Javier Muñoz, experto en inteligencia emocional y formación de directivos
Javier Muñoz, educador emocional: «Ser sobreprotegido de niño repercute, de adulto, en tu entorno laboral»
El especialista en formación emocional de equipos directivos explica cómo lo que se vive –o se sufre– en la infancia afecta, con los años, a las relaciones sentimentales y profesionales de los adultos
Javier Muñoz Jiménez lleva dos décadas formando a directivos y equipos de trabajo en gestión emocional, toma de decisiones y desarrollo personal.
Esa experiencia le ha permitido detectar un patrón que se repite en múltiples entornos profesionales: perfiles adultos que reaccionan, se bloquean, se vuelven conflictivos o rompen relaciones porque no aprendieron a «atravesar» lo que sentían... cuando eran niños.
El autor de Cuentos para superhéroes aterriza el debate en el terreno doméstico: cómo educar las emociones sin caer en el permisivismo, por qué las prisas en el hogar acaban por intoxicar la convivencia, y qué hábitos de carácter ayudan a criar hijos más libres, y adultos más responsables.
–Usted dice que en la infancia «se juega gran parte del equilibrio emocional de los adultos del mañana». ¿Cuál sería, entonces, el error más común de los padres que incide en ese equilibrio emocional adulto? ¿Sobreproteger, evitar el conflicto, ceder al chantaje emocional, no poner límites…?
–Todos los que refleja son importantes. Pero si tuviera que escoger alguno, me decantaría por el de sobreprotección.
El acto de sobreproteger, por un lado lleno de generosidad y dedicación, puede por el otro crear perfiles que no saben enfrentarse emocionalmente a según qué cuestiones en su fase adulta. Y eso repercute, claro, en su entorno laboral.
Debemos dejar que los niños aprendan a hacer las cosas por sí solos, en sus fases de desarrollo correspondientes, para que se conviertan en independientes. Solo así sabrán enfrentarse a las diferentes situaciones que la vida les pondrá en el camino. Y es importantísimo guiarlos en qué herramientas, desde el punto de vista de actitud, tienen a su disposición para enfrentarlas. Por ejemplo, la alegría, que es una decisión y no una consecuencia.
Para que un adulto pueda elegir con qué emociones y actitudes va a plantar cara a la vida, es importante que antes haya aprendido que este debe ser un proceso de decisión propia, individual e intransferible.
–Pero con el ritmo de vida actual, tan acelerado, con exceso de pantallas y un cansancio sostenido de los padres, ¿cómo se enseña a un niño a reconocer, a aceptar y a atravesar lo que siente, sin caer en un «todo vale», y sin reprimirlo?
–Vamos demasiado rápido por la vida: vamos rápido en el coche, andando por la calle, trabajamos con dos pantallas, nos tomamos el postre antes que el primer plato, y queremos que un libro cambie nuestra forma de ser o nos salve la vida en 15 minutos. Apoyemos la pausa.
Vamos rápido en el coche, andando por la calle, trabajamos con dos pantallas, nos tomamos el postre antes que el primer plato, y queremos que un libro cambie nuestra forma de ser o nos salve la vida en 15 minutos.
No se trata de eliminar sentimientos o emociones negativas al instante (como el miedo, la ira, o la tristeza...), sino aceptarlas, hacerles hueco, y entender que las estrategias de evitación, seguramente lo único que hacen es reforzarlas. Pero para eso necesitamos de tiempo: vamos a afrontar lo que ocurre y a realizar un pequeño cambio de perspectiva; vamos a observarnos física y mentalmente, y vamos a afrontar esas emociones negativas con creatividad y lo que se llama growthmindset, haciendo uso de nuestra inteligencia emocional, y trasmitiéndola.
Reconocer, aceptar y atravesar las emociones negativas es un acto de valentía, de liderazgo, de proactividad y de responsabilidad hacia nuestras propias vidas. Pero, insisto, es difícil enseñar o guiar sin tiempo.
–Usted afirma que muchos conflictos de adultos nacen de emociones mal gestionadas en la infancia. ¿Podría poner algunos ejemplos para aterrizar esa idea?
–Un ejemplo claro podría ser arrastrar esa sobreprotección de la que hablábamos antes. Genera falta de decisión, reactividad, falta de liderazgo y probablemente poca independencia física, intelectual y emocional.
Otra, la falta de caricias. Oí en alguna ocasión que el ser humano, para desarrollarse, necesita de cuatro cosas fundamentales: alimento, oxigeno, agua y caricias. Y esto tiene mucho que ver con saber motivar y con la llamada Economía de las Caricias, de Claude Steiner, doctor en Psicología y discípulo de Eric Berne.
– ¿Y qué sostiene Steiner?
–Los seres humanos, para desarrollarnos, necesitamos caricias. No solo físicas, sino también una mirada, una caricia en el aire o una sonrisa… Y cuando no sabemos qué hacer para obtener caricias positivas, es decir, atención positiva, hacemos lo posible para obtener caricias negativas, antes que no obtener ninguna caricia. Como decía William Faulkner, premio Nobel de Literatura, en uno de sus libros, «entre el dolor y la nada, prefiero el dolor».
