En tiempos de feminismo radical, dejemos a los padres ser padres
Un padre simboliza la fuente de sentido y protección que toda persona necesita, y si el modelo que son se derrumba, deja de ser un suelo que sostiene para pasar a ser arenas movedizas, explica la subdirectora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.
Un padre junto a su hijo
Cada vez me fijo más en los padres. Me encanta observar cómo llevan a sus hijos al colegio o verlos pasear con hijas adolescentes por la calle. Su forma de cuidar al niño suele ser más despreocupada, tal vez les baste con ir simplemente en silencio. Allí están. Son padres. Hacen lo que tienen que hacer.
Para escribir sobre la figura paterna, he pensado en mi padre y en el padre de mis hijos, pero también en muchos padres que se me vienen a la memoria. Padres que, con unas u otras cualidades o defectos, son esenciales para la vida de sus hijos.
Tengo la convicción de que una de las razones de que nuestro tiempo se haya desnortado obedece a que la figura del padre –y de todo lo que resuene a masculino– aparece criticado, visto con sospecha y desacreditado.
Sin duda, no es un buen momento para los varones, a quienes un determinado clima social y cultural quiere presentar como sospechosos e incluso prescindibles.
Por eso, justamente en estos días de feminismo extremo, de empoderamiento y de ideologización de la sociedad, necesitamos hombres que den testimonio de sus cualidades más propias: nobleza, caballerosidad, fortaleza, protección…
Dejemos a los padres ser lo que son y aportar lo que aportan, que es mucho y necesario. Además, en el camino de la vida, de la crianza, de la educación es muy posible que no tenga que ser todo como las mujeres creemos, si no con un modo y manera diferente de ver la vida, de mirar al mundo, que es el suyo: el de un padre.
Los niños necesitan la mirada y la presencia paternal: los hijos como referente; las hijas para forjar su seguridad. Hay estudios que muestran que las hijas bien queridas por sus padres gozan de mayor fortaleza y autoestima, y que los hijos que carecen de figura paterna tienen más posibilidades de caer en problemas. Un padre simboliza la fuente de sentido y protección que toda persona necesita. Sin quererlo, los padres son un modelo que, si se derrumba, deja de ser un suelo que sostiene para pasar a ser arenas movedizas.
En la infancia, los niños admiran a su padre como el ser más fuerte y sólido del mundo, no ven en ellos quiebra alguna, es bueno que así sea. Cuando nos hacemos adultos, descubrimos con ternura las debilidades y las carencias de los padres. No nos importan tanto sus defectos, pues aún en la imperfección necesitamos su mirada paternal, su presencia nos configura, su abrazo nos sostiene. Son padres, allí están, caminan a nuestro lado.
Su manera de mirar la vida nos forja. Ver a un padre arrodillado o siendo capaz de pedir perdón o reconocer un error nos constituye, nos sitúa en la vida.
¿Por qué los padres tienen algo de especial?
Los padres miran a los hijos como Dios nos mira y a la vez los hijos nos miramos en los ojos de los padres. Ellos nos llevan a un horizonte más grande, nos remiten al Padre con mayúsculas. Son imagen visible e imperfecta de la perfección que todos anhelamos. Por eso tienen algo especial: son fortaleza en su debilidad.
Feliz día del padre. Feliz día de san José.
Carmen Sánchez-Maíllo es subdirectora del Instituto CEU de Estudios de la Familia