Pateos por CórdobaTeo Fernández

La 'incultura' de los andaluces

Somos seres emocionales. De hecho, cuanto más alardea una persona de racional, más emocional es

Actualizada 05:05

Yo nunca discuto porque siempre llevo razón. Bueno, expresarlo así es una forma de economizar. Lo que realmente quiero decir es que no veo sentido a las discusiones, ya que solo sirven para que los participantes terminen más convencidos aún de sus posiciones previas y más atrincherados en ellas que antes. A fin de cuentas, lo único que hacemos en todo debate es defender con excusas lo mejor montadas posibles nuestros intereses personales o las diferentes dimensiones de nuestra identidad (que tienen raíces familiares, profesionales, etcétera).

Y no me lo he inventado. Así lo señalan todas las disciplinas que se han dedicado a conocer al hombre. Somos seres emocionales. De hecho, cuanto más alardea una persona de racional, más emocional es (y por ello busca disimularlo y justificar su emoción con la supuesta razón); se trata de naturaleza humana básica. Por eso yo, quizá debido a mi pertenencia al sector privado, tengo la manía de optimizar recursos y, en consecuencia, no veo sentido a discutir. Digo que sí a lo que me digan. Y todos contentos.

Empecé a hacerlo hace más de veinte años. Recuerdo un episodio de aquel tiempo, charlando en un corrillo con personas de otras zonas de España. Alguien sacó el tema de la para ellos evidente mala pronunciación de los andaluces. Yo estaba ya avanzando en el camino de mi silenciosa postura actual, por lo que no cuestioné el asunto, ni señalé cosas como otras dudosas pronunciaciones suyas o el laísmo de la mayoría de ellos (rasgo que, a diferencia de nuestra pronunciación, se considera erróneo y no solo es oral, sino también escrito).

TORRENTE BALLESTER , GONZALO
ESCRITOR ESPAÑOL . EL FERROL 1910 - 
FOTO AÑO 1993

Gonzalo Torrente BallesterGTRES

Lo que hice fue buscar una reivindicación del andaluz por otro lado, para compensar, recurriendo a la famosa observación que hizo Torrente Ballester en 1985 sobre la riqueza léxica y sintáctica de nuestra tierra. La expuse como algo consabido, sin citar autoría, y la respuesta de mis contertulios fue la carcajada. Como he dicho, ya iba yo amando cerrar la boca en estas situaciones, así que me ahorré añadir que don Gonzalo había rematado la idea afirmando que los andaluces somos «los que mejor hablan el castellano, con independencia de su pronunciación».

Me permito escribir aquí, en un párrafo suelto, lo que el lector estará pensando ahora mismo al respecto de la anécdota: hay pocas cosas más atrevidas que la ignorancia.

Pero hace unas semanas viví la versión deluxe, 7.0, extendida, 2030 y ya digital, claro, de aquella experiencia. Resumiendo el contexto, en una página de Facebook sobre fútbol hice una broma con uno de mis sinsabores deportivos actuales: la escasa presencia de jugadores españoles en el Real Madrid. A ello, un señor al que no conozco y al que llamaré por las iniciales J.J., de una zona del norte de España que no precisaré, respondió: «Q vas de gracioso atontao? Típico andaluz q se cree q x ser andaluz ya es gracioso el anormal».

Yo, en la línea de no darle bola, planté un corazoncito (un «me encanta») en dicho comentario y repliqué: «Me lo dicen siempre. Gracias por indagar en mi perfil. Andaluz del Madrid, eso sí». Y él siguió: «Hay bastantes más españoles en el Madrid q andaluces trabajadores y culturizados». Viendo su entrega y perseverancia, ya apliqué mi filosofía al cien por cien y no le respondí nada. Bueno, casi. Le puse emoticonos de aplausos. ¿Qué menos? La elevada reflexión lo merecía.

