Frente a la República, que nunca fue una arcadia celestial
La II República no fue un paraíso de legalidad ni de progreso. Ocultó violencia, censura, fraudes electorales y leyes que concentraban el poder. Una memoria secuestrada por la propaganda oficial que solo puede enfrentarse con hechos y sin concesiones.
Quema de Iglesias y conventos ocurrida en Madrid en 1931, durante el Gobierno de la Segunda República Española
Cada período de la historia tiene sus leyendas. Con ellas se pretende mover a los hombres a un recuerdo tan imborrable que les abra el corazón. Entre esos mitos destaca el que afirma que la II República fue una especie de arcadia celestial. Ante esta falsedad histórica nos sentimos impelidos a confrontar la propaganda con unos hechos de los que no quiere oír hablar una ley tan perniciosa como totalitaria.
Nos referimos a la Ley de Memoria Democrática. Ni la historia tiene memoria (la tienen los individuos), ni esta, desde la Ilíada, es democrática, ni se puede oficializar por Decreto Ley, salvo que se quiera hacer un digno homenaje a Orwell, para lo cual han creado una Comisión de la Verdad, cuyo presidente, Garzón, fue condenado por prevaricación. Como diría Calvo Sotelo: «este régimen es, para la izquierda, un horizonte sin límites».
Si leemos los artículos que Maeztu publicó en ABC, recogidos posteriormente bajo el título Frente a la República, comprobamos que esta no fue más «que el permiso para preparar la Revolución»; una revolución que tejió la vida española de resentimiento, de ilegalidad, de violencia y de podredumbre, hasta dejar que el conocido lema de Joaquín Costa, «Escuela y despensa», quedara en manida retórica, salvo para buena parte de los políticos y de los intelectuales de hoy en día, quienes difunden y propagan, de forma irreflexiva, que lo que hubo durante la II República fue progreso, legalidad y democracia, y que esta fue destruida por un ejército y una derecha fascista.
Primer gobierno de la II República
Esta es la falsedad que se propaga desde la escuela a la universidad. Esta es la tergiversación que ha asumido, para nuestra desgracia, buena parte de la derecha española.
Me pregunto: ¿Qué Estado de Derecho hubo durante la II República? Este desapareció a mediados de mayo de 1931, justo cuando se empezaron a quemar las iglesias, conventos y demás instituciones eclesiásticas, lo que llevó a Ortega a escribir su famoso artículo ¡No es esto, no es esto! La respuesta de Azaña fue «ejemplar»: «Todos los conventos de España no valen la vida de un republicano. Si sale la guardia civil, yo dimito».
A partir de ese instante, la democracia estaba muerta. Los sucesos lo confirman: desde Casas Viejas hasta la mal llamada revolución de Asturias, que fue el intento del Partido Socialista, al que se unieron los anarquistas, de tomar las armas para imponer una república soviética, tal y como venía predicando Largo Caballero, ese político que tanto admira Pedro Sánchez.
No me extraña que lo haga: son tal para cual. De ahí a la proclama secesionista de Cataluña y al vil asesinato de Calvo Sotelo solo hubo un paso. Ese paso hizo que María Gil-Robles sostuviera: «Media España no se resigna a morir a manos de la otra media», y es que, como afirmara Otto de Habsburgo: «El heroísmo es admirable, pero no exigible». Ante esta realidad, Maeztu escribió: «No sé cuántos años tendrán que transcurrir hasta que vivamos los españoles con arreglo al Derecho». No pudo verlo. Lo asesinaron en las sacas de Paracuellos. Memoria histórica, creo que lo llaman.
Retrato de Ramiro de Maeztu en 1906
Nada saben mis alumnos de estos hechos. Desconocen el fraude electoral del 36, la terrible censura que sufrieron los periódicos de la época, lo que supuso la Ley para la Defensa de la República, que otorgaba poderes discrecionales al gobierno, la Ley de Orden Público o la Ley de vagos y maleantes, por no hablar de la existencia de cuatro campos de concentración, creados para internar a todos los «condenados por desafección al régimen», o la ilegalización de partidos o de sociedades como Acción Española.
Solo conocen una propaganda que ha revestido la historia de un dogma del que no cabe disentir. Es más, los historiadores oficialistas llaman, despectivamente, revisionistas a quienes la cuestionan.
Les pregunto: ¿Qué otra labor tiene el historiador al margen de revisar la historia, cuestionándola o aclarándola? Hoy, esta tarea, la única a la que está llamado el investigador, es impugnada por una ley que sanciona e incapacita a quienes desean acceder a la vida universitaria aportando una visión no oficialista del pasado más reciente. Se llama censura. Ante esta, la mayoría guarda silencio. Prefieren la acreditación o la subvención a la discrepancia doctrinal. Así nos va.
Acabo con el autor que me ha proporcionado el título de este artículo. Maeztu sentenció: «Algún día tendrán que recordarse estos sucesos con todo detalle … hemos tenido más de cien periódicos suspendidos durante varios meses … un régimen de pistoleros y de terroristas, que resultaban ser la base de sustentación o la piedra fundamental de todo el sistema, gracias, en parte, a la ley de Defensa de la República».
Bueno es recordarlo. De no hacerlo, el velo pintado con el que se ha recubierto la II República seguirá hipnotizando a muchos incautos, sobre los que recae la fórmula de Netchaieff: «Contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira». Contra esta, hay que defenderse. La historia así lo exige.