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Verano en familiaMarichu Suárez

Marichu Suárez, escritora y madre de 3: «Una familia que no discute en verano es que ha aprendido a esquivarse»

La divulgadora, escritora, mediadora y emprendedora explica que «no medimos la infancia —ni la vida, si me apuras— en años, la medimos en veranos»

El verano puede ser el momento oportuno para convertir en hábito la alimentación saludable

Una familia merendando en la playaPexels

A mí me delata el olfato. Pasa alguien por la calle oliendo a crema solar y, sin venir a cuento, vuelvo a tener ocho años, una toalla de princesas y una prima preguntándome si ya me he terminado el bocadillo y puedo jugar a la Oca. Por eso escribo esto en agosto, porque es el único mes en que este país entero, tenga la edad que tenga, es la misma persona.

Durante diez meses una familia es, sobre todo, una logística. Hay desplazamientos encajados al minuto, mochilas junto a la puerta, cenas con un ojo en el reloj y conversaciones importantes despachadas camino del entrenamiento. Y funciona, no digo que no. Pero se puede pasar un curso entero organizando a las personas que más quieres sin llegar a mirarlas. El verano, sin embargo, desmonta el andamio. Y entonces se ve el edificio.

En agosto ese edificio huele a aftersun y a tortilla envuelta en papel de plata, con su puntito de arena crujiente que nadie sabe cómo entra pero entra. Tiene una abuela friendo a las nueve de la mañana lo que comeremos a las tres, un abuelo haciendo trampas a las cartas con la misma precisión técnica de hace tres generaciones, y una mesa de primos llena de helados donde se fragua más fraternidad que en cualquier discurso. Tiene crucigramas, pipas y bañadores goteando en la ducha. Y tiene la persiana bajada a las cuatro de la tarde, ese gesto tan nuestro de cerrarle la puerta al sol para dormir la siesta con las chicharras de fondo. Bien mirado, es lo más parecido a una liturgia que practicamos todos sin excepción, creyentes y no creyentes. Parar porque sí. Porque es sagrado.

El arte de no llenarles la agenda

Tiene hasta sus dogmas. En mi casa se podía debatir casi todo, pero jamás la digestión: dos horas – las dos más calurosas - mirando el agua sin poder tocarla, la espera más larga en la historia de la humanidad, con mi madre vigilando desde la toalla como un juez de línea. Con los años descubrí la verdad; las dos horas duraban exactamente lo que a mi padre le quedaba de novela. Que yo sepa, la ciencia nunca ha confirmado el corte de digestión. Pero da igual. Hay verdades que una familia sostiene por pura fe, y ay del que las toque. Ahora soy yo quien, en una cocina con olor a tostada y el sonido de la cortacésped de fondo, le pide a sus hijos que se beban el zumo rápido porque «se le van las vitaminas».

En verano vuelve, además, esa palabra que el curso escolar tiene prohibida: aburrimiento. Reconozco que me ha costado lo mío no salir corriendo a resolverlo. Llega un hijo arrastrando las chanclas, pronuncia el temido «me aburro», y todo en una quiere ofrecerle algo: un plan, una pantalla, un juguete. Pero si resistes la tentación, media hora después la caja de la fruta es un barco y los primos, la tripulación, y en el cubo que hasta hace nada apuntalaba la fortaleza de arena hay de repente cuatro cangrejos. Los cangrejos, además, regalan a los padres veinte minutos de aceitunita en paz, que es el verdadero milagro de agosto y nadie lo agradece lo suficiente. Del aburrimiento de verano han salido las mejores ideas de mi vida; de una agenda llena no ha salido nunca nada que se recuerde en Navidad.

Hay algo más que pasa en agosto y que los hijos casi nunca ven el resto del año, ¡ven a sus padres descansando! O, al menos, intentando descansar. Durante el curso nos ven salir con prisa y volver cansados, resolver, cargar, apagar fuegos; aprenden sin darse - ni darnos - cuenta de que ser mayor es eso. Por eso no es en absoluto trivial que ahora nos vean leer a la sombra, sobremesear una hora sin mirar el teléfono y perder al continental con esa deportividad discutible. Un niño que ha visto a sus padres en paz sabrá de mayor que la paz existe, y ese dato no lo recoge ningún cuadernillo de vacaciones. Que, por cierto, seguirá intacto hasta el 28 de agosto, como manda la tradición.

El verano saca a relucir los roces

Y luego, las noches. El chapuzón de las nueve, cuando el agua está mejor que en todo el día y ya casi no queda nadie, la partida de pádel que precede a las sardinas, el olor a dama de noche que invade cada rincón de la terraza, la sudadera por encima del bikini... Los niños cenando en la terraza con el pelo mojado y olor a colonia, esa mezcla de cloro y limpio que debería embotellarse. La verbena del pueblo con la orquesta de siempre, y ese espacio tiempo en que parece que los relojes dejan de funcionar porque no se sabe ni qué hora es ni en qué día vivimos. Y una noche de mediados de agosto, todos tumbados mirando el cielo por si cae una lágrima de San Lorenzo, pidiendo deseos que no se pueden decir en alto.

Y no quiero pintarlo más bonito de lo que es: tanta convivencia también lija. Salen los caracteres, la discusión por quién dejó las toallas mojadas encima de la cama, el libro que ha desaparecido, el mosquito que a las tres de la madrugada convierte a una familia entera en una partida de caza, y esa arena por todas partes que arrasa con el buen humor. Durante años pensé que esos roces eran el fallo del verano, pero ahora creo que son su certificado de autenticidad, porque solo roza lo que está cerca. Una familia que no discute en agosto es una familia que ha aprendido a esquivarse, ¡y prefiero mil veces el roce!

En septiembre volveremos a montar el andamio, compararemos morenos en la puerta del colegio y la vida recuperará su prisa. Pero en enero, en el bolsillo de un abrigo, aparecerá una caracola, y sonreiré sola en mitad de la calle como una tonta. Porque no medimos la infancia - ni la vida, si me apuras - en años, la medimos en veranos.

Marichu Suárez es directora de estrategia en FASE Fundación y divulgadora en Instagram (@marichusuarez_)

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