Fundado en 1910
El 15% de los niños sufrirán cuatro o más eventos traumáticos en su infancia

El 15% de los niños sufrirán cuatro o más eventos traumáticos en su infanciaGetty Images / iStock

Cuando la familia no es un lugar seguro: así afectan los traumas infantiles a la vida adulta

Casi el 15% de los menores han vivido en su infancia cuatro o más experiencias traumáticas, y la psicóloga Sandra Ferrer explica cómo estas experiencias afectan a la salud... y cómo se pueden sanar.

Crecen pronto, demasiado pronto, sin golpes visibles, pero con la mirada vidriosa, el cuerpo en guardia y el corazón disociado. No siempre lo cuentan, porque a veces son tan pequeños que ni siquiera saben ponerle nombre a lo que les ha ocurrido. Sólo aprenden –pronto, demasiado pronto– que su casa no es como las de sus amigos, que en su casa no se descansa del todo, que su casa no es lo que debería ser: un hogar donde sentirse amado y protegido.

La realidad del trauma infantil no está asociado sólo a entornos marginales, a conflictos bélicos o a tragedias humanitarias. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics estima que el 14,8% de los menores ha vivido cuatro o más experiencias adversas durante la infancia.

No hablamos de episodios aislados, sino de una acumulación de vivencias que, según los especialistas en trauma, suelen encadenarse y puede dejar una huella profunda en la salud física, mental, emocional y espiritual de los niños, y aparecer incluso muchos años después.

Tampoco se trata sólo de maltrato a golpes. Las «experiencias adversas» traumáticas pueden incluir negligencia emocional, violencia física o verbal, inseguridad, conflicto familiar o ausencia de vínculos seguros.

Problemas afectivos en adultos

En muchas ocasiones, el impacto de estas experiencias puede detectarse ya en la infancia, pero en otros muchos casos trasciende los años de la niñez.

De hecho, los expertos señalan que las vivencias traumáticas que se atraviesan de niño incrementan el riesgo de trauma complejo, ansiedad, depresión o síntomas disociativos tiempo después.

Como explica Sandra Ferrer, psicóloga general sanitaria y directora académica de Instituto MIA, especializado en trauma, «la familia es el primer espacio donde aprendemos a sentirnos seguros, regular nuestras emociones y relacionarnos con el mundo».

Por eso, «cuando esas experiencias tempranas son desbordantes o no encuentran acompañamiento emocional suficiente, el impacto no desaparece simplemente con el paso del tiempo, sino que puede influir también en la manera en que las personas se vinculan afectivamente en la edad adulta».

De hecho, los traumas infantiles suelen reaparecer en la vida adulta, de forma recurrente, con el ropaje de la dificultad para establecer vínculos sanos: problemas de pareja, miedo al abandono, dependencia emocional, malas elecciones reiteradas, promiscuidad, sexualidad desordenada o patrones repetitivos en los que se cae una y otra vez aunque uno sea consciente de que no le hacen bien.

Golpes grabados en el sistema nervioso

La OMS estima que alrededor del 70% de las personas en el mundo experimentará al menos un suceso potencialmente traumático a lo largo de su vida. Pero los especialistas como Ferrer subrayan que el golpe psicológico y fisiológico es especialmente significativo cuando ocurre en la infancia y dentro del hogar, justo en una etapa y un espacio decisivos para el desarrollo emocional y neurológico.

Y aquí aparece el giro que está cambiando la terapia del trauma. Porque, como explica Ferrer, la neuropsicología ha comprobado que estas experiencias «no se almacenan solo como un recuerdo narrativo, sino que también quedan grabadas en el sistema nervioso».

Por ese motivo, cuando se ha producido un trauma infantil, el cuerpo puede activar respuestas automáticas de defensa (como la ansiedad, la hipervigilancia, el bloqueo o la evitación) incluso cuando, racionalmente, la persona sabe que ya no hay un peligro real.

El EMDR y el Brainspotting

La creadora del instituto MIA explica que, ante la creciente constatación de esta realidad, cada vez es más frecuente el trabajo de enfoques terapéuticos que trabajan directamente con el procesamiento emocional y fisiológico de la experiencia traumática, como el EMDR y, sobre todo, el Brainspotting.

Ambas técnicas «permiten acceder a niveles profundos del procesamiento emocional, a través de la posición ocular y la activación neurofisiológica», explica Ferrer.

En concreto, «el Brainspotting facilita trabajar experiencias que muchas veces no pueden explicarse fácilmente con palabras, porque quedaron registradas de forma muy profunda y subverbal». Algo que permite «no solo entender lo que ocurrió, sino ayudar al sistema nervioso a integrar aquello que sigue activándose en el presente».

No es un problema de voluntad

Frente al sentimiento de culpa que genera no ser capaz de desasirse, ya de adulto, de un dolor infantil, Ferrer recuerda que «cada vez entendemos mejor que muchas dificultades emocionales no son simplemente un problema de voluntad o de pensamiento racional». Al contrario, detrás «suele haber sistemas de protección aprendidos muy temprano, muchas veces dentro del contexto familiar».

Heridas que se produjeron en el lugar que más seguro había de ser, a la edad en la que más protección debía haberse dado, y que necesitan ser comprendidas y reprocesadas de forma adecuada para sanarlas, y poder construir sobre ellas una nueva forma de entender la vida, la familia y las relaciones afectivas.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas