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La psicóloga Irene López, responsable clínica terapéutica de los centros Anda ConmigoCedida

Irene López, psicóloga: «La incertidumbre ante el futuro está dividiendo a los adolescentes en dos grupos»

Irene López, psicóloga y responsable clínica de los centros Anda Conmigo analiza cómo la IA, la presión por decidir y la fragilidad emocional condicionan el futuro de los adolescentes españoles actuales.

A los 15 o 16 años, la mayoría de los adolescentes reciben en casa o en el colegio una pregunta que, cada vez más, pesa como una losa: y tú, ¿qué quieres hacer con tu vida?. El problema es que, con un contexto social cada vez más cambiante y un mundo laboral en una transformación cada vez más acelerada e incierta por la irrupción de la Inteligencia Artificial y la automatización, la respuesta –ya de por sí compleja a esas edades– es cada vez más desasosegante.

Sin embargo, tal y como explica Irene López, psicóloga y responsable clínica terapéutica de los centros Anda Conmigo, el problema no está sólo en la falta de oportunidades ni en la dificultad de elegir una carrera. Lo que ve de forma cada vez más notoria en consulta es una «parálisis por decisión». Es decir, jóvenes que no se equivocan porque ni siquiera se atreven a dar un primer paso: «Si no elijo, no me equivoco».

La conversación tuvo lugar en torno al Día Mundial de las Habilidades de la Juventud, que se celebró el pasado julio, pero no gira sólo en torno al empleo. También muestra la «polarización motivacional» entre los adolescentes, la ansiedad anticipatoria, las familias que quieren ayudar y a veces presionan demasiado, los púberes que consumen horas de contenido sobre cómo triunfar pero no toman ninguna decisión concreta, y también una idea que conviene no olvidar: la IA puede cambiar el mercado laboral, pero no sustituye la seguridad interior que un hijo.

– Justo cuando hay más acceso que nunca a la formación, y en plena transformación del mercado laboral por la IA, ¿por qué cada vez más adolescentes se desconectan del sistema educativo o laboral?

–Antes de responder, quiero matizar el punto de partida: en España la cifra de «ninis» está en mínimos históricos, no en aumento. Lo que sí observamos en consulta es un fenómeno más sutil pero más preocupante: adolescentes que no fracasan al intentarlo, sino que directamente dejan de intentarlo.

–¿Puede explicarlo con más detalle?

–Cuando una persona joven se enfrenta a un abanico ilimitado de opciones sin ninguna certeza sobre cuál es la acertada, el exceso de posibilidades no se traduce en libertad, sino en bloqueo. Es una paralización defensiva: si no elijo, no me equivoco. Y detrás de esa desconexión casi siempre hay una fragilidad emocional previa que la sostiene, no solo falta de oportunidades.

– ¿Cómo están encarando los adolescentes los cambios relativos a su futuro profesional, a causa de la IA? ¿Qué veis en consulta: miedo, desesperanza, confianza en el futuro, ganas de aprender...?

–Convivimos con dos perfiles muy distintos. Por un lado, adolescentes instalados en una ansiedad anticipatoria, que se preocupan por un futuro amenazador que todavía no ha llegado, y ese desgaste anticipado les resta energía para el presente. Por otro, adolescentes que reciben el mismo cambio con curiosidad y ganas de explorar.

Y la diferencia entre estos dos grupos de adolescentes no está en su inteligencia ni en la información que manejan, sino en algo previo: la confianza que ya tenían en sus propios recursos antes de que la IA formara parte de la ecuación. El futuro incierto no genera el mismo malestar en todos; actúa como amplificador de la seguridad o la inseguridad que el adolescente ya traía consigo.

–Basta un paseo por las redes para ver que hay una nueva eclosión de jóvenes que quieren dedicarse a emprender y se están formando en YouTube, en cursos online... ¿Por qué creéis que hay este nuevo auge por crecer profesionalmente como emprendedores?

–Emprender ofrece algo que el empleo tradicional ya no garantiza: la sensación de tener las riendas de la propia vida. Frente a un mercado laboral que perciben inestable y ajeno a su control, montar algo propio –aunque sea pequeño o digital– les devuelve protagonismo.

