El padre es el modelo masculino más importante para una niña y marca las relaciones que tendrá cuando crezca
La psicóloga Elena Calleja, experta en terapia emocional y divulgadora con más de 105.000 seguidores en redes sociales, explica la importancia que tiene la figura paterna para el futuro y la salud afectiva de sus hijas
El modo en que el padre trata a su hija definirá el tipo de relaciones que busque
Hay una frase que escucho a menudo en consulta: «Aceptamos el amor que creemos merecer». Y aunque pueda sonar romántica, desde la psicología sabemos que encierra una verdad profunda.
La forma en que una niña se siente mirada, querida, protegida y valorada en su infancia influirá enormemente en cómo se relacionará consigo misma y con los demás cuando sea adulta. Y en ese mapa emocional, la figura paterna ocupa un lugar especialmente significativo.
El padre no solo acompaña el crecimiento de una hija, también participa, muchas veces sin saberlo, en la construcción de su autoestima, de sus límites y de la idea que desarrollará sobre el amor.
Una niña aprende quién es a través de los ojos de quienes la cuidan. Aprende si merece ser escuchada, respetada y tenida en cuenta. Aprende si sus emociones son válidas o incómodas. Aprende si puede equivocarse sin dejar de ser querida. Y todo eso va configurando la manera en la que más adelante se vinculará afectivamente.
Cuando un padre está presente emocionalmente, cuando acompaña sin invadir, cuando valida las emociones de su hija y le transmite seguridad, le está enviando un mensaje que la acompañará el resto de su vida: «Eres valiosa. Mereces que te cuiden. Mereces respeto». Ese mensaje repetido a lo largo de los años en pequeños gestos cotidianos se convierte en una base interna muy importante.
Cuando un padre acompaña sin invadir, cuando valida las emociones de su hija y le transmite seguridad, le está enviando un mensaje que la acompañará el resto de su vida: «Eres valiosa. Mereces que te cuiden. Mereces respeto»
No hablo de padres perfectos. La perfección no existe y además no es necesaria. Hablo de padres disponibles emocionalmente. Padres capaces de pedir perdón, de escuchar, de sostener, de mostrar afecto sin condiciones. Porque una niña no necesita héroes invulnerables como vemos en las películas: necesita referentes humanos y seguros. Necesita un padre que la ame por encima de todo.
Desde la teoría del apego sabemos que las primeras relaciones afectivas moldean nuestras expectativas futuras sobre el amor. Una niña que crece sintiéndose querida y respetada tendrá más probabilidades de identificar relaciones sanas y alejarse de vínculos dañinos. No porque sea inmune al sufrimiento (nadie lo es) sino porque su brújula emocional estará más afinada.
En cambio, cuando una niña crece buscando constantemente aprobación, sintiendo indiferencia emocional o aprendiendo que el amor duele, se incrementa el riesgo de que normalice relaciones desequilibradas o poco saludables en su vida adulta. A veces no se trata de «elegir mal», sino de repetir aquello que el cuerpo aprendió a reconocer como familiar, aunque sea malo y le cause dolor.
Por eso la presencia paterna no se mide solo en tiempo compartido sino en calidad emocional. Un padre puede estar físicamente en casa y emocionalmente ausente. Y también puede ocurrir lo contrario, figuras paternas no biológicas que dejan huellas profundamente reparadoras por la manera en la que acompañan y aman. Ese hermano mayor, ese tío, ese abuelo… fundamentales y especiales en sí mismos también.
Hay algo especialmente importante en la relación padre- hija. El padre suele convertirse de manera inconsciente en uno de los primeros modelos masculinos que ella observará de cerca. Cómo trata a las mujeres, cómo maneja el conflicto, cómo expresa el cariño, cómo pone límites o cómo regula su frustración son aprendizajes silenciosos que la niña incorpora mucho antes de poder explicarlos con palabras.
Y quizá ahí reside una de las mayores responsabilidades y también uno de los mayores privilegios de la paternidad: ayudar a que una hija crezca sin tener que mendigar amor, sin confundir intensidad con cariño, sin pensar que debe hacerse pequeña para ser elegida.
Porque una niña que ha sido mirada con amor aprende que no necesita aceptar menos de lo que merece.
Y esa puede ser una de las herencias emocionales más valiosas que un padre puede dejar. Por ese motivo, no puedo terminar este artículo sin darle las gracias a mi padre, que en paz descanse, por ser el mejor padre del mundo. El hombre de mi vida. Gracias por tanto. Te quiero.
- Elena Calleja es psicóloga, escritora y divulgadora en redes sociales, con más de 105.000 seguidores en Instagram