso sea lo mejor. Ojalá toda la humanidad pudiera decir la verdad de las cosas —una utopía, quizás—, pero ¿qué se puede decir? Ojalá el ser humano encontrara la forma de ser honesto y saliera adelante sin las barbaridades que están pasando.