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El síndrome del niño hiperregalado no tiene sólo que ver con el número de regalosAntonio Diaz / iStock

«El sentimiento de culpa de los padres está detrás del exceso de regalos que traen los Reyes Magos»

La psicóloga Irene López alerta de los efectos del «síndrome del niño hiperregalado», explica por qué los niños cada vez se aburren antes de sus juguetes y da pistas para evitarlo.

Antes de que la mañana del 6 de enero llene de sorpresas e ilusión –pero también de regalos, juguetes y aparatos de todo tipo– los ojos de millones de niños, los expertos alertan de los efectos del llamado «síndrome del niño hiperregalado».

O lo que es lo mismo, «una tendencia educativa cada vez más común, en la que el niño recibe una cantidad elevada y reiterada de regalos, estímulos materiales o recompensas externas, especialmente concentradas en momentos como cumpleaños, celebraciones o fechas festivas, como la de Reyes». Así lo explica para El Debate la psicóloga Irene López, responsable clínica terapéutica de los centros Anda Conmigo.

– Además de por recibir muchos regalos, ¿qué es lo que caracteriza exactamente al «síndrome del niño hiperregalado»?

– Más allá del número de objetos, lo relevante es la frecuencia con la que se entregan, su acumulación y la falta de criterios claros, que son los factores que pueden influir en aprendizajes clave durante la infancia. Cuando el niño se acostumbra a recibir gratificaciones materiales de forma inmediata y constante, puede resultar más difícil aprender a esperar, valorar el esfuerzo, tolerar la frustración o encontrar satisfacción en actividades que no ofrecen un premio tangible.

Con el tiempo, esta dinámica puede llevar a que el niño asocie su bienestar, su conducta o incluso la atención adulta a la obtención de recompensas externas, desplazando el desarrollo de recursos como la motivación interna, la regulación emocional y el disfrute por el propio proceso. Por este motivo, más que hablar de un «síndrome» en sentido estricto, el foco se sitúa en cómo el entorno de consumo y ciertas prácticas educativas influyen en la forma en que los niños aprenden a desear, esperar y valorar.

La psicóloga Irene López, directora de Anda ConmigoCedida

– ¿Existe una edad en la que este síndrome sea más frecuente o más preocupante?

– El impacto de regalar en exceso no es igual en todas las etapas de la infancia, pero sí hay momentos del desarrollo en los que sus efectos pueden ser más visibles y relevantes. No se trata de una cuestión puntual, sino de cómo y cuándo se consolida este tipo de dinámica.

La primera infancia y la etapa preescolar, aproximadamente entre los 2 y los 6 años, son especialmente sensibles. En estos años, los niños están aprendiendo a gestionar la espera, la frustración, las emociones y el esfuerzo. Cuando en esta etapa predominan las recompensas materiales constantes, el niño puede interiorizar que la calma, el buen comportamiento o la satisfacción dependen de un refuerzo inmediato, en lugar de apoyarse en recursos propios.

Durante los primeros años de escolarización, este patrón suele manifestarse de forma diferente. Es frecuente observar niños que se aburren con rapidez, muestran menor tolerancia ante tareas que requieren constancia o necesitan estímulos cada vez más intensos para mantener el interés. En este momento, el exceso de regalos puede dificultar la construcción de hábitos como la perseverancia, la responsabilidad o el disfrute del proceso de aprendizaje.

– ¿Y cuando ya van cumpliendo años?

– En etapas posteriores, como la preadolescencia, el peso de las recompensas materiales puede traducirse en una mayor asociación entre consumo y bienestar personal. Sin embargo, en estos casos suele tratarse de la continuidad de modelos educativos instaurados desde edades más tempranas.

Por este motivo, más que señalar una edad concreta, es importante tener en cuenta que cuanto antes se instaura y más se prolonga en el tiempo este patrón, mayor es su impacto en la forma en que el niño aprende a motivarse, esperar y valorar, especialmente cuando no se acompaña de límites claros, experiencias de espera y aprendizajes desvinculados de lo material.

– ¿Influye el sentimiento de culpa de los padres (por falta de tiempo, separación, estrés, etc.) en la tendencia a regalar en exceso?

– Sí, sin duda. La culpa parental es uno de los factores que con mayor frecuencia está detrás del exceso de regalos, especialmente en familias que viven con ritmos acelerados, altos niveles de estrés o situaciones vitales complejas, como procesos de separación. En estos contextos, el regalo suele aparecer como una forma rápida de compensar la sensación de no estar todo lo presentes que a los adultos les gustaría, tanto en tiempo como en disponibilidad emocional.

El riesgo no está en el gesto puntual de regalar, sino en que el objeto se convierta en una respuesta habitual al malestar del niño o en un sustituto del acompañamiento emocional. Cuando esto ocurre, el niño puede ir interiorizando que emociones como la tristeza, el enfado o la frustración se alivian a través de recompensas materiales, lo que dificulta el aprendizaje de otras formas más saludables de expresar lo que siente, esperar o tolerar la decepción.

En situaciones de separación es frecuente que los regalos se utilicen, aunque no sea de forma consciente, como una manera de reafirmar el vínculo o de compensar la ausencia

En situaciones de separación, además, es relativamente frecuente que los regalos se utilicen, aunque no sea de forma consciente, como una manera de reafirmar el vínculo o de compensar la ausencia, transmitiendo al niño la idea de que el cariño se demuestra a través de lo material. Sin embargo, lo que los niños necesitan de manera sostenida es presencia emocional, coherencia entre los adultos, límites claros y tiempo compartido, elementos que aportan seguridad y bienestar a largo plazo.

