Pateos por CórdobaTeo Fernández

Pablo Picasso: otro (medio) cordobés olvidado

Al final, si todos los caminos llevaban a Roma, yo tengo la sensación de que todos parten de Córdoba

Actualizada 05:05

Tomando café en la terraza de un bar junto a la plaza de la Merced de Málaga, Rafael Inglada me dedicaba su '500 españoles y Picasso'. Al mismo tiempo, quien esto escribe tenía el honor de igualmente firmarle 'Julio Romero de Torres. Vida y obra'.

Estábamos a pocos metros del Museo Casa Natal Picasso, donde Rafael trabaja, y yo cumplía con lo que se ha convertido en uno de mis hábitos cuando visito la capital de la Costa del Sol: saludar a alguien interesante, normalmente del mundo cultural. Se dice que son ellos, los hábitos, quienes nos definen, y un servidor, como buen aburrido, es un hombre de costumbres incluso cuando viaja.

Volví a ver a Rafael un año más tarde (el pasado septiembre), pero en Córdoba, pues presentó en el Real Círculo de la Amistad otro libro: una recopilación de entrevistas realizadas a Pablo Picasso que vio la luz coincidiendo con el cincuentenario del fallecimiento del artista.

En sus intervenciones, el biógrafo desgranó muchas curiosidades, provocando una especial sorpresa entre el público cuando habló de los antepasados cordobeses del creador malagueño. Durante la copa que se sirvió después, le pregunté al respecto y me explicó que había detallado dicha genealogía en su libro 'Picasso antes del azul'. Documentos familiares inéditos, pero que se trataba de una publicación tan voluminosa como difícil de encontrar en la actualidad.

Y llevaba razón. Me costó mucho, muchísimo, conseguir el libro, hasta que casualmente (o no casualmente) di con él gracias a... mis hábitos. En este caso, mis costumbres en Madrid.

Lejos quedan aquellos años en los que mis epicentros en la capital eran el Bernabéu o los pubs de Alonso Martínez y Malasaña (la versatilidad y la juventud son virtudes que, unidas, nos aproximan a la ubicuidad). Con frecuencia terminaba las noches en un garito que abría hasta tarde junto a la plaza de Santa Ana, a pocos metros del Teatro Español. No recuerdo el nombre ni logro diferenciar si ocupaba el mismo espacio que una discoteca actual. Admito que me cuesta identificar el local con certeza. Tampoco tengo claro si esta imprecisión se debe a mi edad de entonces... o a mi edad de ahora.

Traigo este asunto a colación porque estamos con Picasso y, de alguna forma, el misterio del garito perdido me recuerda a la película 'Medianoche en París', de Woody Allen, cuyo protagonista viaja cada noche desde el presente hasta los años 20, de forma que conoce al malagueño y a tantos otros genios del momento. Cuando confiesa la coyuntura a los surrealistas (creo que eran Dalí, Man Ray y alguno más), nadie ve nada raro. Todo lo contrario. De hecho, uno le responde: «Un hombre atrapado entre dos mundos. Normal».

Menos mal que hay gente que nos entiende. Seguro que Valle-Inclán comprendería mi desasosiego con la búsqueda del local fantasma. A veces pienso que en Madrid, Roma o Granada frecuentaba de noche lugares que de día no es que estuvieran cerrados; es que de día no existían.

Ahora, con intereses similares pero prioridades diferentes, intento reservar el último par de horas en la capital, justo antes de coger el tren de regreso, para pasarme por el Museo del Prado. Del mismo modo, cuando deambulo por el Madrid de los Austrias, siempre me llego a la librería Berceo. Y fue allí donde hace algunas semanas encontré, al fin, el volumen de Inglada sobre la genealogía de Picasso. Todo un milagro propiciado por mis hábitos. O quizá, de alguna forma, el hallazgo no fue casual; quizá el ejemplar me estaba esperando. Los libros, igual que los animales que adoptamos, ¿acaso no nos eligen ellos a nosotros?

Sea como fuere, lo que nos interesa es que en sus páginas Rafael detalla de manera impresionante los antepasados de Pablo Ruiz Picasso, recordando que el bisabuelo José Ruiz de Fuentes nació en Córdoba en 1766, siendo bautizado en la iglesia de San Nicolás y Eulogio de la Ajerquía y casado en 1793 en el Sagrario de la Catedral de Córdoba con María Josefa Almoguera.

Ese bisabuelo es el Ruiz cordobés más cercano al pintor. Pero Inglada parte en el desglose dinástico de cuando aún no eran Ruiz, sino León, llegados a Córdoba desde Cogolludo a mitad del siglo XVI con parada intermedia (de una generación) en Villafranca, localidad con la que no perderían el vínculo. El cambio de apellido familiar se debió a que la segunda generación de estos León nacida en Córdoba tuvo un miembro que tomó el Ruiz de los abuelos de su abuela, resultando Antonio León Ruiz y Romera.

Es decir, hasta la marcha, en los primeros años del siglo XIX, de José Ruiz, bisabuelo de Picasso, a Morón (donde aparece como «músico y tintorero») y luego a Málaga, durante dos centurias estos antepasados del artista (los León/Ruiz) vivieron en la Ajerquía cordobesa, especialmente en la zona de la plaza de las Cañas y la parroquia de San Pedro.

Además, quiero hacer un apunte sobre la familia de la mencionada esposa de José Ruiz (por tanto, bisabuela de Picasso), los Almoguera, conocida saga de plateros. Muchos cordobeses sabrán quién fue Fray Pedro de Almoguera, uno de los personajes más destacados de la historia de Las Ermitas (donde, de hecho, descansan sus restos). Pues bien, Picasso, aunque no lo conoció (pues falleció en 1855), se refería a él como «el tío Perico».

Pero resulta que nuestro protagonista también tuvo raíces cordobesas por línea materna, concretamente en otra bisabuela: Tommaso Picasso, italiano llegado a Málaga a principios del XIX (más o menos como José Ruiz), casaría con María Luisa Guardeño García, que era de Cabra.

Tenemos así un personaje, no cordobés en este caso, pero sí vinculado a nuestra ciudad y nuestra provincia, que, al igual que tantos otros, no se valora o cuya relación con ella directamente se desconoce. Dicen que hay gente de Cuenca (o de Murcia, o de Almendralejo) en todos sitios. Cierto. Pero lo de Córdoba es más llamativo: hay personajes ilustres de procedencia cordobesa (o medio cordobesa) en todas partes. Al final, si todos los caminos llevaban a Roma, yo tengo la sensación de que todos parten de Córdoba.

Hablando de Córdoba y Roma, incluso Hollywood se ha subido al carro de los grandes cordobeses emigrados. Aunque, por desgracia, ha sido con esa película de Séneca tan cuestionable que resulta comprensible que ningún cine de la ciudad la quisiera proyectar.

Quizá con la decisión de realizar la cinta haya tenido que ver el hecho de que se ha puesto de moda el estoicismo. Ahora todo el mundo dice que es estoico. A mí no solo me parece esnob, sino también intrusivo y usurpador. Porque hace mucho que los sosos, los previsibles y fieles a nuestros hábitos, decimos que somos estoicos. Suena mejor. Y pasamos por cultos.

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