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Mensajes de recuerdo para Ángela, la adolescente de Benalmádena que se quitó la vida

Mensajes de recuerdo para Ángela, la adolescente de Benalmádena que se quitó la vidaEFE

Cuatro de cada diez adolescentes reconocen haber acosado a compañeros: ¿Son malos, psicópatas o inmaduros?

El suicidio de una chica de 14 años en Benalmádena, que ha destapado cinco casos de bullying en su instituto, plantea una pregunta: ¿Por qué obran el mal con tanta frialdad los adolescentes?

El suicidio de Ángela, una adolescente de 14 años en Benalmádena, el pasado fin de semana, ha hecho sonar todas las alarmas ante un posible nuevo caso de acoso que termina en tragedia.

Aunque las investigaciones que hasta ahora ha llevado a cabo la Junta de Andalucía han descartado, por ahora, el bullying en el entorno inmediato de la joven en su instituto, sí han permitido destapar al menos otros cinco casos previos cometidos en el mismo centro escolar.

De hecho, la Policía Nacional mantiene abierta una línea de investigación porque no descarta que el suicidio de Ángela tenga que ver con un posible escenario de ciberacoso en el entorno de las redes sociales.

En medio de la conmoción de las familias, el estudio La violencia sexual entre adolescentes: retos y políticas públicas, elaborado por la Plataforma de Infancia, pone en el centro del debate sobre el acoso escolar una cifra tan alarmante como incómoda: algo más de cuatro de cada diez adolescentes (un 41 %) reconoce haber acosado a compañeros de su entorno.

¿Significa eso que casi la mitad de los adolescentes en España son malos o presentan rasgos propios de psicópatas? Los expertos explican que no. Aunque, como en cualquier acto violento o cruel, la opción deliberada y libre por ejercer el mal existe y no debe descartarse, en la inmensa mayoría de los casos en los que hay adolescentes implicados los acosadores son, simplemente, inmaduros.

Cerebro inmaduro e insensible

Irene López, psicóloga y responsable clínica terapéutica de los centro Anda Conmigo Teens, explica qué ocurre en realidad: «A esa edad, el cerebro adolescente aún se encuentra en pleno desarrollo, especialmente en las áreas relacionadas con el control de impulsos, la toma de decisiones y la empatía».

Y añade la clave, que en el ámbito de la prevención pasan demasiadas veces por alto tanto los padres como los docentes: cuando el joven no tiene herramientas para gestionar frustración, rechazo o vergüenza, «puede favorecer respuestas impulsivas y conductas agresivas».

Y al pasar por alto la realidad biológica y social de los adolescentes actuales –con una combinación de cerebro inmaduro, libertad humana para elegir el mal, dificultad moral para reconocer lo bueno e hiper estimulación sensorial–, la Plataforma de Infancia dibuja en su informe un ecosistema de riesgo.

Por ejemplo, casi la mitad de los delitos contra la libertad sexual en 2023 tuvieron como víctimas a menores (45,6 %, según Interior), y la violencia sexual en el entorno digital aparece ya como la más frecuente entre adolescentes.

Un componente especialmente tóxico

Irene López apunta a tres aceleradores: cambios hormonales, acceso precoz a contenidos violentos y redes sociales. Con un patrón reconocible: consumo sin supervisión de videojuegos, series o vídeos con alta carga de agresividad; conflictos que se aprenden a resolver «a golpes» (reales o simbólicos); y redes que multiplican y prolongan el daño, porque el acoso no termina al salir del colegio.

Además, el entorno digital añade un ingrediente aún más tóxico: la distancia emocional. Así, la agresión parece «menos grave» tras una pantalla, y el grupo –el chat de clase, el vídeo, el comentario...– refuerza frívolamente la conducta. El problema es que cuando la humillación de un compañero se convierte en entretenimiento, el adolescente deja de percibir el rostro del otro.

Señales para detectarlo en casa

Por ese motivo, los especialistas de Anda Conmigo Teens recomiendan a las familias actuar antes de que el problema estalle. Y apuntan algunas señales frecuentes que pueden percibir los padres: «Cambios bruscos de humor, irritabilidad, aislamiento, desprecio verbal hacia hermanos o compañeros, mentiras recurrentes, obsesión con el móvil, aumento de la conflictividad en casa»...

Además, recomiendan marcar tres líneas muy concretas para prevenir este tipo de conductas, no sólo en el caso de las víctimas, sino también en el caso de los posibles agresores.

Límites claros con pantallas: Horarios, supervisión y contenidos adecuados a la edad; y móvil fuera del dormitorio por la noche.

Comunicación familiar real: Rutinas, conversación fluida para evitar interrogatorios y espacios sin pantallas.

Intervención profesional temprana: No basta con castigos; hay que trabajar la raíz del acoso: gestión emocional, empatía, autocontrol, reparación del daño...

No son «cosas de niños»

Porque aunque pueda ser simplemente el fruto de una inmadurez cerebral propia de la adolescencia, el acoso no es en absoluto «cosa de niños».

Al contrario, deja un fuerte impacto «en las dos partes involucradas: los adolescentes que lo sufren suelen presentar ansiedad, tristeza persistente, aislamiento social y un deterioro progresivo de la autoestima, lo que afecta al rendimiento académico, la confianza en los demás y a la forma en que se construyen las relaciones futuras; y los adolescentes que ejercen estas conductas suelen presentar problemas previos no resueltos, como carencias afectivas, modelos relacionales disfuncionales o una gestión emocional deficiente», alertan los expertos del equipo de Irene López.

Y concluyen: «La agresividad en la adolescencia requiere ser abordada desde una perspectiva cercana y especializada, que vaya más allá del castigo o de una simple corrección de un comportamiento específico», de modo que se pueda iniciar una «nueva etapa familiar, con orientación, apoyo y estrategias para comprender mejor a los hijos, fortalecer el vínculo familiar y afrontar los conflictos con una perspectiva constructiva».

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