29 de noviembre de 2022

Un madrileño en Ucrania

Fusil Dragunov SVD

Crónicas castizas

Un madrileño en Ucrania

Salió hacia el este, a la búsqueda desesperada de Olena, desaparecida con su equipo de televisión en Kiev

Ahí está, recostado sobre la pared, sucio y con cara de sorna, las manos permanentes sobre el arma. Licenciado en Filología eslava, daba clases en la Facultad mientras escribía una tesis doctoral sobre el futurista Mijailo Yanovi. Carlos vivía con Olena, en Chamberí, en un apartamento de setenta metros donde se emborrachaban de felicidad. Al menos era así cuando ella no salía a hacer esos malditos reportajes para televisión. Entonces la añoraba, se aturdía con el trabajo, enterrándose en libros y escribiendo con mano urgente cuartillas sin fin. A su regreso, él hacía mohines hasta recuperar la normalidad hogareña. Olena lo entendía al verle abandonar la pluma, sentarse frente al ordenador, leer el correo. Carlos se sorprendió al comprender que era feliz porque Olena existía, incluso cuando estaba lejos. La sola idea de saberla en alguna parte, viva, le daba serenidad.
Carlos, antaño minucioso en el vestir, se agazapa ahora tras una ventana, la sucia camisola entreabierta deja ver recuerdos de plata colgados de su espartana cadena de soldado. Las bombas lejanas deshicieron su paz, pulverizaron su esperanza. Tiró entonces las plateadas gafas de intelectual, supervivientes de su hogar. Salió hacia el este, a la búsqueda desesperada de Olena, desaparecida con su equipo de televisión en Kiev. Recuerda cómo ha llegado hasta allí. Sus amigos no tuvieron ocasión de disuadirle. No avisó a nadie. Se presentó en la embajada de Ucrania, en la Ronda de Abubilla, y se alistó. Tiene una sola idea, apuesta su vida por ella, encontrar a Olena.
La guerra ha cambiado la geografía de la ciudad. Gran parte de la población es vagabunda, busca comida y seguridad. Hay ingenieros mutados en parias, los edificios oficiales destruidos albergan una legión de funcionarios durmiendo entre cartones. Una nueva casta de desheredados, alimentados por sus merodeos y la caridad pública deficitaria. Allá, en Járkov, hablan de un mecánico industrial que actúa como rey de los don nadie. La administración les deja hacer, sin cuidarse mucho de ellos. Se han convertido en harapientos masivamente; primero unos miles, luego decenas de millares.
Algunos con las crisis económicas previas a la guerra, el triunfo de la producción asiática, otros como consecuencia de los bombardeos, los asaltos masivos; todos por el derrumbamiento del Estado, edificio duro pero frágil. La ropa que llevan hace semanas habla de su caída, confunde pasado y presente. Pululan por los alrededores de sus casas derruidas por los obuses, perplejos náufragos de sociedades volatizadas. No han de adaptarse a un cambio sino estar en permanente cambio. Cada día, a cada momento. Huyen de la guerra, de los combates y buscan comida y refugio, refugiados en su propia tierra aún.

La ropa que llevan hace semanas habla de su caída, confunde pasado y presente

Durante las primeras semanas de ocupación, la incertidumbre fue relevada por el miedo. Los vagabundos de siempre contemplaron estupefactos cómo se multiplicaban sus filas, desorientados fantasmas de sí mismos arrastran sus pies por las aceras cuajadas de cascotes, restos de hogares, ilusiones rotas. Un veterano lanza una perorata, plagada de anécdotas propias y apropiadas, los desorientados neófitos escuchan absortos la voz cascada por el vodka.
«Nada, no tengo nada. Ni siquiera mi casa, mi casa, ¡nada!», recita monótono en improvisado mantra budista un yuppie recostado en la acera al que nadie le hace caso. Cosas de novatos, farfullan los vagabundos de siempre, más ricos en mugre y experiencia.
Algunos dijeron «no». Encontraron otros hombres, alianzas sin buscarse, crearon tribus. La mayoría acaban en el Ejército o forman partidas, medio milicianos, medio bandidos. El Ejército ucraniano los asimila porque necesita cualquier fuerza. Carlos pasa de una unidad a otra buscando a Olena.

Días hipnóticos, dedos amarillos de fumar cuanto caía en sus manos; se movía para comer apenas y buscar cartuchos del calibre 7'62x54R

Entre las pertenencias de Carlos hay un cuaderno de pastas flexibles donde deja pedazos de los recuerdos rotos en este presente sangriento, vital. Sus compañeros comentan su misantropía, ese talante áspero, algo más que estética. Pasó los primeros días tras la mira de su fusil Dragunov SVD, abatiendo incautos en las posiciones enemigas. Días hipnóticos, dedos amarillos de fumar cuanto caía en sus manos; se movía para comer apenas y buscar cartuchos del calibre 7'62x54R. Los disparos fríos del ayer acabaron por disipar su odio, el vacío gris, ceniciento, se colmó con sus camaradas, familia voluntaria, con los defectos justos para ser tolerados, para tolerar los de él mismo. No ignora que la guerra ha devastado sus vidas, sacándoles de talleres, clínicas, facultades, así lo escribe una noche recostado sobre un carro de combate, helado sobre la gélida chapa de acero del T-72.
Es la misma vaga insatisfacción que se desarrolla en las páginas arrugadas ocultas en el macuto. Cuadernos desgastados donde escribe casi a diario para Olena o acaso sea la búsqueda de dejar algo que le recuerde.
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