Estatua ecuestre de Marco Aurelio, en Roma
La familia en una frase
Marco Aurelio, emperador de Roma: «De mi madre aprendí a abstenerme no sólo de obrar mal, sino de pensar mal»
El célebre emperador romano inicia sus Meditaciones con una de las evocaciones maternas más memorables de la antigüedad clásica.
Aunque hoy su nombre sólo evoque, para muchos, al ya famoso diálogo entre Russell Crowe y Joaquin Phoenix en la película Gladiator –ese que comienza diciendo «Me llamo Máximo Décimo Meridio...»–, durante siglos, el nombre del emperador Marco Aurelio ha estado ligado a uno de los momentos de mayor esplendor de la Antigüedad: el momento de máxima expansión del Imperio Romano.
Pocos saben, sin embargo, que Marco Annio Catilio Severo –que así se llamaba en realidad–, no sólo fue un estadista, político, militar y estratega, sino también un verdadero filósofo, que legó a la posteridad una obra cuyo valor ha resistido el paso de los siglos: sus Meditaciones.
Pero, curiosamente, el hombre que tuvo al mayor imperio de occidente en sus manos, no empezó esa recopilación de pensamientos hablando de conquistas, ni de poder. El gran emperador de Roma, cuya figura sólo podría compararse en el imaginario colectivo con la de Julio César, comenzó... dando las gracias. En el libro I, el ya entonces emperador va nombrando a quienes habían ayudado a forjar su carácter: su abuelo, su padre, su madre, sus maestros, sus amigos y varios filósofos.
Y en ese contexto, de su madre, Domicia Lucila, escribiría una de las definiciones de la crianza materna más hermosas de toda la literatura clásica: «De mi madre aprendí la piedad, la beneficencia, y a abstenerme no sólo de obrar mal, sino también de pensar mal». Una cita que condensa una forma de educación que no depende de las grandes gestas o elocuentes discursos, sino de un testimonio de vida constante y moralmente intachable.
Un emperador educado por ejemplos
Marco Aurelio nació en el año 121 d. C. Fue adoptado en la línea sucesoria imperial y gobernó Roma entre guerras, epidemias y enorme tensiones políticas. Es, como su padre adoptivo Adriano, uno de los emperadores originarios de la provincia Baetica, en Hispania, y también es tenido por el último de los llamados Cinco Buenos Emperadores.
Sus Meditaciones no estaban pensadas para publicarse, ni para darse gloria pública: eran notas personales, ejercicios de examen interior y recordatorios para una vida más propia del estoicismo –doctrina que profesaba– que de una Roma imperial, libidinosa, abandonada a los placeres y a las apariencias.
Así, en el libro I, además de su madre, recuerda a Sexto de Queronea, un filósofo griego, sobrino de Plutarco, de quien reconoce que de él aprendió la benevolencia y «el ejemplo de una familia gobernada de manera paternal».
Es decir, que el gran emperador de Roma, en su foro interno no sólo admiraba doctrinas; observaba los hogares ajenos y veía cómo un hombre trataba a los suyos, para extraer de ahí una lección para su alma.
La madre que educa la conciencia
La enseñanza materna que Marco Aurelio destaca tiene tres niveles: piedad, es decir una apertura reverente a lo alto, con un sincero respeto por lo recibido; beneficencia, o sea, una disposición a hacer el bien; y algo más fino: no sólo evitar malas acciones, sino también malos pensamientos, especialmente contra los demás. Lo que más de 1.500 años después otro hijo de la antigua Hispania, Ignacio de Loyola, definiría como «salvar la proposición del prójimo».
Domicia Lucila, madre de Marco Aurelio, aparece así, más que cualquier otra cosa, como maestra de vida interior.
Hogares que enseñan sin palabras
El recuerdo de Sexto completa la imagen. No habiendo conocido a su padre natural, el filósofo griego fue para él la auténtica figura paterna de referencia, que le mostró el modus vivendi de una familia «gobernada de manera paternal». Que no es sinónimo de una casa despótica o autoritaria, sino que en el contexto de las Meditaciones remite a una autoridad sobria, benévola, ordenada y digna no sólo de admiración, sino también de imitación para los adultos.
Porque los hijos aprenden más de sus padres por lo que ven en ellos, que por lo que escuchan de sus labios. Palabra de emperador romano.