Incendio de la Residencia e iglesia de los Jesuitas, ubicado entre la Gran Vía y la calle de la Flor
Historia
La quema de conventos de mayo de 1931: así ardió la Biblioteca del convento de la Flor con más de 80.000 volúmenes
La biblioteca albergaba obras de Lope de Vega, Quevedo o Calderón de la Barca, así como cuadros de artistas como Zurbarán, Van Dyck, Pacheco, Coello, Mena o Alonso Cano
«¡Qué poco poder tiene Dios contra una caja de cerillas!», retumbó en un rincón madrileño la mañana del 11 de mayo del año 1931. El convento de la Flor, propiedad de la orden jesuita, ardía en llamas frente a los gritos de una copiosa multitud. La ceniza, el humo y los cristales rotos alimentaban la crispación, fruto de un anticlericalismo, que hoy sigue llenando la boca de muchos discursos. Noventa y cinco años después del suceso, no queda rastro de esa edificación, ni de otras muchas que sufrieron la ira de unos manifestantes amparados por la República.
La Segunda Casa Profesa de la orden jesuita, situada en la calle Isabel la Católica con fachada a la Flor Baja, cerca de la Gran Vía, fue solo una de las direcciones marcadas en la algarada de mayo de 1931. Los jesuitas se vieron obligados a trasladarse a su actual sede en la calle Serrano.
Tan solo un día antes de la quema de convento, el Círculo Monárquico de Luca de Tena congregó a más de trescientas personas que, con la Marcha Real de fondo, gritaron vivas al Rey y lanzaron octavillas contra la República. La tensión se incrementó en un intento de quema del diario ABC, una ofensiva que se cobró la vida de dos personas. A lo largo de la revuelta, los manifestantes intentaron irrumpir en el Casino militar y destruyeron un quiosco de El Debate. En medio de este ambiente convulso, la cúpula de Gobierno republicano era consciente de esta situación. El ministro de Gobernación durante el Gobierno provisional, Miguel Maura, era conocedor de la preparación del ataque: las listas de conventos, la gasolina y los trapos necesarios para la operación.
La mañana del 11 de mayo, en preaviso por un inminente ataque al convento de la Flor, Maura pidió que se protegieran los principales conventos de la ciudad. La huelga provocada por la CNT llevó a miles de obreros a las calles. A las diez de la mañana, los proletarios se congregaron en las inmediaciones del convento jesuita. Los jóvenes destruyeron los cristales de las ventanas a pedradas y, tras forzar las puertas, entraron en el edificio surtidos de gasolina. Alertados por las llamas, la Guardia Civil acudió al lugar de los hechos junto con los bomberos, pero los autores no les dejaron apagar el fuego. En el interior del edificio, los jesuitas se vistieron con ropa de paisano y salieron custodiados, los nueve que salieron por su cuenta fueron agredidos por el tumulto.
Junto al convento, ardió también su biblioteca, donde se conservaban más de 80.000 volúmenes, entre ellos obras de Lope de Vega, Quevedo o Calderón de la Barca. A la pérdida de estos manuscritos, se le sumó también la de importantes cuadros de artistas como Zurbarán, Van Dyck, Pacheco, Coello, Mena o Alonso Cano, almacenados junto a 20.000 obras literarias en la biblioteca del Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI). Un desastre mayúsculo, imposible de recuperar.
Este episodio de la calle de la Flor es solo el comienzo de la quema de conventos del día 11 de mayo. Entre los casi cien edificios destruidos, figuran iglesias de gran valor artístico y cultural, perdidas a manos de los insurreccionados; y centros de enseñanza, como la escuela de Artes y Oficios de la calle Areneros o el colegio de Doctrina Cristiana de Cuatro Caminos. El convento de carmelitas de la calle Ferraz y la residencia - colegio de los Sagrados Corazones de la calle Martín de los Heros también sufrieron los efectos de las llamas.
«Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano», sentenció Azaña, presidente del Gobierno. La reacción de la Iglesia fue de protesta, ausente de violencia. El odio radical de la izquierda hacia la Iglesia persistía, escudado en el desprestigio al régimen republicano, que anticipaba, así, su final.