El Bar Correo, un clásico
Hay mitos no escritos que pasan por verdades. E, incluso, por venerables. Y Córdoba es eso, gracias a Dios. Porque Córdoba fusila: siempre sola, porque ni es castellana, ni es andaluza: porque es sultana, bonita, ingrata, señora, recia, galana, generosa, algo casquivana, cabrona y hermosa desde los inicios de los Tiempos. Córdoba no es un cliché. No es una ciudad de paso. A Córdoba se va. Por las buenas, y por las malas. Córdoba nunca será un chiste de manual, ni una ciudad de paso. Córdoba es demasiado. Aviso a navegantes.
En esas estaba cuando, cómo no, tranquilo en casa devorando marquesas -de las de la Deleviuda, no de las otras- mojadas en café con leche, me escribió Rafa, mi redactor jefe de todos los demonios y glorias. Como él y yo somos muy de Prefab Sprout, he de contar que me pilló con la digestión a medio hacer. ¿Te encargas mañana del tardeo de Nochebuena en Córdoba? Me preguntó. Y yo lo vi como un regalo del destino de alguien que quiere ir directamente al infierno, sin pasar por ninguna bendición políticamente correcta. Así que le dije que sí, a lo burro.
Hay varios mitos no escritos en Córdoba. Uno es que los boquerones en vinagre se inventaron en una incierta taberna del callejón que actualmente lleva a un restorán llamado El Caballo Rojo. ¿Otra? La tarde de la Nochebuena cordobesa. Analicemos el por qué.
De Santa Rosa al Gran Capitán
La noche de antes del veinticuatro apenas pegué ojo. Porque, me preguntaba ¿cuál sería el itinerario adecuado para reflejar una tarde de Nochebuena en esta ciudad de un par de milenios bendecida por los dioses más peregrinos? ¿Cuál para atravesar la que, dicen, es la ciudad más bonita del Mundo?
Madrugué por una vez, con escasas ganas, y desplegué un mapa de la ciudad de Córdoba sobre la mesa comedor, para escarmiento de todas mis ex y «haters», y planeé un sesudo plan de acoso sobre la tardebuena cordobesa, con música de Dido de fondo. Soy un sentimental. Córdoba diseccionada buscando puntos violetas, donde desfallecer.
Marqué en rojo, sobre el mapa, unos cuantos sitios. Empecemos. CSI Miami, o como cojones se llame, eran unos aficionados a mi lado. Lo tenía todo preparado. Con un rotulador indeleble rojo, café Saimaza hirviendo en mi vaso justo en la esquina del panel, marqué unos cuantos sitios.
Voy y me encuentro con mi 'ex' en Las Tendillas
Empecé el veinticuatro con el cuerpo disgustao, pero me pasé por El Tirantes; barrio de Santa Rosa. Vi a Juanjo, a Tío Mike, a Félix, a Juan Pablo, a Pericón de Chinchilla: vi la vida de mi barrio. Pero tenía prisa. El Centro me esperaba, seguramente no con los brazos abiertos. Serían las 12:30.
El primero de los seis, apenas cubierto -en el mejor sentido de la palabra- me supo a poco. Así que dirigí mis pasos -no era día para coger la vespa- andando, con garbo, sin cascos, hacia los arrabales del Gran Capitán. Aún me quedaban cinco bares y una ex.
El siguiente sitio fue La Bodega. Qué decir. Yo no iba adecuado en cuanto a la vestimenta -como si a Javier le importara- cuando pedí un «medio» en una de las mejores barras de ¿Córdoba? ¿España? ¿el Mundo? Mientras saboreaba el vino, junto a las botas inmensas del lugar y leyendo -al loro- el periódico, pensé en desistir. ¿Me quedo aquí para siempre? Pero no. Había que continuar. Había tarde que cubrir.
Las fechas navideñas son muy dadas a los reencuentros fortuitos, más si hablamos del Bar Correo. Rompeolas de todas las Córdobas habidas y por haber, allí uno puede encontrarse con aquel tipo que te robó el bocadillo de chopped durante un millón de recreos en el colegio. Con el mariquita abusón, con la primera chica que te robó un beso de las Teresianas.
Centro de Córdoba, 24 de diciembre
Subiendo, jodidamente solo y alegre, por Gran Capitán, dejando atrás burguesías inocuas pijas provincianas, llegué a la Plaza de Las Tendillas. El Correo estaba petao, así que me dirigí directo a El Puerto: ese puntal donde la maravilla se hace verdad. Falillo, me preguntó. ¿Un medio? Va. Había amigos con abrigos Loden, con sonrisas como nunca.
Y vi a mi ex. La vi pasar de lejos, me dijo adiós desde lejos, con esa deferencia con la que uno se queda maldiciendo al Mundo un siglo. Bah. Mirando al cielo cordobés, tarareando incluso una canción de «Pablo Und Destruktion», me hice el guay y afilé barra en el Bar Correo. Ya llevaba tres.
Así que lo pensé. Este periódico, me paga.
Soy de la quinta que vió el Mundial 82
El centro estaba hasta arriba. Después, tomé una cerveza en el Gran Bar. Pero escapé pronto. A tiro de piedra, en El Abuelo comí casquería, fui feliz con un medio de Moriles, y mis amigos los Arcos, rodeando lo imposible, como siempre, me hicieron ser un tipo razonablemente feliz. Pero, según las cuentas del Gran Capitán, como cualquier héroe cordobés nunca bien considerado -inventó la guerra- yo tenía otro destino.
Atisbé acercarme a la taberna de Los Mosquitos, pero mi amigo Edu me llamó. Zumbón, perpetré un par de atracos maduros, cuando todos nos reíamos a mandíbula batiente.
EL Puerto, en la calle La Plata
Pasé de largo de la taberna El Gallo -bendita sea- y me sumergí por los campos de sillas y mesas -con lo que fue- de la plaza de la Corredera, echando un vistazo, hacia el fin de mis sueños: taberna Los Mosquitos. Hice trampa, y me asomé al Limbo. Pero hice el guindas, y torcí para el Colegio de Arquitectos. También pasé por delante de O´Donogues, allí donde trabajé tirando cerveza Guiness de estudiante durante casi una vida.
Navidades de tiesos
Así que, solo, vi caer la tarde andando, ya de vuelta, rodeando el túnel del horror instalado en calle José Cruz Conde, tirando por calle Caño y pasando por delante de la fachada donde estuvo Discos Fuentes Guerra. Vacío, tristón, melancólico, me acordé del caldo de mi madre que me aguardaba en poco tiempo. Feliz y simplón, me encaminé algo menos que dichoso hacia la casa de mi mama.
Tardeo en Nochebuena en uno de los bares del centro de Córdoba
Aún así, tuve la lucidez de darme cuenta que este artículo resultará hiper-masculinizado, para espanto de la charocracia.
¿Veinticuatro de diciembre en Córdoba? Eran pasadas las siete cuando no supe cómo volver a casa. Los autobuses se habían acabado. Pero cumplí los seis bares.