Firma invitadaCarlos Moreno

Don Manuel: Un sacerdote, un amigo, un guía espiritual

«En un tiempo donde tantas veces se frivoliza el compromiso, conviene recordar que hay vidas que valen por haber sido gastadas al servicio de los demás»

Hay almas que no necesitan alzar la voz para ser escuchadas. Hombres cuya autoridad moral brota no en el ruido, sino en la coherencia entre lo que creen y lo que hacen. Don Manuel, párroco de Dos Torres durante casi cuarenta años, fue una de esas figuras. Su reciente fallecimiento ha dejado un vacío profundo en el corazón de un pueblo que no solo lo respetaba, sino que lo quería. Y mucho.

Quienes tuvimos la suerte de conocerle sabemos que no era un hombre de alardes, sino de entrega. Que su vocación no fue una profesión, sino una misión. Durante décadas, en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Dos Torres, don Manuel fue guía, consuelo, ejemplo y, sobre todo, presencia. Siempre estuvo ahí: en las alegrías y en los duelos, en los bautizos y en los funerales, en las procesiones y en las confesiones a puerta cerrada. Acompañó el devenir de varias generaciones, y lo hizo con una fidelidad que hoy, en tiempos de inmediatez y abandono, resulta casi heroica.

La suya fue una vida dedicada a Dios y, por tanto, al prójimo. No sólo en Dos Torres sin en la comarca de Los Pedroches son incontables las personas que recuerdan un gesto suyo, una palabra, una misa, sus clases de religión y catequesis que los sostuvo en momentos de dificultad. Porque don Manuel no era un sacerdote rígido, ni distante, aunque lo pareciera. Era, ante todo, un pastor. Conocía las virtudes y también los defectos de su iglesia, porque consiguió ser alma de ella, y lejos de juzgar, acogía. Su equilibrio era ejemplo de cómo la firmeza en la fe no está reñida con la ternura del corazón.

La misa de su entierro fue presidida por el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández y concelebrada por numerosos presbíteros, entre ellos el actual párroco Narcís, como corresponde a quien ha dejado una huella indeleble en su diócesis. Pero fue el pueblo —ese pueblo sencillo y agradecido—, a los sones de la centenaria Sinfónica de Dos Torres y el aplauso emocionado quienes despidieron a don Manuel como quienes saben que han perdido algo irremplazable. No solo a un sacerdote, sino a un referente moral y espiritual. Dos Torres ha perdido un pilar de su vida comunitaria, y es difícil imaginar cuánto tiempo pasará hasta que su figura se diluya en el recuerdo.

Sirvan estas líneas, para rendir homenaje a lo que representa su legado. Porque en un tiempo donde tantas veces se frivoliza el compromiso, conviene recordar que hay vidas que valen precisamente por haber sido gastadas al servicio de los demás. Don Manuel vivió para su parroquia, para su gente, para su fe. Y lo hizo sin escándalo, sin alharacas, con la sencillez de quien sabe que lo importante no es ser visto, sino servir.

Hoy más que nunca necesitamos pastores así. Que no teman a los tiempos, pero que sepan conservar lo esencial. Que no escondan los dogmas por corrección política, pero que los enseñen con amor. Que no persigan el aplauso fácil, sino la verdad que libera. Don Manuel fue uno de ellos. Y por eso, no solo lo lloramos. Lo agradecemos. Gracias, padre.

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

Córdoba - Opinión

El Elegido

tracking

Compartir

Herramientas