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Historias de FamiliaSara Martín

Tener cuatro hijos y sólo un trabajo es una locura para la sociedad pero nos da soberanamente igual

Residente desde hace años en Italia, la zamorana Sara Martín explica cómo experimenta la Providencia divina en su día a día familiar, incluso en situaciones completamente imprevisibles

Sara Martín, junto a su marido Marco y sus cuatro hijos

El verano ha pasado y he evitado con todas mis fuerzas sentarme frente a mi ordenador y admitir que la musa de la inspiración estaba de vacaciones, al igual que yo. Mi querido amigo José Antonio Méndez ha tenido la comprensión y el tacto de no dar señales de vida, y ha sido posiblemente lo mejor. Lo siento, pero cuando el calor y los niños acechan no hay manera de pensar con calma.

Ahora que, por el contrario, la rutina ha sido calurosamente bienvenida de nuevo en nuestra familia, no me ha quedado más remedio que afrontar con valor la página en blanco. Y mientras susurraba una pequeña oración para encomendarme al Altísimo y suplicar que las musas me mandaran un buen tema, de repente he tenido claro de qué escribir hoy. Es algo que vivimos en casa de manera cotidiana: la Providencia.

En principio, hablamos de Providencia cuando nos referimos al hecho de que Dios gobierna con sabiduría y amor el Universo, teniendo en cuenta cada aspecto particular y cada necesidad. Y así es. Pero cuando hablamos de la vida personal de cada uno lo declinamos de una manera aún más específica porque sabemos que Dios es quien lleva las cuentas de casa, cuadren o no a final de mes.

En nuestra familia, la Providencia es el pan cotidiano porque, aunque intentamos no «pecar» de imprudentes, está claro que para el mundo lo hacemos.

Tener cuatro hijos con un solo trabajo es oficialmente un boleto para el manicomio según los estándares sociales, y somos conscientes aunque nos dé soberanamente igual. Procuramos meditar nuestras decisiones y elegimos en función de lo más sostenible en muchos ámbitos, pero hay que reconocer que dejamos una buena parte a la Providencia que (atención, spoiler) no falla nunca.

Uno de los campos en los que nos ha tocado saltar al vacío y esperar que Dios provea es sin duda la educación de nuestros hijos. La inconsciencia de la juventud y de ser neo-padres nos empujó a inscribir a nuestra primera hija en un colegio católico sin calcular bien los gastos, literalmente.

Pues bien, bendita inconsciencia, porque si lo hubiéramos calculado todo evidentemente no lo habríamos hecho y nuestros hijos se habrían perdido un colegio con un ambiente maravilloso, donde la fe se respira y donde las religiosas quieren a cada niño de manera auténtica y desinteresada. Un colegio salesiano donde hemos aprendido a conocer y a querer a san Juan Bosco y a tenerlo presente durante todo el año.

Procuramos meditar nuestras decisiones y elegimos en función de lo más sostenible, pero dejamos una buena parte a la Providencia que (atención, spoiler) no falla nunca.

¿Y dónde está la Providencia en todo esto? Pues en que este mismo colegio siempre ha querido ayudarnos económicamente a mantener esta elección educativa porque considera –palabras de ellos- que la presencia de una familia numerosa en el centro es un don y un bien para todos.

Esto fue lo que nos dijeron cuando mi marido y yo reunimos el valor y la humildad suficientes para ir a pedir ayuda para poder continuar en el colegio, o bien paciencia mientras encontrábamos una alternativa pública.

Año tras año –y ya son muchos– seguimos llamando a la puerta y Dios jamás ha dejado de sorprendernos de las maneras más creativas para permitirnos seguir en este colegio. No hay palabras suficientes para agradecerlo.

Pero la Providencia divina no se limita obviamente al colegio de nuestros hijos. Quizás sea uno de los signos más evidentes, pero hay mucho más. La Providencia se ha hecho presente en bolsas llenas de ropa durante años, en comida que uno no se espera, en sobres con billetes que nunca pedimos y llegaron, en temas para artículos cuando el tiempo aprieta, en canguros con tarifas increíbles, en descuentos para las actividades extraescolares y mucho, muchísimo más. Dios siempre nos ha demostrado su amor de decenas de maneras, con pequeñas y grandes cosas.

Pero como cristiana no puedo dejar de reconocer que la Providencia divina tiene muchas caras y ni mucho menos todas tienen forma de billete de cien euros.

Existe también una forma de Providencia que uno no se espera. O que incluso no querría.

A veces la Providencia ha llegado a mi vida en forma de cálculo renal (lo conté aquí, en 2019, por si alguno quiere saber más), otras ha tenido forma de desencanto en una amistad, y varias más ha llegado con humillaciones provocadas por los hijos.

Y es que la Providencia piensa en todo: nos educa, nos forma, pule imperfecciones y nos hace crecer, en todas sus formas.

Gracias Señor, por tu Providencia. La que me gusta y la que no. Y gracias Méndez, porque no sé nada de ti desde julio…

* Sara Martín es periodista, madre de familia numerosa, ha trabajado como traductora y editora, y colabora en el blog mujeresteniamosqueser