La Canalla
Al igual que sucede en francés e inglés, el término español canalla procede del término italiano canaglia para designar despectivamente al populacho envilecido
La Canaille es un famoso canto revolucionario francés entonado por vez primera en 1865 en las protestas contra el régimen de Napoleón III. El estribillo C’est la canaille, et bien j’en suis se apropiaba de la palabra despectiva con la que la burguesía designaba a la chusma para reivindicarla a modo de desafío.
Al igual que sucede en francés e inglés, el término español canalla procede del término italiano canaglia para designar despectivamente al populacho envilecido. A su vez, la palabra italiana venía del nombre que se daba a una jauría de canes. Esta imagen mental de una jauría de perros rabiosos como metáfora de la multitud canallesca, esto es, convertida en una turba amenazadora, me ha venido a la cabeza estas pasadas semanas con los disturbios callejeros que han tenido lugar en Francia, Barcelona y Bilbao.
En su ensayo clásico sobre los disturbios populares en Francia e Inglaterra entre 1730 y 1840, el historiador marxista británico George Rudé apunta que «ningún problema ha sido tan ignorado como el de la multitud en la historia». Muy cierto. A diferencia de las élites y los individuos, las masas populares son siempre difíciles de historiar. Pero hay un problema particularmente espinoso en el que pocos historiadores han osado entrar: la masa como sujeto criminal. A la hora de acometer la historia universal de la infamia (por tomar el concepto prestado de Borges), resulta habitual ubicar en exclusiva en el Estado, las ideologías o las religiones el origen de la violencia política o étnica. El pueblo llano suele aparecer como víctima de tiranos y fanáticos en las narrativas históricas, raramente como verdugo. La ‘santificación’ y/o victimización del pueblo llano como sujeto histórico es uno de los temas más recurrentes de la memoria histórica occidental. Sin embargo, no pocos de los peores estallidos de violencia de la historia universal han sido obra de las masas, fanatizadas en algunas ocasiones y otras simple y llanamente llenas de un odio primitivo y visceral.
Hablábamos antes de la etimología del término canalla. Otro término vinculado con la violencia de masas procedente de una lengua extranjera que ha pasado a la lengua española (a casi todas las lenguas, en realidad) es pogromo. Como es bien sabido, este término procede del ruso pogróm y se extendió por toda Europa a raíz de las matanzas de judíos que tuvieron lugar en la Rusia zarista entre 1881 y 1883. Estas masacres de judíos (más de doscientos episodios de violencia de masas) fueron, al igual que los pogromos medievales, el resultado de motines populares. Encontramos turbas asesinando judíos en la Alejandría helenística, en la Granada zirí y en la Europa de la Peste Negra. René Girard vinculó estos pogromos con su célebre teoría del chivo expiatorio: las masas vehiculan su odio y su miedo hacia el diferente al que hacen irracionalmente responsable de todos sus males.
Encontramos dinámicas similares en los Estados Unidos de finales del siglo XIX. Cuando en la Rusia zarista se estaban produciendo los pogromos arriba mencionados, en América del Norte se producían matanzas indiscriminadas de chinos en las calles de Los Ángeles a los que las masas acusaban de propagar la fiebre amarilla. Un siglo antes se había producido en los Estados Unidos la aparición de otro término famoso relacionado con la violencia de masas: linchamiento (a partir del verbo inglés to lynch, debido al Juez Charles Lynch). De hecho, el tema de la turba linchadora (lynch mob) es un lugar común de la literatura y el cine norteamericanos. En no pocas ocasiones, sus víctimas predilectas fueron los negros.
Concluyo citando de nuevo al filósofo francés René Girard, cuya lectura resulta particularmente iluminadora para estos asuntos. Frente a la unanimidad vociferante de la turba linchadora de los violentos, los diálogos socráticos y el Evangelio proclaman al unísono que la víctima indefensa es siempre inocente, que la masa de los perseguidores, por numerosa que esta sea, es culpable. Si se toma la justicia por su mano, si recurre a la violencia indiscriminada, el pueblo degenera en turba canallesca y se envilece. Lo que diferencia al pueblo, lo que lo dignifica, es ser una comunidad ordenada, no una jauría.
Esta es, según Girard, la gran revolución ética del cristianismo: la revelación de la verdad definitiva sobre la violencia de masas consiste en la inocencia radical de las víctimas, del individuo indefenso frente a la masa violenta. En este sentido, Girard ha señalado que el Antiguo y el Nuevo Testamento no adquieren sentido más que a partir de la mirada de la víctima solitaria. En efecto, la tradición bíblica difiere radicalmente de otras culturas en la decisiva cuestión planteada por la violencia colectiva. Mientras que en los mitos del Antiguo Oriente Próximo y parte de la cultura pagana grecorromana los perseguidores suelen tener razón y la víctima es considerada culpable y merecedora del castigo que exige la multitud, en cambio, tal y como subraya Girard, «en la Biblia ocurre exactamente todo lo contrario». Todos sabemos lo que la multitud reunida en el Pretorio exigió a Poncio Pilato: «¡Crucifícalo!»