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James Clear, autor del best-seller Habitos Atómicosjamesclear.com

La Familia en una Frase

El consejo de James Clear para adolescentes: «Cada acción es un voto por la persona que quieres llegar a ser»

El autor del best-seller internacional Hábitos atómicos propone un concepto clave para los retos que entraña el nuevo curso: los «cambios basados en la identidad».

Es de sobra conocido que el año nuevo empieza en septiembre, y no en enero, y que por eso el inicio del curso suele llegar cargado de buenos propósitos, también en el ámbito de la familia: estudiar más; usar menos el móvil, hacer deporte, dormir mejor, leer cada día, ordenar la habitación, colaborar en el reparto de tareas domésticas, no dejarlo todo para el último día...

El problema es que muchos de esos objetivos se formulan, con frecuencia, casi como una lista de tareas y acaban naufragando en pocas semanas.

James Clear, autor del best-seller internacional Hábitos atómicos (del que ha vendido más de 30 millones de copias en todo el mundo) sostiene que los cambios más eficaces no empiezan por el resultado, sino «por la identidad». Y arrancan con una pregunta clave: «¿qué clase de persona quiero llegar a ser?».

Clear escribe las claves de su libro forma genérica, para que puedan servir a cualquier persona en casi cualquier identidad. Sin embargo, en su propia página web y en su newsletter tiene una versión especialmente editada para familias, con un enfoque específico para padres de hijos adolescentes. Y ahí recupera esta idea del libro, como punto de especial utilidad para púberes.

«Hay tres niveles en los que puede producirse un cambio», escribe Clear. «El primero es un cambio en los resultados. Se trata de lo que obtienes. El segundo es un cambio en los procesos. Se trata de lo que haces. El tercero es un cambio en la identidad. Se trata de lo que crees».

Llevado a la práctica, el resultado sería aprobar, dormir mejor o pasar menos tiempo con el móvil; el proceso, estudiar cada tarde, acostarse a una hora concreta o dejar el teléfono fuera de la habitación; la identidad es llegar a verse como una persona constante, dueña de su atención y capaz de cumplir lo que se propone.

Clear advierte que muchas personas empiezan por el resultado y no llegan a cambiar de verdad: «La mayoría de las personas ni siquiera considera el cambio de identidad cuando se propone mejorar. Sólo piensan: 'Quiero perder peso' y adoptan una dieta nueva. O: 'Quiero ser más productivo' y establecen un horario. Pero no cambian la forma en que se ven a sí mismas».

Para el autor, el cambio más profundo y duradero consiste en pasar de «quiero conseguir esto» a «quiero convertirme en esta clase de persona».

No es lo mismo leer más, que ser lector

Para los padres, señala Clear, esta idea tiene mucha fuerza educativa. Porque no es lo mismo decir a un adolescente: «Tienes que sacar mejores notas», que ayudarle a pensar: «Soy una persona que estudia con constancia». No es igual pedirle que lea veinte minutos, que acompañarle hasta que pueda decir: «Soy lector». No pesa lo mismo ordenar el cuarto por miedo a una bronca que verse como alguien ordenado y responsable de su espacio.

Clear lo resume así: «La forma definitiva de motivación intrínseca es cuando un hábito se convierte en parte de tu identidad». O sea, que cuando estudiar deja de ser sólo una obligación externa y empieza a formar parte de la imagen que el adolescente tiene de sí mismo, la conducta adquiere otro sentido. Ya no se trata únicamente de evitar un suspenso, sino de actuar de acuerdo con la persona que quiere llegar a ser.

Por eso, el autor añade: «Cada acción que realizas es un voto por el tipo de persona en que deseas convertirte».

Y esto no supone que una tarde de estudio convierta automáticamente a alguien en un estudiante aplicado, ni tampoco que un tropiezo destruya todo lo conseguido. Significa que cada decisión aporta una pequeña prueba: «Ninguna acción aislada transformará tus creencias –explica Clear–, pero a medida que los votos se acumulan, también lo hace la evidencia de tu nueva identidad».

De este modo, el adolescente que estudia cada tarde, aunque sea poco, empieza a verse de otra manera; y el que entrena, ayuda en casa o apaga el móvil a tiempo va «votando» por una identidad nueva.

Y también el que vuelve a intentarlo después de fallar, porque «cada hábito no sólo produce resultados; también te enseña algo mucho más importante: a confiar en ti mismo».

El peligro de las etiquetas

La familia, alerta el autor, puede facilitar ese cambio o sabotearlo. Algunas etiquetas que se ponen en el hogar pueden llegar a lastrar el desarrollo de la persona durante años, e incluso mantenerse en la edad adulta: «Eres un desastre», «siempre eres igual», «no vales para estudiar», «eres vago», «eres irresponsable»... Y quizás los padres, alerta Clear, las dicen por cansancio o por desesperación, pero un hijo puede llegar a creerse tanto esas etiquetas que termina por convertirse en ese mismo reflejo, o a sentirse incapaz de salir de esa forma de vida.

Por eso, el autor de Hábitos atómicos explica que la identidad se construye a partir de la repetición: «Tus hábitos son la manera en que encarnas tu identidad». Y de ahí que una etiqueta negativa pueda convertirse en una suerte de «profecía doméstica»... o en un mal augurio.

A modo de consejo práctico para los padres que quieren corregir las malas conductas de sus hijos, Clear recomienda separar la conducta de la persona. Porque no es lo mismo decir «has dejado todo para el último momento» que «eres un irresponsable». Mientras la primera frase señala un hecho que puede corregirse; la segunda parece dictar una sentencia sobre quién es el adolescente.

Septiembre como comienzo

El nuevo curso ofrece una ocasión especialmente buena para poner en práctica este tipo de educación basada en la identidad, sin que sea necesario promover una revolución doméstica imposible de alcanzar. Dicho de otro modo: es mejor una rutina mínima que pueda perdurar en el tiempo, que un entusiasmo enorme... que pinche en octubre.

De hecho, Clear defiende que los cambios pequeños pueden ser mucho más importantes que los grandes proyectos, porque ofrecen evidencias constantes de esa nueva identidad deseada.

«Los hábitos son el interés compuesto de la superación personal», escribe. «De la misma manera que el dinero se multiplica mediante el interés compuesto, los efectos de tus hábitos se multiplican a medida que los repites».

Y por eso recomienda no despreciar los avances modestos: «Si puedes mejorar un uno por ciento cada día, acabarás siendo treinta y siete veces mejor al final del año». Una cifra, claro está, que no debe entenderse como una promesa matemática para la vida familiar, sino como una invitación a valorar la constancia y una nueva mirada sobre cada uno de sus miembros.