La culpa fue de Walt DisneyBlas Jesús Muñoz

El meteorito

Actualizada 05:00

Son dos palabras, las repito cada mañana cuando -incluso antes de salir de casa- llega un mensaje o veo la primera situación que demuestra a las claras la involución del ser humano: «la droga».
Con esas dos palabras comenzaba una copla de uno de los más grandes carnavaleros gaditanos y era uno de los monumentos a cómo superar la estupidez de quienes nos rodean, evadiéndonos de la realidad. Entiéndase que no deseo incitar a nadie a drogarse, pero a veces dan ganas de hacerlo y que todo nos dé exactamente igual.
Los ejemplos se acumulan desde las siete de la mañana al mediodía y, cuando al WhatsApp ha llegado El Ángelus, ya me cuesta pasar lo que resta de día una enormidad: alguien pone música de discoteca a todo volumen, mientras otra persona ha dejado el coche en doble fila en la cochera comunitaria; al salir un día los de la obra de al lado han puesto una valla casi en la rampa, o el del torete va cual Fernando Alonso ocupando el único carril de la calle; o el gruista se ha plantado en mitad del asfalto y hay que esquivarlo para no acabar cual homicida imprudente; mientras dos calles más allá, el de la sopladora crea un ambiente parecido a Londres a base de polvo en suspensión; el del bus te obliga a frenar cerca del puente o te saca del carril y te convierte en un conductor suicida; y cuando aparcas y echas a andar (lejos de tu destino porque en la zona azul se te va el jornal) esquivas a zombis que van en fila de a tres; y el WhatsApp sigue con mensajes que vienen a redundar en «qué hay de lo mío».
El catálogo de situaciones es mayor y cualquier lector seguro que las ha vivido. En la mayoría de ellas lo mejor es callar y resignarse, porque un mal gesto puede acabar en una discusión a grito pelado que ya, lo que provoca, es que las voces sean para pedir ‘drogaína’ y que todo pase rapidito.
Con los del WhatsApp, ídem, porque o eres cortés, elegante y algo zalamero o te tildan de desaborido y, puede pasar, que se pongan bordes, porque tu trabajo (el de redactor) es servirlos a ellos y te pueden juzgar, corregirte un titular y marcarte hasta la editorial, porque todo el mundo sabe y lo de ellos siempre es el notición del año.
Cuando acabas por la noche, si te da por mirar las redes, con el hastío de las horas vividas, aparte de pensar que la droga no es mala del todo, piensas que quienes suben vídeos deben tomarlas en cantidades industriales. Compruebas que la estulticia es superlativa y te apiadas del gruista que se planta cual torero en el ruedo del asfalto, del de la sopladora, de la barredora y das las gracias al conductor del bus por haberte hecho frenar y ser más sostenible. Porque todo es sostenible o no vale un pimiento.
En definitiva, te rindes y esperas con paciencia a que llegue el primo hermano del meteorito que arrasó a los dinosaurios y que, de paso, no duela mucho.
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