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Cristina Argüeso, psicóloga sanitaria, especialista en adolescencia y subdirectora del Hospital Retiro de Recurra Ginso

Cristina Argüeso, psicóloga sanitaria, especialista en adolescencia y subdirectora del Hospital Retiro de Recurra GinsoEl Debate

Vuelta al cole

Cristina Argüeso, psicóloga sanitaria: «Si tu hijo dice 'No quiero ir al cole' esto es lo que debes responder»

El miedo y la pereza de los niños y adolescentes por volver al colegio es perfectamente normal, pero hay señales que indican cuándo pueden estar escondiendo problemas más serios.

Los nervios de la vuelta al cole ponen patas arriba cualquier casa en la que en estos días haya niños pequeños. La ilusión por reencontrarse con los compañeros se mezcla con la incertidumbre del nuevo curso, la pereza por tener que madrugar de nuevo e incluso ciertos temores por si han caído en la clase de esa profe con fama de dura.

Por eso, no es extraño que, a pesar de los esfuerzos de los padres por presentar el nuevo curso con ilusión y alegría, haya pequeños que se planten con un rotundo: «Pues yo no quiero volver al cole».

La cuestión es que, en ocasiones, detrás de esa negativa puede haber otras causas, e incluso esconder problemas más serios, que necesitan examinarse con detenimiento. Y por eso, Cristina Argüeso, psicóloga general sanitaria, especialista en trauma y adolescencia, y subdirectora del Hospital de Día Retiro de Recurra Ginso, explica a los padres qué deben tener en cuenta estos días de vuelta a la rutina.

– Cuando un hijo dice «no quiero volver al cole», ¿cómo podemos los padres distinguir entre la pereza normal de septiembre y una señal de malestar más profundo?

Yo diría, como pautas claves, las siguientes. La primera es el factor tiempo: la pereza desaparece en las dos primeras semanas; pero el malestar profundo se mantiene o empeora con los días. La segunda, la motivación social: el perezoso quiere volver para ver a sus amigos; el adolescente con un problema se aísla y teme el reencuentro. Y después, los síntomas físicos, o sea, la somatización: cuando el malestar real se traduce en dolores de estómago, cabeza, náuseas o ataques de ansiedad antes de salir de casa.

– ¿Qué errores cometemos los padres al intentar tranquilizar demasiado rápido, convencer o quitar importancia a lo que el niño o el adolescente está sintiendo?

– Cuando intentamos consolar a un adolescente con prisas, o usando frases como «no es para tanto», «en el fondo te gusta» o «lo que tienes que hacer es no pensar en ello», solemos cometer tres errores principales, que luego tienen un impacto directo en su salud emocional. El primero es la invalidación emocional. Al quitar importancia a su angustia, el adolescente siente que lo que experimenta es incorrecto o exagerado. Y eso destruye la confianza y hace que deje de compartir sus problemas, por miedo a sentirse juzgado o incomprendido. El segundo es el aumento del aislamiento y la soledad. Cuando la respuesta de la familia es un intento rápido de «pasar página», el joven se recluye en sí mismo.

–¿Por qué?

Porque al percibir que los adultos no toleran o no entienden su malestar, prefiere procesar el sufrimiento en absoluta soledad.

–¿Y el tercero?

El cierre de la comunicación, el bloqueo. Las frases hechas o los consejos precipitados al final son como un muro. En lugar de abrir el diálogo para explorar qué le ocurre realmente a nuestro hijo –que puede ser miedo al fracaso, problemas con los amigos, baja autoestima...–, cerramos la puerta a detectar a tiempo problemas más graves.

–¿Hay preguntas concretas que ayudan a descubrir si detrás del rechazo hay miedo, presión académica, problemas con compañeros, inseguridad o ansiedad?

Por ejemplo, serían: «¿Qué asignatura o profesor te genera más tensión o te hace sentir más inseguro este curso?»; «¿Sientes que se espera demasiado de ti este curso y que es difícil llegar a todo?»; «¿Con quién te apetece sentarte este año en clase o con quién tienes ganas de coincidir en el recreo?». Y si la respuesta es «con nadie», o evitan dar nombres, hay que prestar atención. También: «¿Hay alguien en el colegio o en el instituto que te haga sentir incómodo, te agobie o te preocupe volver a ver?»; «¿Hay algún momento concreto del día (la entrada, el comedor, cambiar de clase...) en el que lo pases peor o te sientas más nervioso?»; «¿Qué crees que necesitas para sentirte un poco más seguro o tranquilo al ir por las mañanas?». Estas pueden ser útiles.

–¿Cómo cambia la forma de acompañar la vuelta al colegio de nuestros hijos según la edad que tengan? Porque no es lo mismo los niños pequeños, los de Primaria, los preadolescentes y los adolescentes...

Con niños pequeños (de 3 a 10 años), ponemos el foco en la seguridad porque su gran miedo es la separación de sus padres. Ellos no saber qué va a pasar, y por eso nos centraremos en darles protección y predictibilidad, con despedidas muy cortas. También ayuda explicarles el día paso a paso, como un cuento. Con preadolescentes (11 a 13 años) el miedo es integrarse, ya que cambian de etapa. Ahí nuestro papel es estar cerca, para ayudarles en las dudas que les surjan, preparar el día siguiente juntos y que sientan que en casa tienen un espacio de escucha, donde pueden liberar la tensión. Nuestro papel fundamental es «escuchar».

– ¿Y con los adolescentes?

–Los adolescentes cambian sus miedos: ahora sienten la presión de su futuro académico, los conflictos sociales, su libertad... Con ellos es clave negociar normas y horarios, y el dialogo, para que sientan que estamos ahí cuando lo necesiten. Sin avasallar, pero estando siempre disponibles.

–¿Qué señales deberían llevar a la familia a hablar con el colegio o consultar con un profesional en lugar de esperar a que «se le pase»?

–Hay varias. El absentismo o retrasos reiterados, cuando el adolescente empieza a «perder» el autobús de forma sospechosa, simula dolencias cada mañana o directamente se salta clases (lo que siempre hemos llamado hacer novillos). También el aislamiento en los descansos: si el tutor o los profesores detectan que el menor pasa los recreos solo, pegado a las paredes o buscando la compañía de adultos, es que lo hace para protegerse. Después, una persistencia temporal clara: si aparecen síntomas de angustia, llanto, o agresividad que se mantienen o se agravan más allá de las tres o cuatro primeras semanas de curso.

–¿Alguna más?

–Como decíamos antes, la somatización grave y diaria: dolores de estómago intensos, migrañas, náuseas o mareos matutinos recurrentes que desaparecen mágicamente los fines de semana o los días festivos. También las crisis de ansiedad o pánico: taquicardias, dificultad para respirar, bloqueos físicos al intentar cruzar la puerta de casa o del instituto... Esto lleva también a las alteraciones graves del ritmo vital: insomnio severo continuado, pesadillas frecuentes con temática escolar, pérdida o ganancia drástica de peso debido a la ansiedad... Por último encontraríamos las autolesiones o la ideación autodestructiva: cualquier corte, quemadura superficial autoinfligida o verbalizaciones del tipo «para vivir así prefiero no estar» o «quiero desaparecer» requieren atención profesional prioritaria.

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