Anguita en el recuerdo
Iba acompañado, al igual que yo, supongo que por un buen amigo, de esos que comparten esas largas horas de ocio de un jubilado. Serían unos cinco años antes de su muerte, y paseaba con la serenidad senequista de un buen cordobés. Llevaríamos otros tantos años o más sin habernos visto, pero, en aquella esquina del Gran Capitán, nos dimos el abrazo sincero de un reeencuentro de quienes, desde distintas posiciones ideológicas, nos habíamos tenido un enorme respeto y consideración en nuestra corta andadura, la mía mucho más diminuta, por los andenes de la política activa.
Nunca he sido partidario de dedicar calles, plazas o espacios públicos a personajes políticos, quizá por esa prevención al cainismo secular, y para mí muy lamentable, de un país como el nuestro tan dado a la confrontación, al descrédito o a la marginación del adversario. Pero, aceptado que España vuelve a desarrollar tal empeño, no puedo menos que felicitarme porque el nombre de nuestra estación cordobesa se bautice rindiendo homenaje a quien, para mi, y por encima de todo, fue un hombre honesto y un político coherente con su mensaje.
Y por rendir homenaje a esa coherencia de quien vivió de conformidad con su propio mensaje, se me agolpan múltiples recuerdos que justifican ese mutuo respeto que nos teníamos desde nuestras respectivas ideologías, social liberal la mía y sinceramente comunista la suya, que nos permitían llegar a acuerdos buscando el interés general y no la imposición de nuestros respectivos principios. Al fin y al cabo, Julio tenía cuarenta días más que yo, por lo que formábamos parte de una quinta formada en los valores del esfuerzo, el tesón y la responsabilidad personal.
Y debo decir, con gran dolor de mi corazón, que albergo la duda razonable de que a Julio le satisfaciera la coyunda actual de su grupo político con quienes han vuelto a manchar la noble actividad de la política con un poso de corrupción. En enero de 1995, Anguita no dudó en manifestar, con luz y taquígrafos, ante la evidencia de «una grave crisis política y económica de una España asolada por la corrupción», su coincidencia con la oposición del PP en «lo inviable de la actual situación», coincidiendo en que había que acabar con la agonía que estaba perjudicando el interés del país”. Ante una situación de emergencia ética y democrática, Anguita manifestó que no seria un obstáculo para el cambio de Gobierno, si Aznar conseguía el apoyo de otras opciones más próximas a sus postulados ideológicos, como los nacionalistas vascos y catalanes. Nunca votaría a un gobierno de derechas pero su abstención podría facilitarlo.
Cuando una mínima visión comparativa entre aquellas conductas y las actuales se produce, no cabe sino lamentarse de la pérdida del valor de los principios y de la honestidad en determinada clase política. Aún recuerdo como, en su primer mandato como alcalde, Julio Anguita hizo colocar un cartel a la entrada de su despacho en el que se advertía que «se abstuviera cualquiera que pretendiera demandar empleo». Y años más tarde, ya jubilado de toda actividad, hizo saber en una conferencia multitudinaria ante un público profundamente izquierdista, que su obsesión había sido siempre doble: buscar acuerdos programáticos y rechazar sin ambages la corrupción. De tal modo, dijo «que si hay que optar entre un corrupto y un honrado, hay que hacerlo por este, aunque sea de extrema derecha».
Anguita vivió y murió como predicó, valores de honestidad y coherencia difícilmente apreciables en la actual clase política. Dudo que hubiera aceptado que su partido, que luchó ferozmente contra la corrupción de los ERE, la FAFFE y otros corruptelas del socialismo andaluz, salvara luego al PSOE después de perder las elecciones con Arenas. Y difícilmente estaría ahora poniendo la cara desde el propio Gobierno, para tapar los abusos y corruptelas de sus compañeros partidarios que sostienen al Ejecutivo.
Julio Anguita renunció a la jubilación que como miembro de dos legislaturas en el Congreso de los Diputados le correspondían, para cobrar la modesta pensión de maestro jubilado. Como él decía «tengo una pensión de 1848 euros, un SEAT Leon y un ordenador. ¿Para que quiero más?». Seguro que a un revolucionario izquierdista como Pablo Iglesias, que se compró una mansión nada más tocar poder, no se le movieron las entrañas. En nuestra época, como alguien ha escrito, éramos personas educadas y correctas. Hoy hay demasiada gente en política que confunde la firmeza con el exabrupto y el poder con la corrupción. Anguita y yo, aunque coincidimos poco tiempo, en esto y en tantas cosas, desde posiciones ideológicas distintas, estábamos totalmente de acuerdo. Bienvenida la «Estación Córdoba Julio Anguita».