Ese mismo impulso legítimo es el que aprovechan los perfiles oportunistas que prometen atajos: ofrecen certezas rápidas a quien está deseando encontrarlas. La línea que separa a quien construye algo sólido de quien cae en la trampa no es el talento, es la tolerancia a la frustración, es decir, la capacidad de fracasar varias veces sin que eso derrumbe tu propia valía. Y esa capacidad no se adquiere consumiendo contenido, se adquiere exponiéndose a la experiencia real.

–¿Qué papel juega la gestión emocional en la capacidad de un adolescente para adaptarse a este mercado laboral en plena transformación?

–Es el factor decisivo.

–¿Tanto importa?

–Sí, porque gestionar las emociones no significa no sentir miedo o frustración ante el cambio, significa poder sentirlos sin que paralicen tu conducta. Un adolescente que sabe identificar lo que le pasa, tolerar el error como parte del aprendizaje y reajustar su rumbo sin que eso ponga en duda quién es, está mucho mejor equipado que otro con más conocimientos técnicos pero sin esa base interna. La regulación emocional no compite con el talento ni con la formación. Es la estructura que permite que ambos se sostengan cuando el entorno deja de ser predecible.

–La ONU advierte de que esta transformación tecnológica «plantea graves riesgos si no se aplica de forma equitativa»: ¿cómo afecta esto a los adolescentes con menos apoyo familiar, y más dificultades emocionales o de aprendizaje?

–Esa advertencia, si la trasladamos a la consulta, tiene un nombre específico: doble vulnerabilidad.

–¿Y en qué consiste?

–En que un adolescente con dificultades de aprendizaje o con poco sostén en casa no sólo llega con menos recursos técnicos para adaptarse a los cambios del mercado laboral, sino que llega también con menos andamiaje emocional, con esa esa red de apoyo que en la infancia y la adolescencia nos permite tolerar lo desconocido sin desmoronarnos. La IA no inventa esa desigualdad, pero digamos que la hereda y la amplifica, porque incide con más fuerza sobre una fragilidad que, como clínicos, ya conocíamos mucho antes de que la tecnología entrara en juego.

–Hay una pregunta que cada vez se hace más, pero que parece que aún no llega a calar: ¿Cuáles son las habilidades no técnica que serán imprescindibles para el futuro de nuestros hijos?

–Lo que más me interesa señalar a las familias es que las habilidades que hoy se consideran más valiosas de cara al futuro comparten una raíz común: son emocionales y relacionales, no técnicas. Hablo de la capacidad de pensar con claridad ante un problema nuevo, de levantarse tras el fracaso sin quedarse anclado en él, de adaptarse sin perder el rumbo propio, de mantener la curiosidad y de conocerse a uno mismo lo suficiente para saber en qué se es bueno y en qué no. Tener que entrenar estas competencias no va a ser un complemento a las notas ni a los idiomas; es, probablemente, lo que va a determinar la capacidad de sus hijos para prosperar en cualquier escenario que venga.

–¿Y cómo pueden las familias detectar si un adolescente está bloqueado ante la presión de «decidir su futuro»?

–Hay señales concretas que conviene observar. La primera es la evitación activa: no es que el adolescente «no piense» en su futuro, es que rehúye cualquier conversación al respecto, se irrita o se cierra cuando se le pregunta.

La segunda es un contraste llamativo entre mucha actividad aparente –horas consumiendo contenido sobre carreras o sobre «cómo triunfar»– y ninguna decisión ni paso concreto: es la parálisis por sobreanálisis, ese bloqueo que surge precisamente cuando hay demasiadas opciones y ninguna certeza.

Y también hay que prestar atención a cambios en el sueño, al retraimiento social, al discurso autocrítico («no valgo para nada», «da igual lo que haga») y a molestias físicas sin causa médica cuando se acerca el tema de su futuro.

–¿Y si algún padre acaba de detectar que está usted retratando a su hijo, qué puede hacer?

–Ante estas señales, lo más útil no es presionar más, sino abrir la conversación con los hijos, sin exigir respuestas cerradas. También validar esa incertidumbre como algo legítimo y, por supuesto, buscar apoyo profesional si se mantienen varias semanas.