Existen en este mundo joyas escondidas. Las hay, como alguna de las tres fantasías para piano de Mozart interpretadas por Glenn Gould, que son sutiles y hace falta más profundidad de corazón para captarlas.
Otras, sin embargo, son más evidentes y tocan directamente el cerebro y el corazón. Forma parte del oficio de vivir el buscarlas y encontrarlas.
En ambos casos hace falta custodiarlas, no dejar que pasen. Este factor, no dejar pasar, forma parte también del método cristiano. Así le sucedió a Justino, filósofo en su tiempo, uno de los grandes padres de la Iglesia. Cuenta en el diálogo con Trifón que iba paseando por la playa, rumiando por donde podría hallar la verdad, cuando se encontró con un anciano cristiano y se le encendió el corazón al escucharlo. «Pero inmediatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que son amigos de Cristo» El anciano le dijo que buscara a los cristianos antes de que se le apagara el ardor de corazón que tenía. Así lo hizo y se convirtió al cristianismo.Ciertas joyas con las que uno se topa en la vida son un delito dejarlas pasar.
Un enorme diamante me lo he encontrado, recientemente, en una de las salas de cine más pequeñas donde recuerdo haber estado (no había más de 30 butacas). Living se llamaba la película. ¡Qué delicia! Londres, década de los 50. Un señor funcionario, Williams, acostumbrado. Peguy: «Hay algo peor que tener un alma mala. E, incluso, algo peor que volverse un alma mala: es tener un alma acostumbrada. Hay algo peor que tener un alma pervertida: es tener un alma de todos los días» El señor Williams es la encarnación del alma acostumbrada. Hasta que le llega un diagnóstico médico demoledor.
A veces el sufrimiento es el único camino que nos queda por transitar para despertar, para iniciar a vivir la verdadera moralidad, la verdadera vida. La vida se nos va por el desagüe y no sabemos cómo. El origen se observa bien. Delegamos el oficio de vivir en una autoridad o ambiente que nos diga lo que es correcto y lo que no. Delegar vivir. Qué delito. Se ve bien y sencillo en la película. Es aquí y no en las circunstancias, si nos toca hacer cosas grandes como descubrir América, o cosas menos importantes como las cosas que la gran mayoría de nosotros tenemos día a día (gestionar un expediente en el caso del Señor Williams), donde se juega la vida.
Este Señor Williams recuerda mucho al relato titulado el sueño de un hombre ridículo de Dostoievski donde se describe a un anodino funcionario de provincias de principios del siglo pasado que se tiró toda la vida ahorrando de su ínfimo sueldo para pagar el rescate y liberar a algún siervo de la gleba de su vínculo con el amo. Ni siquiera su mujer e hija lo sabían y cuando murió lo despreciaban por no haber podido ahorrar nada para garantizar la subsistencia de su familia. Dostoievski atribuye a esta pequeña acción secreta de este minúsculo personaje nada un grandioso resultado: la posterior liberación de esta forma de esclavitud que se produjo con la llegada de la revolución rusa.
Para María Zambrano, los verbos ser y estar no expresan pasividad sino conquista del presente.
Son joyas sobre el duro oficio de vivir, nos enseñan el camino, a ir más directos, perder menos el tiempo, no esperar al final para empezar.
Acaba uno de ver Living y piensa cómo puede ser que algo tan sencillo, tan humano, con tanta ternura, lo sustituyamos, mezclemos o confundamos con lo rutinario, lo distante, lo corto de vistas, la falta de fines grandes. ¿Cómo puede ser? Espabile. Y corra al cine.
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