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La generación perdida

Muchos creen que este Papa anda desmontando la Iglesia. Lo que está haciendo es una buena poda para que empiece de nuevo a dar frutos buenos

Actualizada 05:00

Parece pronto para evaluar qué momento está atravesando la Iglesia actualmente pero cierto es que en Occidente la Iglesia esté en retroceso ¿Será que la civilización moderna y sus habitantes ya no necesitan del genio religioso para vivir? Esta hipótesis no encaja si tenemos en cuenta la tristeza de corazón que asola como una pandemia extendida en Occidente.
En los años 60-80 Borghesi resume: «Frente al éxodo de cientos de miles de cristianos, que encontraron en el marxismo su punto de apoyo, la respuesta más significativa por parte de la Iglesia no llegó desde sectores tradicionalistas, de los opositores al concilio, sino de los nuevos movimientos eclesiales, que demostraron entonces, en un clima fuertemente hostil, que no casaban con las reacciones conservadoras y que eran capaces de interceptar las esperanzas y expectativas de los jóvenes más alejados, que no procedían de familias católicas ni de parroquias. (...) De hecho, los movimientos eclesiales representaron, al menos hasta los años 90, una gran esperanza, un signo de vitalidad y juventud para un cristianismo a la deriva, rechazado por el mesianismo político y sectario del pensamiento del 68»
Pero ¿Qué está pasando con estos llamados «nuevos movimientos eclesiales»? ¿Por qué parece que el tirón se está agotando? Vayamos a los menos lejanos años 90. Ya advierte en esa época Borghesi «De hecho, los movimientos eclesiales representaron, al menos hasta los años 90, una gran esperanza, un signo de vitalidad y juventud para un cristianismo a la deriva, rechazado por el mesianismo político y sectario del pensamiento del 68. Luego los vientos de la restauración, que siguieron a 1989 y a la caída del comunismo, reunió de nuevo la madeja. La Iglesia en su conjunto volvió a blindarse, atemorizada ante una secularización cada vez más arrogante, cerrando nuevamente sus puertas».
Blindaje de la Iglesia. Zasca. Apenas se habla hoy de esta enfermedad. Mucho miedo. Aferrarse mejor a un pasado reciente glorioso y mirar para otro lado ante los problemas que actualmente tiene la Iglesia.
Y sin embargo este «blindaje» parece común a la gran mayoría de grupos y movimientos que conforman la Iglesia. Es nota común observar como la siguiente generación que ha sucedido a los fundadores en la tarea y responsabilidad de llevar adelante los grupos, han sucumbido todos a la misma tentación: ponerse en el centro, interpretar que son ellos las únicas y veraces fuentes sagradas de los diversos carismas y que Dios solo se manifiesta y habla a través de ellos. No han querido dejar a nadie más en este espacio. La manipulación, los abusos han sido presas fáciles en organizaciones así y el talento ha huido en su gran mayoría ante tanta mediocridad y falta de vivir de «Algo más grande» que uno mismo. El narcisismo imperante hoy día no ayuda a caer en la cuenta del error y muchos insisten y se regodean en el mismo. «A mi yo» que dicen los bebés.
Algunos de avanzada edad siguen de responsables pesando ser los únicos insustituibles que tienen el deber de sostener la memoria colectiva del grupo. Hasta el mismísimo Carlos V, rey de España y Emperador de todo un imperio, se retiró los últimos años de su vida. Estos nada. Tienden a ocupar todo el espacio.
En vez de haber reproducido las sanas relaciones de amistad y comunión que, normalmente el fundador estableció con ellos, (aunque hay notables excepciones donde esta enfermedad narcisista ya se ve en el propio fundador) han entendido que debían retener y rentabilizar los increíbles carismas y dones del Espíritu sin dejar cabos sueltos.
Las consecuencias han sido nefastas, no solo para los que han ido llegando detrás, sino para ellos mismos. Porque los dones que Dios da, si se utilizan para uno mismo y su propio beneficio te arruinan sin remedio ninguno. Y así se les ve punto arriba, punto abajo. Toda una generación llamada a ser padre de muchos, de una multitud. Estériles y solos abandonados casi a su propia suerte, sin haber generado apenas nada. Siguen y siguen empeñados en afirmar que son la respuesta, pero no tienen ya apenas fuerza y todo el mundo entiende que sus palabras no son más que una manera buenista de hablar. No pueden arrastrar porque solo creen en sí mismos. Se perpetúan todo lo que pueden en el poder.
Borghesi de nuevo: «El problema de la Iglesia actual es que carece demasiadas veces de pastores, de personas que amen a Cristo y compartan la vida de aquellos que les son confiados. La secularización representa, desde este punto de vista, una excusa que esconde la falta de fe y de ternura, la distancia entre las palabras de las homilías, tantas veces altisonantes y melifluas, y una proximidad real, capaz de gestos y abrazo. Allí donde el pastor es un hombre de Dios que se entrega totalmente, las iglesias vuelven milagrosamente a llenarse. El hombre de hoy, el joven de hoy, no ha perdido el sentido del amor divino».
En este contexto, tan actual que todavía apenas nada se ha escrito, es en el que este Papa está adoptando medidas drásticas: limitación a 10 años de los mandatos, reformulación de las reglas de juego, vigilancia aguda sobre los abusos que se reproducen como hongos en este caldo de cultivo, etc. Muchos creen que este Papa anda desmontando la Iglesia. Lo que está haciendo es una buena poda para que empiece de nuevo a dar frutos buenos, de acuerdo con la ley de la economía de la salvación del evangelio. Bendita poda. Pobres hombres estos de esta generación perdida. Llamados a ser padres de muchos, terminan solos mirándose su ombligo. San Pablo: jactándose de sabios se volvieron estúpidos.
La libertad se juega siempre en cada generación y no se adquiere por herencia. Así es el juego de lo humano en cada generación.
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