Por derechoLuis Marín Sicilia

La izquierda zurda

Yo también quiero a mi mujer, pensó el buen hombre que siempre había votado socialista. Pero, por muchos besos que le dé en público, en mi empresa no me dejan que le ponga una oficina para que ella haga negocio por su cuenta utilizando las estructuras y los servicios de la empresa, concluyó entre sorprendido e indignado. Y cuando vio bailar a Pedro Sánchez, contorneándose al más puro estilo Maduro, le vino a la memoria aquel cambio de opinión respecto al régimen chavista a raíz de una visita clandestina de Delcy Rodríguez a Barajas. Aquel cambio de opinión fue el comienzo de su desconfianza con el liderazgo de Sánchez.

Desde entonces, aquel viejo votante no ha cesado en la frustración, convencido de que acierta de pleno esa «maldad» que circula por las redes y que insiste en que el PSOE no ha cambiado de siglas pero sí de su significado: hoy quiere decir «Pedro Sánchez Os Engaña». Porque de la mentira como sistema se ha pasado a la chabacaneria y la corrupción. Desde aquel pucherazo de Sanchez contra sus propios compañeros, con urnas escondidas entre cortinas, pasando por el escándalo de los ERE andaluces hasta las corruptelas actuales que no cesan, son muchos que confiaron en la socialdemocracia española los que hoy no comprenden, desde una izquierda democrática, que haya aún quien no se rebele ante ese cuestionamiento sin límites de las sentencias judiciales cuando les son adversas, que se reduzca la política a una lucha permanente entre buenos y malos, que se silencien y oculten las fechorías de los propios y se justifiquen, con variopintas explicaciones, sus conductas escandalosas con más de 130 imputados, cuando la corrupción ya es imparable y resulta evidente que el sanchismo ha calculated mal si pretende doblegar al Estado de Derecho.

En realidad era comprensible la decepción de aquel viejo votante socialista. Porque hay que tener muchas tragaderas para echar la culpa del incremento de la delincuencia, no al Gobierno sino a la oposición. Que el fracaso de las inexistentes políticas sociales sobre vivienda, educación, sanidad y tantas otras sea culpa de los otros y no de quienes cobran por gobernar. Ya solo falta culpar al presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, de la invasión de su ciudad.

Y porque Sánchez nunca rinde cuentas y promete mucho pero, como buen truhan, nunca cumple, son muchos los desencantados que no perdonan el que se pusiera en marcha la persecución de una juez que cumplía su deber recurriendo a lo peor de los bajos fondos. No entienden que se gobernara año tras año apoyándose en los enemigos del Estado y disponiendo caprichosamente del dinero público, sin presupuestos. No aceptan las palabras de Sánchez denigrando al parlamento como legítimo representante de la soberanía nacional. Los socialdemócratas sinceros no podían aceptar esa deriva leninista que se atribuye en exclusiva la voluntad popular de la gente. Quien utilizó a la militancia para acceder al poder no puede, salvo desde la indignidad, ciscarse ahora de esa militancia como ha hecho en Palencia, Albacete, Burgos y en tantos otros sitios.

Esta claro, a estas alturas, que las próximas elecciones son un plebiscito: Sánchez pretende implantar un régimen absolutista y excluyente donde seguiría gobernando a su capricho y consiguiendo someter a las pocas instituciones que aún mantienen un mínimo de independencia, siguiendo la práctica habitual de las llamadas democracies populares. Quienes crean de verdad en las libertades de un régimen democrático deben saber que se juegan algo más que unos escaños. Se juegan seguir viviendo en una democracia cuyos valores superiores sean la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político que propugna el artículo primero de la Constitución Española.

Aquella izquierda democrática, que tenía sentido de Estado y se entendía en las grandes cuestiones con la oposición, a la que nunca consideró enemiga sino adversaria; aquella izquierda que proclamaba que entre un honesto y un corrupto había que optar por el primero, aunque el honrado fuera de derechas. Aquella izquierda, en fin, que nunca hubiera utilizado al Tribunal Constitucional ni al Cuerpo Consular para violentar la ley; aquella izquierda nunca hubiera manipulado los censos electorales ni corregido al Tribunal Supremo. Eso no lo hace la izquierda democrática, eso es una voluntad de una izquierda zurda sin principios, entregada al odio al adversario, que pretende que un tribunal de garantías servil les libre de todos sus desafueros y que centenares de miles de falsos españoles, que no conocen España ni han pagado un euro para sostener sus servicios, decidan lo que hemos de pagar, cómo y cuando, los que nacimos y vivimos en esta tierra.

Hay una izquierda democrática que acepta la opinión de otros, y hay una izquierda zurda que no acepta más opinión que la suya. Es la izquierda zurda, la de Maduro y demás populistas hispano-americanos, la de la movida y el enchufe, la de la algarada y la intolerancia, la que arruina a sus pueblos y enriquece a sus dirigentes, la que ceba a sindicatos y organizaciones que les garanticen a ellos la paz social y le hagan la vida imposible a sus adversarios, la que cree que el poder no tiene límites, la que es incapaz de aceptar la voluntad del pueblo soberano cuando este le niega su confianza, la que hace huelgas contra la oposición y la que promete mucho y da poco. Son, en fin, los zurdos que hablan de los trabajadores y no han trabajado nunca, los que incendian las calles cuando ven en peligro su falsa progresía, los que acumulan riquezas y privilegios mientras dicen defender a los pobres. Es la España que multiplica cargos para enchufados y abandona los servicios públicos, sin asumir ninguna responsabilidad por su mal funcionamiento. Es, en fin, la España de la incoherencia, la hipocresía y la intolerancia. O sea, la izquierda-izquierda, la izquierda zurda, la izquierda radical de Pedro Sánchez. Y la mayoría social española no se merece un dirigente empeñado en dividirla y enfrentarla.

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