Para no extenderme, evitaré analizar el asunto de la supuesta vagancia de los andaluces; solo diré que esa vagancia sirvió, paradójicamente, para levantar otras regiones españolas hace unas décadas. En todo caso, es lógico que la mayoría de los tópicos tengan algo (algunos, mucho) de verdad. Pero la cancamusa de la de la incultura de los andaluces es otro nivel, pues se cae por un peso meramente estadístico.

De hecho, podría haber respondido con ello al ínclito J.J. sin ni siquiera salir de Córdoba en mis referencias, señalando a mentes como las de Séneca, Lucano (a quien los cordobeses tenemos olvidado mientras el mismísimo Dante lo destaca en su Divina Comedia), Osio, Maimónides, Averrores o Góngora. O, de tiempos más recientes, creadores como el Duque de Rivas, Julio Romero de Torres, Rafael Orozco y Pablo García Baena.

Pero es que, si hubiera abierto la manga a toda Andalucía, habría empezado con los dos artistas españoles probablemente más cotizados en el extranjero: Velázquez y Picasso. Y habría continuado con Murillo y Alonso Cano, que perfilaron la imagen de las Inmaculadas. O con Valdés Leal, referente internacional del hermetismo por la simbología y profundidad de sus obras al punto que una de ellas se utilizó en Francia para el título del texto sobre alquimia más importante del siglo XX: Finis gloriae mundi. Sin olvidar a los Hernán Ruiz, tres nada menos. Ni a Ibn Firnás, que diseñó unas alas para volar seis siglos antes que Da Vinci. Ni a mujeres como Wallada y La Roldana.

Metiéndonos ya en los últimos dos siglos, los literatos e intelectuales andaluces de renombre se disparan: Juan Valera, Mercedes de Velilla, Juan Ramón Jiménez, los dos Machado y los dos Bécquer, Manuel de Falla, Carmen de Burgos 'Colombine', Alberti, Lorca, Vicente Aleixandre, María Zambrano, Ángel Ganivet, Emilio Lledó, etcétera. Incluso casi Antonio Gala.

Y no quiero ni pensar si nos da por destapar la caja de otras dimensiones de la cultura y la creatividad o expresividad más, digamos, modernas o vinculadas al espectáculo: Joaquín Sabina, Elio Berhanyer, Victorio & Lucchino, Pastora Imperio, Antonio Banderas, Lola Flores, Raphael, Paco de Lucía, Juana Martín, los Morente, Rocío Jurado o Vicente Amigo. La mayoría de ellos, por cierto, (paradójicamente para J.J.), son conocidos también por profesionales y trabajadores. Raphael a la cabeza.

Seguro que se me olvidan muchos, muchísimos. Y no he querido incluir jóvenes que aún tienen la mayor parte de su carrera por delante, como mi amigo Pablo García López o Millie Bobby Brown (la chica de Stranger Things que nació... en Marbella).

La cuestión es que podría haberle respondido todo esto, o parte de ello, a J.J. Pero, ¿pa qué? Como dije al principio, yo no discuto; he explicado y demostrado los motivos. Y añado que, cuantos más argumentos tengo, menos lo hago. Es una sensación similar a la de las artes marciales: cuanto más las dominas, más evitas el conflicto.

Fue el inculto (y probablemente vago) el que nos acusaba de incultos y vagos. Y es normal, por eso mismo lo hacía. Pura naturaleza humana: Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Como con los que alardean de dinero porque no lo tienen, los que abanderan la razón y la ciencia porque son los más emocionales, los que manosean la democracia porque son dictadores en potencia o los que acusan a los demás de hablar mal porque ellos no hablan bien.

J.J. también nos achacaba creer ser graciosos, no lo olviden. Seguramente por un motivo similar: Porque él querría ser gracioso pero no tiene pinta de serlo. De hecho, me temo que es... más soso que una pechuga de pollo de hospital. Un chiste ¿andaluz? para terminar.

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