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María Goyri y Ramón Menéndez Pidal el día de su boda, en mayo de 1900Fundación Ramón Menéndez Pidal

La familia en una frase

Ramón Menéndez Pidal: «Mi mujer no prometía ninguna rica dote, sino la de su gran inteligencia»

El gran autor español del siglo XIX rechazó a una rica heredera y eligió a su esposa, María Goyri, ensalzando sus virtudes como mejor garantía para formar un proyecto de vida en común.

En su juventud, Ramón Menéndez Pidal, uno de los mayores intelectuales de la España de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, tenía ante sí un futuro muy distinto del que acabaría construyendo.

Su familia, de ambiente conservador –como él– quería casarlo con una rica heredera. Su hermano Alejandro, entonces presidente de las Cortes, llegó incluso a facilitar los encuentros.

Pero al joven filólogo que acabaría alumbrando una de las mayores obras escritas en los últimos 200 años –hay quien lo tiene como uno de los grandes enciclopedistas españoles, con Menéndez Pelayo– aquella muchacha le parecía «insignificante y tímida». Él, en realidad, ya había elegido.

La joven en cuestión era María Goyri, una mujer excepcional para la España de finales del siglo XIX: universitaria, filóloga, pedagoga, excursionista y profundamente interesada por la cultura popular –como él–.

Como toda buena historia de amor, la familia de Ramón se oponía al enlace. Sin embargo, Menéndez Pidal explicaría años más tarde qué le llevaría a elegirla a ella en lugar de a otra joven de buena cuna (y buena herencia): su mujer «no prometía ninguna rica dote sino las de una gran inteligencia y su austera discreción».

Y abundaba, entre sus cualidades, «su cordura y sensatez», «su temperamento trabajador» y su gran capacidad para apreciar «la sencillez de la vida».

«Un sentimiento, no un negocio»

Para argumentar su decisión (que no es lo mismo que justificarla), Menéndez Pidal llegó a decir que «el matrimonio debe ser un sentimiento, no un negocio». Así, frente a la comodidad económica de una unión ventajosa, el escogió a una mujer con la que pudiera compartir «mi vida de trabajo, de preocupación literaria y científica» y construir juntos un hogar.

Finalmente, Ramón y María se casaron el 5 de mayo de 1900, en la iglesia de San Sebastián de Madrid. Y, como cabía esperar, su luna de miel fue cualquier cosa menos convencional: recorrieron juntos la ruta del destierro del Cid (el gran personaje al que dedicó años de estudio y su tesis doctoral), viajando en tren, caminando y a lomos de una mula.

Durante aquel viaje descubrieron juntos, además, la pervivencia oral del Romancero castellano, y comenzaron una investigación que acabaría convirtiéndose en una de las grandes empresas intelectuales de ambos.

Una familia alrededor de los libros

El matrimonio tuvo tres hijos: Jimena, Ramón –que murió con cuatro años– y Gonzalo. Además, María y Ramón compartieron de forma conjunta sus preocupaciones educativas, implicando al «hombre de la casa» en la crianza de los niños, algo bastante adelantado para su época.

Así, mientras Goyri aplicaba en casa métodos pedagógicos renovadores, ambos participaban incluso en la preparación de juegos y construcciones destinados a fomentar la atención y la constancia de sus hijos.

Con los años, Jimena se convertiría en pedagoga y fundadora del prestigioso Colegio Estudio; Gonzalo, en historiador, fotógrafo y cineasta. Más aún: el propio hogar se convirtió en una suerte de fragua intelectual, en la que María colaboraba en las investigaciones sobre el Romancero, revisaba los trabajos de su marido y mantenía investigaciones propias sobre literatura española, y su esposo la asesoraba y respaldaba con su bibliografía.

Las facetas a examinar antes de casarse

Así, como se ve, la cita de Menéndez Pidal encierra mucho más que el mero rechazo romántico de una dote económica. Supone una ajustada reflexión sobre qué ingredientes componen un matrimonio duradero y un proyecto familiar sólido, en el que cada uno de los esposos enriquece al otro.

Y muestra, también, qué facetas conviene examinar antes de casarse: la inteligencia, las inquietudes comunes, el carácter, la austeridad, la capacidad de trabajar juntos, la sencillez de vida, y el deseo de acompañarse, codo con codo, cada día.

Con su vida, el gran historiador e intelectual español Menéndez Pidal transmitió una enseñanza mayúscula: pudiendo elegir una rica heredera, incompatible con él, escogió a una compañera con la que poder construir, juntos, una vida virtuosa.