Una pareja discutiendo
«Todos los hombres son iguales», «todas las mujeres mienten»: qué esconden estas frases, según una psicóloga
Isabel Cuen alerta de que estas generalizaciones crecen cada vez más a causa de las redes sociales, pero sólo sirven para expresar una herida eludiendo la propia responsabilidad en el amor
«Pareciese que, por unos, la pagamos todos. Se dice tanto que nos lo terminamos creyendo». Así resume la psicóloga Isabel Cuen el efecto contagio de frases como «todos los hombres son iguales» o «todas las mujeres mienten», cada vez más presentes en las conversaciones de redes sociales y en los mensajes que lanzan algunos de los podcast más escuchados.
Sin embargo, como explica esta experta, detrás de ese tono entre irónico y resentido, suele haber historias personales de dolor, desengaño y miedo a volver a confiar, que desmontan de raíz el argumento.
Frases que nacen de una herida
Cuen recuerda que este tipo de afirmaciones –u otras del estilo, como «todos los hombre son infieles» o «a las mujeres solo les interesa el dinero»– no aparecen de la nada.
«Son el eco de heridas no resueltas, de vínculos rotos y de experiencias que dejaron una marca profunda en la forma de confiar y amar», explica en un análisis publicado en el portal especializado amafuerte.com.
«Quien ha sido herido, traicionado o abandonado teme volver a sentir el mismo dolor. Así, en lugar de mirar a la persona concreta que lo lastimó, extiende la desconfianza a todo un grupo. Es un mecanismo de defensa inconsciente», alerta la psicóloga.
Por ese motivo, una expresión de esa naturaleza no responden a la realidad, sino que es «una frase muralla que dice: 'no quiero que me vuelvan a lastimar'».
Excusas para eludir la responsabilidad
Ahora bien. Al hablar de otro, explica Cuen, en realidad la persona está hablando de sí misma: de la propia historia, de la forma en que aprendió a amar, de los errores afectivos que se han cometido, de las malas elecciones o de miedos que no se han podido o sabido nombrar.
«Decir 'todos son iguales' es más fácil que reconocer 'estoy eligiendo mal' o 'me estoy quedando donde me lastiman'»
Por ese motivo, la psicóloga señala que, en lugar de preguntarse por qué se elige siempre el mismo tipo de relación, resulta más fácil poner el foco hacia fuera: «Decir 'todos son iguales' es más fácil que reconocer 'estoy eligiendo mal' o 'me estoy quedando donde me lastiman'».
Alto coste afectivo
El coste afectivo de esta actitud es alto, alerta la experta en pareja, porque se refuerza el resentimiento y se dificulta cualquier encuentro nuevo que no nazca manchado por la sospecha.
El problema deja de ser una historia concreta –una relación tóxica, una ruptura mal cerrada, un patrón recurrente de elecciones sentimentales– y se convierte en un juicio global (y por tanto, injusto y difuso) contra todo un sexo.
Y «no es que 'todos sean iguales', sino que seguimos siendo los mismos ante el amor», apunta la psicóloga especializada en terapia afectiva.
Aunque no es un eximente de responsabilidad, Cuen vincula estas repeticiones con la historia familiar: los modelos de pareja que se vieron en casa, la forma en que se aprendió a confiar, a poner límites, o a sostener un conflicto... Si se creció entre mentiras o abandono, resulta «natural» esperar lo mismo y confirmar una y otra vez la profecía de que «nadie es de fiar», explica.
Cómo dejar de repetir la misma historia
La psicóloga denuncia que el auge de este tipo de frases al calor de las redes sociales, está generando un panorama desalentador: «El resentimiento colectivo crece y el diálogo entre hombres y mujeres se llena de etiquetas y acusaciones, en lugar de comprensión. Mirar el trasfondo de estas expresiones implica reconocer que la herida no está en los demás, sino en lo que no hemos sanado dentro de nosotros».
Y matiza que «cuando alguien dice 'todas son mentirosas' o 'todos son iguales', lo que en realidad está diciendo es: 'Fui herido y no sé cómo confiar otra vez'. El reto está en transformar esa desconfianza en autoconocimiento».
Por ese motivo, Isabel Cuen recomienda, «en lugar de culpar, preguntarse qué parte de mí sigue eligiendo lo mismo, qué me falta ver, qué necesito aprender del amor no como concepto, sino del Amor con mayúscula, el único que realmente es y entiende de amor».