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Yuval Noah Harari en el Foro de DavosFlickr

La familia en una frase

Yuval Noah Harari: «Si el futuro se decide en nuestra ausencia, ni nuestros hijos ni nosotros nos libraremos de las consecuencias»

El intelectual de cabecera de las élites reconoce que las familias no deben quedar fuera de los grandes debates del siglo XXI por estar centradas en «dar de comer y vestir a nuestros hijos»

Yuval Noah Harari se ha convertido en una de las voces más influyentes del presente. Sus libros han sido leídos (o, al menos, citados) y recomendados por líderes políticos como Obama y Macron, grandes empresarios tecnológicos como Bill Gates, organismos supranacionales y grandes centros de pensamiento de todo el mundo.

De hecho, algunas de sus ideas sobre inteligencia artificial, biotecnología, educación, democracia y el futuro de la humanidad han llegado a foros como Davos, donde se decide (o, como mínimo, se pretende decidir) buena parte del rumbo económico, político, cultural y hasta antropológico del planeta.

Y lo cierto es que, además de la agudeza de algunos de sus planteamientos, Harari tiene todos los mimbres para ser el intelectual de cabecera del mundo posmoderno.

Nacido en Israel en 1976, en una familia judía de origen europeo, creció en Kiryat Ata, cerca de Haifa, en un entorno familiar marcado por la tradición judía y por la experiencia histórica de Israel.

Su padre, Shlomo Harari, fue ingeniero y su madre, Pnina, trabajó como funcionaria. Él, sin embargo, se reconoce como ateo y homosexual de tradición judía. Se doctoró en Oxford y enseña historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Significado activista pro LGTBI: Harari se casó en 2002 con su actual marido, manager y promotor, Itzik Yahav, con quien vive en una comunidad agrícola en Israel. Son veganos y no tienen hijos, aunque es firme defensor de los vientres de alquiler.

Reflexiones incómodas sobre la infancia

Toda esta dimensión personal resulta relevante porque muchas de las preguntas que plantea Harari sobre el futuro no son abstractas: afectan precisamente a las generaciones que nos sucederán, y de ahí que muchas de sus reflexiones versen sobre la familia, la educación y la infancia, aunque las propuestas filosóficas y políticas que plantea pueden ser más que razonablemente discutibles.

Con todo, Harari también ha realizado algunas reflexiones que incomodan a su espectro habitual de seguidores, como la llamada explícita a que las familias (sin introducir ningún tipo de matiz ideológico en su definición) se impliquen de algún modo en la vida pública, y salgan de sí mismas con deseos de transformar la sociedad.

La advertencia aparece en los primeros compases de uno de sus best-sellers más conocidos, 21 Lecciones para el siglo XXI, publicado en 2018 tras los éxitos de Sapiens y Homo Deus: «Lamentablemente, la historia no hace concesiones. Si el futuro de la humanidad se decide en nuestra ausencia, porque estamos demasiado ocupados dando de comer y vistiendo a nuestros hijos, ni ellos ni nosotros nos libraremos de las consecuencias. Esto es muy injusto, pero ¿quién dijo que la historia es justa?».

Aunque su antropología y sus conclusiones pueden discutirse, y mucho, su reflexión tiene la fuerza de un diagnóstico externo: incluso quien no parte de una defensa clásica de la familia reconoce que los padres no pueden desentenderse de las fuerzas que están configurando el futuro de sus hijos.

Padres ocupados, hijos expuestos

«En un mundo –dice Harari– inundado de información relevante, la claridad es poder. En teoría, cualquiera puede intervenir en el debate acerca del futuro de la humanidad, pero es muy difícil mantener una visión clara. Con frecuencia, ni siquiera nos damos cuenta de que se produce un debate, o de cuáles son las claves».

¿Y por qué hay tanta desatención, cuando hay tanto en juego? Él mismo lo apunta: «Somos miles de millones las personas que apenas podemos permitirnos el lujo de indagar en estos asuntos, porque tenemos cosas más acuciantes que hacer: ir a trabajar, cuidar de los niños u ocuparnos de unos padres ya ancianos».

La escena que plantea es muy real. Mientras una familia se afana por llegar a fin de mes, buscar unas vacaciones más asequibles o ayudar con los deberes, otros deciden qué se enseñará en la escuela de sus hijos, qué datos recogerán las plataformas digitales en sus redes sociales, qué lugar ocuparán las pantallas en la infancia, cómo redefinirá su Gobierno la identidad personal, qué trabajos desaparecerán y qué tipo de libertad quedará en una sociedad cada vez más vigilada, intervenida y automatizada.

Porque el problema, sostiene Harari, no es que los padres estén ocupados con sus hijos. Eso es precisamente lo que deben hacer. El problema es que esa ocupación, cuando se vuelve agotamiento crónico o desatención irresponsable, puede expulsarlos de la conversación pública porque les priva de las fuerzas (y de la conciencia) para leer, organizarse, participar, preguntar, votar con criterio, exigir transparencia o defender su derecho a educar.

Y entonces se produce una paradoja cruel: quienes más aman a los niños pueden quedar ausentes del mundo que se construye para ellos.

La historia no espera a terminar la cena

Ahora bien: la cita de Harari no debe leerse como reproche a los padres desbordados, que bastante hacen con sostener en pie su hogar en condiciones difíciles.

Los padres no pueden estar en todo... aunque tampoco pueden retirarse del todo. La familia necesita ante todo tiempo íntimo; pero también necesita presencia social, voz pública y crítica, formación y, por qué no, asociacionismo cívico. Porque hay batallas educativas, culturales y tecnológicas que no se ganan solo dentro del salón.

Quizá la pregunta decisiva sea esta: ¿quién hablará por nuestros hijos cuando se diseñe el mundo en el que tendrán que vivir? Si los padres callan porque están exhaustos, afanados en preparar la cena o distraídos en sus redes sociales, otros hablarán por ellos.

Y la historia, como recuerda Harari, no hará concesiones.