Acompañar a las familias pasa por revisar estas dinámicas sin culpabilizar, ayudándolas a priorizar formas de conexión basadas en la escucha, la disponibilidad emocional y las experiencias compartidas, por encima de la compensación a través de regalos.

– ¿Cómo pueden los padres identificar si están entrando en este patrón?

Las familias pueden empezar a detectar este patrón cuando los regalos dejan de tener un sentido puntual, celebrativo o simbólico y pasan a integrarse en la dinámica cotidiana de relación con el niño. En muchos casos, la señal no está tanto en la cantidad de objetos como en la función que cumplen dentro del día a día.

Resulta significativo cuando los regalos se utilizan de forma habitual para calmar enfados, evitar conflictos, compensar la falta de tiempo o conseguir determinadas conductas. También puede observarse que el niño pierde rápidamente el interés por lo que recibe, pide constantemente cosas nuevas o reacciona con frustración y enfado cuando no obtiene lo que espera.

Otro indicador importante aparece cuando al adulto le cuesta sostener un límite por miedo a generar malestar, culpa o rechazo, y el regalo se convierte en una solución rápida para aliviar esas emociones. En estas situaciones, la entrega del objeto suele generar un alivio inmediato en el adulto, pero no aporta un beneficio real ni duradero al niño.

Identificar este patrón no implica culpabilizarse ni alarmarse, sino tomar conciencia. Preguntarse con honestidad para qué se está regalando –si para compartir, celebrar o acompañar, o para compensar, calmar o evitar– es un paso clave para ajustar las dinámicas familiares y favorecer un desarrollo más equilibrado y saludable.

– ¿Por qué los niños cada vez se «aburren» más rápido de los juguetes o piden cosas de mayor valor?

– Este comportamiento está estrechamente ligado a la exposición constante a estímulos materiales desde edades tempranas. Cuando los niños reciben juguetes con mucha frecuencia, en grandes cantidades o con un alto componente de novedad, el interés inicial se activa con intensidad, pero se desvanece con la misma rapidez. La satisfacción que produce cada objeto dura menos tiempo porque el sistema de motivación se habitúa rápidamente.

En lugar de profundizar en el juego, explorar posibilidades o sostener la atención, muchos niños aprenden a buscar estímulos nuevos de forma continua. Esto explica por qué se cansan pronto de los juguetes o necesitan objetos cada vez más llamativos o costosos para experimentar el mismo nivel de entusiasmo. No se trata de que el juguete «no sea suficiente», sino de que el nivel de estimulación necesario para despertar interés se ha ido elevando.

– Algo parecido ocurre también cuando lo que se pide a los Reyes Magos tiene más que ver con la marca, que con el objeto en sí, ¿no?

– Así es. Porque cuando el valor del regalo se vincula al precio, la marca o la exclusividad, el niño puede empezar a asociar su satisfacción –e incluso la atención recibida– a estos parámetros, dejando en un segundo plano el juego simbólico, la imaginación y las experiencias compartidas.

Este fenómeno no responde a una característica del niño, sino al entorno de consumo en el que se desarrolla. Por eso, promover juegos sencillos, permitir momentos de aburrimiento y priorizar experiencias no ligadas a lo material ayuda a que los niños recuperen la capacidad de disfrutar, crear y mantener la atención sin depender de estímulos constantes.

– ¿Qué estrategias pueden aplicar las familias para poner límites sin que los niños lo vivan como un castigo?

Poner límites no significa quitar o castigar, sino ofrecer un marco claro y previsible que aporta seguridad a los niños. Para que estos límites no se vivan como una sanción, resulta clave el modo en que se plantean y el sentido que se les da dentro de la convivencia familiar.

Una de las estrategias más eficaces es anticipar y dar contexto. Hablar con el niño con antelación sobre cuántos regalos habrá y por qué se toma esa decisión ayuda a ajustar expectativas y a comprender que no todo es inmediato ni ilimitado. Cuando el límite se explica, deja de percibirse como algo injusto y se acepta con mayor facilidad.

Es importante desvincular el afecto de los objetos. Mostrar cariño, atención y reconocimiento sin que siempre vaya acompañado de un regalo.

Es igualmente importante desvincular el afecto de los objetos. Mostrar cariño, atención y reconocimiento sin que siempre vaya acompañado de un regalo refuerza la idea de que el vínculo no depende de lo material. En esta misma línea, evitar utilizar los regalos como premio o como solución al enfado previene que el límite se interprete como una retirada del cariño.

– ¿Hay alguna clave de última hora que los pajes de los Reyes Magos deben recordar, incluso aunque eso suponga guardar algún regalo que ya esté en los sacos de los camellos para una ocasión posterior, como un cumpleaños?

– Priorizar experiencias compartidas frente a objetos es otra clave fundamental: tiempo en familia, juegos sencillos, actividades conjuntas o pequeños rituales cotidianos generan una satisfacción más duradera y reducen la necesidad de estímulos constantes. Además, permitir pequeños tiempos de espera o momentos de aburrimiento favorece la creatividad, la capacidad de disfrute y la autorregulación.

Por último, la coherencia entre los adultos resulta esencial. Cuando los límites son claros, estables y se mantienen en el tiempo, el niño los integra como parte natural de su día a día. De este modo, el límite deja de vivirse como un castigo y pasa a entenderse como una forma de cuidado y acompañamiento.