Esto es cuando un niño, sin explicación, coge una rabieta o hace algo mal reiteradamente. En muchas ocasiones está intentando llamar tu atención, y si no encuentra caricias positivas, buscará negativas.
Cuando un niño, sin explicación, coge una rabieta o hace algo mal reiteradamente, en muchas ocasiones está intentando llamar tu atención, y si no encuentra caricias positivas, buscará negativas. Pus piensa cuántas veces has vivido esto con adultos.
Y esto, lo transportamos a nuestra vida adulta. A nuestras parejas, amigos, trabajo, etc. Piensa en cuántas veces has vivido esta situación en primera persona o en tu entorno, ya sea en perfiles infantiles o adultos. Seguro que varias. Otro ejemplo podría ser la gestión de conflictos.
–¿A qué se refiere?
–A que gestionamos mal los conflictos. Pensamos que los problemas se resuelven, por lo general, rompiendo el vínculo, y eso no es cierto. Pero así nos lo enseñan de pequeños. Y debemos aprender a resolverlos en la dimensión del cómo, dentro de la comunicación, dónde está lo que siento y lo que pienso de ti.
Y un último ejemplo: basar nuestra interacción humana en el paradigma ganar-perder. Es decir, si yo consigo lo que quiero, tú no consigues lo que quieres. La mayoría de las personas tenemos esta mentalidad inculcada desde que nacemos: comparamos un niño con otro, o comparamos sus notas de suficiente y sobresaliente. Al seguir esta lógica, no se califica a las personas comparando su potencial o por el uso completo de su capacidad presente, si no que se las califica en relación a otras personas. Y esto lo hacemos de niños y de adultos.
–Relacionado con esto mismo, ¿Cuáles son las emociones que más «estallan» en las familias, relacionadas con nuestro estilo de vida, y qué impacto podrían tener en los adultos de mañana?
–Le decía antes que vamos demasiado rápido. Y el querer llegar a todo y de manera acelerada, puede traer consecuencias negativas cuando no lo consigues. Primero, estrés en el camino para alcanzarlo, pero después ira o frustración si no lo consigues, o ansiedad y agobio si no llegas a darle a tus hijos el tiempo que te gustaría, culpa, e incluso ambivalencia emocional.
Así que si crecemos en ese ambiente de estallidos, podemos llegar a normalizar actitudes como la falta de empatía y de escucha efectiva, generar dificultades para establecer vínculos sanos, baja autoestima...
–Su enfoque insiste en la proactividad y en desarrollar hábitos «con base en el carácter». ¿Qué hábitos concretos recomienda para un niño de 6-10 años que le preparen para tomar buenas decisiones cuando sea mayor?
–Darle las bases para aprender a tomar decisiones. O por lo menos, herramientas para ello. Y no obligatoriamente tienen que ser siempre decisiones buenas. Deben también aprender a equivocarse y a saber que cuando deciden algo, inevitablemente tiene una consecuencia. La acción la deciden ellos; la consecuencia, no. Aprender de los errores es parte del proceso evolutivo y es indicador de proactividad: «Me he equivocado. Ya sé para la próxima que no debo hacerlo así».
Cuando hablamos de hábitos con base en el carácter, hablamos de hábitos cuyos cimientos son la integridad, la humildad, la fidelidad, el valor, la justicia, la paciencia, el esfuerzo, la simplicidad, la modestia, y el no hacerle a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Es decir, son principios básicos para vivir con efectividad, como raíces del éxito o la felicidad duradera. Y estos cimientos son un buen inicio para tomar decisiones correctas.
En un mundo que evoluciona tan rápido, y que asusta tanto tecnológicamente, saber tomar decisiones será lo único que los hará libres.
–Usted ha formado a directivos durante años. Si trasladamos lo aprendido de empresa a familia: ¿cuáles son las softskills más infravaloradas que, sin embargo, son más apreciadas, y cómo se pueden trabajar sin convertir el ambiente del hogar en una «terapia permanente»?
–Hay muchas muy apreciadas en el ámbito laboral, pero hay que poner también en valor que, sobre ellas, se imparten infinitos cursos de formación, y hacemos muchos procesos de acompañamiento, mentoring y desarrollo. Eso ya es un indicador de su dificultad.
En casa, más que entrenadores, debemos ser acompañantes.
Cuando los troncos de los árboles tienen aún muy poco diámetro, y esos árboles muy pocos años, los acompañamos de guías, que permiten que crezcan sin torcerse demasiado, o que les ayudan mucho a no caer en un día de viento. Acompañar sin instruir, y dejando que las guías o consejos surjan en cada experiencia que vives con los más jóvenes de tu casa, hace el aprendizaje natural mucho más llevadero.
También es aconsejable empezar por nosotros mismos. Es decir, si quieres tener un matrimonio feliz, tienes que ser el tipo de persona que genera energía positiva y elude la energía negativa en lugar de fortalecerla. O si uno quiere tener un hijo adolescente más agradable y cooperativo, tendrá que ser un padre más comprensivo, empático, coherente, cariñoso. Si uno quiere despertar confianza, debe ser digno de confianza también en esta transmisión de conocimiento. Ser espejo.