Marco Fabio Quintiliano
La familia en una frase
Quintiliano, maestro romano: «El padre, ante todo, debe concebir las mayores esperanzas respecto de su hijo»
Hace casi dos mil años, el célebre retórico Quintiliano recomendaba a los padres que miraran al niño recién nacido con esperanzas, no para exigirle éxito, sino para tomarse en serio su educación
No existían las clases extraescolares, ni los campamentos intensivos de perfeccionamiento deportivo para niños, ni los anuncios de Instagram «para que tu hijo destaque del resto el próximo curso», cuando nació en Calagurris, la actual Calahorra, Marco Fabio Quintiliano, hacia el año 35 después de Cristo.
Y, sin embargo, algunas de las enseñanzas de este maestro romano de retórica del siglo I son más que recomendables en nuestros días.
Especialmente para todos aquellos padres y madres que comparten por los grupos de WhatsApp del colegio sus proyectos para que sus hijos pulan las múltiples carencias que tienen a sus ojos, o mejores las habilidades que ellos desean que tengan, aunque sus pequeños no parezcan ni interesados, ni duchos en la materia en cuestión.
Un maestro marcado por el dolor
Quintiliano se formó en Roma y llegó a convertirse en uno de los grandes exponentes de la retórica de todo el Imperio. Enseñó durante décadas en la gran Urbe, y alcanzó tal prestigio que el emperador Vespasiano le concedió una cátedra pública remunerada.
Su vida familiar estuvo, en cambio, marcada por el dolor. En la introducción del libro VI de la Institutio oratoria, Quintiliano habla con profunda tristeza de la muerte de su joven esposa y de sus dos hijos.
Un dato biográfico que impide leerlo como un simple teórico de la instrucción educativa. Porque, como los verdaderos maestros de la vida, conoció personalmente la fragilidad del éxito mundano y la importancia de la familia.
Educar desde los primeros años
La Institutio oratoria, escrita hacia el final de su vida, no es un manual para aprender a hablar bien. Quintiliano pretende formar al buen orador, sí, pero entiende que la elocuencia verdadera necesita carácter, cultura, virtud y educación desde la infancia.
Por eso comienza su obra antes de la escuela formal. Habla de nodrizas, padres, maestros, de los primeros juegos, del cuidado del lenguaje, de la memoria y hasta del ambiente doméstico. Le preocupaba que se descuidasen los cimientos sólo porque no resultan brillantes. Como en arquitectura, recuerda, suele admirarse la parte visible del edificio, pero todo depende de aquello sobre lo que se asienta.
Y ahí tenía claro cuál debía ser el punto de partida: «El padre, ante todo, debe concebir las mayores esperanzas respecto de su hijo desde el momento de su nacimiento», dice para abrir el primer capítulo de la Institutio oratoria.
No habla de alimentar la vanidad familiar ni de proyectar sobre el hijo las ambiciones incumplidas de los padres. Habla, más bien, de la «esperanza educativa». O sea, que el niño debe ser mirado como alguien capaz de crecer, aprender y alcanzar una forma de excelencia acorde a sus propios talentos naturales, si recibe buenos cuidados desde el comienzo.
Esperar mucho sin exigirlo todo
En una versión sutil del también clásico efecto Pigmalión, Quintiliano señala cómo esperar mucho de un hijo no significa pedirle que sea el primero en todo, ni en aquello que desean los padres, sino creer de verdad que puede crecer en virtud, inteligencia, fortaleza y generosidad.
Porque esa esperanza verdadera no necesita compararse, ni etiquetar al niño por sus fracasos o aciertos, sino acompañar al hijo para que sepa que sus padres confían en él.
Una confianza que no elimina ni la corrección ni el esfuerzo, sino que, al contrario, los hace posibles.
Veinte siglos después de Quintiliano, los niños siguen aprendiendo a mirarse, en buena medida, a través de los ojos de sus padres. Y hacerlo con realismo y esperanza pueden marcar de forma decisiva su modo de desenvolverse en un mundo que hoy, como entonces, no deja de ser tan convulso y complejo como apasionante.