De comienzo en comienzoElena Murillo

Una capilla donde convergen conocimiento y fe

«En este lugar de silencio, de paz, se diluye la algarabía propia de los grupos de jóvenes»

La presencia de capillas en las universidades públicas de nuestro territorio responde a los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español. Es de sobra conocido que las primeras universidades europeas nacieron en la Edad Media al amparo de la Iglesia católica, por lo que no es extraño que estos lugares permanezcan en uso aún hoy. Así se atiende a la pluralidad pese a los debates que surgen entre los que piensan que se debe separar la religión del ámbito público.

Si hablamos de centros católicos, es obvio que estos espacios existan ya que se perciben como algo necesario e imprescindible. La dimensión espiritual en la vida de las personas no solo es un elemento esencial sino que en la universidad es precisa porque el diálogo con la ciencia se hace indispensable. Fe y razón deben actuar de la mano.

San Juan Pablo II llamaba a las capillas universitarias «el corazón de la Pastoral universitaria»; así lo deja escrito en la constitución apostólica 'Ex Corde Ecclesiae' en la que vincula a las universidades con la misión apostólica. En su esencia, transmitir a Cristo y transmitir la cultura.

Contar con una capilla en el centro en que trabajas, lo considero un privilegio. La experiencia que tengo a diario permite que hoy mi reflexión refleje, de algún modo, los sentimientos que me rondan cuando estoy sentada en el último banco de este entrañable recinto. Pienso que en los centros universitarios cada estancia es importante, cada despacho y cada aula son necesarios, pero la capilla ilumina al resto de las dependencias. Cada día se ofrece la oportunidad de dejar descansar en el Señor las cargas y de poder confiar la jornada a su providencia.

Como si fuera un punto de peregrinación, parafraseando al Hermano Roger de Taizé, se pasa como al lado de una fuente donde uno se detiene, apaga su sed y continúa. En este lugar de silencio, de paz, se diluye la algarabía propia de los grupos de jóvenes; desde primera hora de la mañana son ellos los que, llamados por la luz que prende junto al sagrario, buscan el encuentro personal con Cristo. Una oración de acción de gracias por el nuevo día o por la belleza de la vida; una mirada al interior antes del inicio de la jornada; la certeza de que en la sencillez de los pequeños gestos la fe se revitaliza y se abre a la trascendencia.

Son habituales las genuflexiones intensas, interiorizando el gesto de adoración, incluso cuando se llega tarde a clase. A veces, incluso, sujetando la puerta pero haciendo que durante unos segundos se detenga el tiempo para mostrar lo bien que se está en su presencia; y, siempre, con la certeza de sentirse amado por quien espera y escucha. Nuestra capilla es un lugar en el que convergen conocimiento y fe.

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