La tiranía de la «familia perfecta»: cómo el algoritmo de las redes sociales está enfermando nuestros hogares
La psicoterapeuta familiar Xiomara Reina, de la Featf, explica que tratar de emular la imagen de «familia ideal» que muestran las redes sociales está impactando negativamente en el bienestar emocional de las familias, tanto de manera individual como grupal.
Las imágenes ideales de familia que aparecen en redes sociales está minando la salud de los hogares
Tan sólo hace falta 5 minutos recorriendo las redes sociales para encontrarnos el retrato de un modelo de familia que casi siempre muestra lo mismo: sonrisas, viajes, diversión, unidad, complicidad, amor…en definitiva un bienestar constante. Y es la constancia de transmitir estas imágenes la que va construyendo el ideal de «la familia perfecta».
La realidad dista mucho cuando nos encontramos de manera directa con las familias en el espacio de la terapia familiar. Lo que observamos es que este ideal, que en apariencia parece inofensivo, constituye un impacto profundo en las familias y cada uno de sus miembros.
Las familias reales (las que acompañamos), están construidas desde el amor, ¡por supuesto!, pero también desde el cansancio, los conflictos, las dudas y las dificultades en las propias relaciones familiares.
Lo que no se cuenta y lo que no se ve en las redes sociales, también es parte de la familia. Las redes sociales se han convertido en la medida de lo que deberíamos vivir cada uno de nosotros dentro de la nuestra. Se instala como dinámica familiar la comparación constante con este modelo «ideal» generando malestar, culpa, y sobre todo una sensación persistente de no «estar a la altura».
El impacto individual: cuando no sentirse suficiente se vuelve cotidiano
Ante esta «familia ideal», son diversos los efectos en el bienestar emocional a nivel individual y que generan inquietud, incomodidad y pesadumbre.
El más frecuente es la sensación de insuficiencia personal, el «no llego», «no me da la vida para tanto»… Aparece en silencio la pregunta de por qué no somos capaces de lograr esa conexión o esa felicidad a los que otros sí llegan. También se cuestionan las propias capacidades emocionales y relacionales, y se deteriora así la autoestima y confianza personal.
Nos encontramos –por ejemplo–, en la parentalidad, una culpa crónica porque sienten que deberían saber gestionar mejor y acompañar las emociones de sus hijos, tener más paciencia o pasar más tiempo de calidad con ellos.
Este nivel de auto exigencia constante lleva a un agotamiento emocional y sensación de fracaso, incluso cuando se está haciendo lo mejor posible.
Es preocupante que este mensaje de «familia perfecta» deje poco espacio para sentir y mostrar otras emociones como la tristeza, el enfado o el cansancio.
Es preocupante que este mensaje de «familia perfecta» deje poco espacio para sentir y mostrar otras emociones como la tristeza, el enfado o el cansancio. Si no permitimos escucharnos desde estas emociones, tenemos como resultado una desconexión emocional con nosotros mismos, y si no las nombramos o no las conocemos, suelen transformarse en forma de ansiedad, síntomas físicos o un malestar que se expresa en «no sé lo que me pasa», porque una emoción cuando no se conoce no desaparece.
Perseguir de manera constante este ideal genera ansiedad por el control, porque todo tiene que funcionar de manera perfecta, donde no haya errores, donde el descontrol emocional no tiene cabida y siempre hay que mostrarse regulado.
Me pregunto dónde queda la espontaneidad y el descanso frente a un estado de alerta continuo. Y es aquí, en este escenario «ideal-irreal» de las redes sociales donde nos construimos como personas y creamos nuestra propia identidad. Al perder el contacto con el propio estilo, los valores y límites, las personas se quedan con la sensación interna de no saber si lo que hacen es desde la obligación o desde el deseo íntimo y personal.
El impacto familiar: cuando la imagen pesa más que el vínculo
Desde una mirada sistémica-relacional, sabemos que este malestar individual no se experimenta de manera aislada, sino que afecta al sistema de la familia.
A costa de no «romper» la armonía familiar ideal, se prioriza «estar bien» y se evita hablar de lo que duele o molesta. Como efecto directo, la familia queda expuesta a un empobrecimiento de comunicación emocional.
Los conflictos se viven como una amenaza, porque si hay disconformidad significa que «hay algo que va mal» y esto no entra en el modelo a perseguir y conseguir. La familia entra en una dinámica de evitación sistémica del conflicto.
En las sesiones familiares nos damos cuenta de que cuando un conflicto no se ha podido gestionar, no desaparece, sino que se muestra en forma de largos silencios, tensiones constantes o síntomas físicos y mentales en alguno de sus miembros.
Pero también nos damos cuenta en las sesiones familiares de que cuando un conflicto no se ha podido gestionar, no quiere decir que desaparezca, sino que se mostrará en forma de conductas como los largos silencios, tensiones constantes, reproches indirectos ,o como ocurre en la desconexión emocional, aparecen síntomas físicos y mentales en alguno de sus miembros.
«¿Quién se atrevería entonces a dar su opinión, sus ideas o mostrarse tal y como es?». Este ideal impone a cada uno de sus miembros unos «roles dentro de la familia» que han de cumplir y sostener. Esta rigidez relacional y poco flexible convierte en diferentes actores que han de representar el papel del «que siempre ayuda», «el que no se queja de nada», «el que ayuda», «el que se porta bien»…
Y es que cuando el foco está puesto en mantener esta imagen ideal de familia perfecta, las necesidades emocionales reales que puedan tener cada uno de sus miembros quedan relegadas y no pueden ser atendidas.
Como resultado: un resentimiento, la sensación de «no ser visto» y un progresivo distanciamiento afectivo. Se va construyendo un clima emocional muy cargado que no se puede explicar, pero que se percibe. Donde el principal objetivo es el de ser «altamente funcionales» como familia, pero con poco espacio para expresar la vulnerabilidad. Cuántas veces hemos escuchado «no me siento a gusto en mi familia», «no tengo sensación de pertenecer a esta familia» o «no siento a mi familia mi lugar seguro». El sentimiento de pertenencia de debilita.
Lo real como camino de bienestar
Desde la Terapia Familiar proponemos acercarnos a un modelo más humano. Frente al «modus operandi» de las redes sociales, donde sólo se muestran imágenes fragmentadas, los terapeutas acompañan y co-construyen procesos individuales y familiares.
El bienestar emocional nace de una coherencia, cuidado y sentimiento de pertenencia a una familia real, con espacio para las emociones, los errores, las dificultades, la reparación y el afecto.
En las redes quizás hayan demasiados «filtros», ¿qué tal sería permitirnos ser una familia «sin filtros»? Quizá cuidar a la familia hoy implique dejar de perseguir la perfección y empezar a sostener, con más amabilidad, la realidad emocional que compartimos.
Xiomara Reina es psicoterapeuta familiar y de pareja por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar y presidenta de la Asociación Canaria de Terapia Familiar