Por derechoLuis Marín Sicilia

Cómo acaban las autocracias

Cuando se abolió la sedición y se rebajó la pena por malversación, el independentismo catalán, que le había vendido a Sánchez su apoyo a cambio de dichas medidas, alardeaba en sede parlamentaria de que, por fin, «se acabó perseguir al independentismo por la vía penal». Y Bolaños, actual ministro de Justicia, que quiere acabar con la independencia de los jueces, tenia la desverguenza de proclamar que «nada se ha despenalizado. Los hechos del 2017 en Cataluña eran delito en 2017 y lo siguen siendo en 2023.» ¿Cual era, pues, la causa de la indignación popular?. Muy sencilla: los delitos en cuestión pueden seguir vigentes para el común de los mortales pero no para los autores del «procés» a quienes, a cambio de sus votos, se les indultó y se modificó el Código Penal para que no tuvieran que devolver cantidades de dinero indebidamente utilizadas. O sea, usted no puede distraer ilegalmente el dinero público, pero los amigos de Sánchez sí, si se trata de algo tan «natural» como atentar contra la soberanía española y darle sus votos a cambio.

Y como un autócrata es el que no tiene más límites legales que su propia voluntad, ya tenemos en antena lo que sabíamos ocurriría desde que Sánchez impuso un Tribunal Constitucional plagado de acólitos de su cosecha y para quienes la toga no sirve para realzar su dignidad sino para embadurnarla con el polvo del camino. No vale la pena, desde el estricto argumentario jurídico, insistir en la inconstitucionalidad de una ley de amnistía, cuya ofensa más flagrante es argumentar que el legislador puede hacer lo que le venga en gana sin atenerse a los principios jurídicos y constitucionales, siempre que la Constitución no lo prohíba. O sea, puede imponer la esclavitud o amnistiar a delincuentes, algo tan aberrante después de que la propia ley fundamental «prohíba expresamente los indultos generales» cuyo rango jurídico es de inferior categoría al borrar no solo la pena sino el mismo delito como hace la amnistía.

En la España sanchista ya nada sorprende porque han saltado todos los timbres de alarma: el desmantelamiento del Estado de derecho está en marcha, la traición a los juramentos de lealtad y el fraudulento uso de los aforamientos engañosos y las trampas electorales son un estilo que nos asemeja a las prácticas tan queridas por los amigos de Zapatero, asesor aulico de Sánchez, en esos países tan queridos secuestrados por populistas irredentos.

Cuando se tiene esa vocación autoritaria que hoy resulta palmaria en Sánchez, hay que posicionarse con toda claridad del lado del respeto a los principios constitucionales, cualquiera que sea la ideología de cada uno. Porque se empieza con concesiones superficiales y se termina arramblando con todo aquello que no gusta al gobernante.

De ahí puede venir esa obsesión que algunos tenemos de que sólo desde la firmeza en defender la moderación y el respeto a quienes no piensan como uno, siempre que la actitud sea recíproca, solo entonces es posible un espacio amplio político de progreso y libertad.

Son muy comentadas, siempre con fines excluyentes, aquellas palabras del escritor e historiador ruso Solzhenitsyn que denunció el Gulag y que afirmaba la imposibilidad de ser a la vez inteligente, bueno y comunista, porque, decía, un inteligente y comunista no puede ser bueno; si es bueno y comunista no puede ser inteligente, y si es inteligente y bueno no puede ser comunista.

El Parlamento Europeo, en una solemne sesión de 19 de septiembre de 2019, por 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones, condenó a los regímenes nazi y comunista por los crímenes cometidos a lo largo del siglo XX e «instaba a los Estados miembros a hacer frente a las organizaciones que difunden discursos de incitación al odio y a la violencia». Por comentarios que me llegan, la nominación de la estación de Cordoba homenajeando a Julio Anguita, originó serias controversias, casi todas de contenido ideológico, cosa que no me extraña porque tengo más de un artículo en el que expreso que no soy partidario de poner nombres políticos a espacios públicos. Esto lo aprendí de mi padre, alcalde franquista que se negó a que el parque municipal por el que tanto había luchado llevara su nombre, pese a que se lo pedía el primer alcalde socialista de Carcabuey.

Quien quiera seguir jugando a buenos y malos está en su derecho. Creo que es más importante juzgar conductas y respetar sentimientos. Y por ello sigo pensando que, en la España actual, obsesionada con poner nombre político a todo, algo que no me gusta salvo que se trate de políticos casi centenarios, pudo ser discutible llamar Julio Anguita a una estación, pero tal circunstancia no puede obstaculizar rendir homenaje a un hombre honrado y coherente que, seguramente, hoy se rebelaría con la deriva corrupta que, de modo directo o indirecto, consienten sus correligionarios que conviven con el sanchismo. Al fin y al cabo, la sabiduría popular seguirá hablando solo de la estación de Atocha, en Madrid, o del aeropuerto madrileño, de la estación de Malaga o de la de Córdoba, sin que en el uso popular hablen de Almudena Grandes, Adolfo Suárez, María Zambrano o Julio Anguita.

Errores políticos tuvo Julio. Y aciertos también, porque así es la actividad política. Pero no es justo destruir a un adversario simplemente porque es de otra ideología. Las palabras de Solzhenitsyn podrían aplicarse cambiando la palabra «comunista» por «nazista» y serían igualmente razonadas. Quizá por ello, en varias ocasiones expresé mi idea de que Anguita, inteligente, bueno y honrado, posiblemente hubiera sido de los primeros en ser depurado bajo un régimen comunista.

Porque somos muchos más los que creemos en el respeto y el entendimiento y no en la exclusión y la reprobación, la gran mayoría de los españoles ni somos comunistas ni somos fascistas, por mucho que los extremos así lo pretendan. Solo nos falta defender con coherencia lo que otros entienden como debilidad. Las autocracias se debilitan y caen cuando la dignidad de ciudadanos honestos dice basta y se rebela contra los abusos, los privilegios, la fullería y el engaño en la gestión del interés público. Y esa batalla la ganan los que buscan el equilibrio, la verdad y la razón y no la aniquilación del adversario. Los que se sienten abochornados con los últimos acontecimientos que ensucian con un hedor insoportable la actualidad política de un partido sumiso a la voluntad de un líder tramposo. Los correligionarios de Anguita harían bien si, ademas de reclamar nominaciones de espacios públicos, siguieran su ejemplar conducta personal. Y los intransigentes del otro extremo pensar que la tolerancia y el respeto no son síntomas de debilidad sino de firmeza en la concepción del hombre libre.

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