Estudios, comida, vacaciones... ¿de verdad eso es todo lo que puedo ofrecer como madre a mis hijos?
Sara Martín, esposa y madre de familia numerosa, explica por qué cubrir las necesidades materiales de los hijos no termina por llenar el corazón de una madre, y cuál es «la grandeza de la maternidad»
Una madre embarazada junto a su otro hijo
¿Dónde reside la grandeza de una madre? Una madre da la vida desde el mismo momento de la concepción. Se sabe que algunas de las células de este nuevo hijo atraviesan la placenta y se depositan en órganos vitales como el cerebro, el corazón y los pulmones. Es como si la presencia de ese hijo se entrelazara para siempre, incluso a nivel biológico, con la propia vida de la madre. Ya nunca más volverá a ser una «sola», incluso después de dar a luz. Se llama microquimerismo fetal, y se están haciendo descubrimientos apasionantes en este campo.
Pero volvamos al principio. ¿Dónde reside la grandeza de una madre? Dar a luz también es una prueba hercúlea –por no decir otras cosas– de amor, superación, resistencia y lucha para una madre. Como también lo son las noches en vela, la lactancia, las renuncias, las preocupaciones, los sacrificios. La vida entregada por y para ellos. ¿Es aquí, por tanto, donde está la grandeza de una madre? ¿En dar a luz, el amor y la dedicación?
Quizá no. La realidad es que entregamos nuestros esfuerzos y nuestro amor para que nuestros hijos se hagan independientes y puedan vivir sus propias vidas, cierto. Pero también ellos, como nosotros, morirán.
Una cruda realidad de la que intentamos escapar muchas veces, mientras les quitamos a nuestros hijos todas las piedras posibles en el camino, y cuando creemos que evitarles sufrimientos los ayudará (aunque en realidad nos estamos ayudando a nosotros mismos). Nos incomoda pensar que nuestros hijos sufran, así que de su muerte no queremos ni hablar.
Pero, ¿qué sentido tiene dedicar todos nuestros esfuerzos para con nuestros hijos si, por definición, son –nuestros esfuerzos y más aún, nuestros hijos– caducos? Ofrecer unos buenos estudios, comida en el plato, vacaciones, libros, y mucho más, no tiene sentido si son el fin último, si lo que pretendemos es, simplemente, esto, una buena vida. Una vida resuelta, lo más posible libre de cargas y de sufrimientos. Algo así no puede ser el objetivo final de nuestra vida, y menos aún de la de ellos. No me cabe duda de que Dios, cuando pensó en la figura de la madre, tenía en mente algo aún mayor. Una grandeza superior.
Ofrecer unos buenos estudios, comida en el plato, vacaciones, libros, y mucho más, no tiene sentido si son el fin último, si lo que pretendemos es, simplemente, esto, una buena vida
Nuestra grandeza, sin lugar a dudas, reside en la posibilidad real de poder conducir a nuestros hijos hacia la Vida eterna, a un futuro sin fin. Una meta que no caduca y que no muere.
La posibilidad de que su alma viva para la eternidad reordena todo con una perspectiva diferente. Los estudios, las noches en vela, las vacaciones, los esfuerzos… Todo esto se acabará. La vida eterna no acaba nunca. Si transmites a tus hijos la fe, ésta permanece. La belleza y la grandeza de una madre cristiana reside exactamente aquí: en la herencia de fe que deja a sus hijos, y que los conducirá a la vida eterna.
Somos instrumentos y nuestra vocación es enorme. Hemos sido llamadas a una tarea que seguramente nos supera, pero que no está calibrada en función de nuestras capacidades, sino en función de la fuerza de Dios. Por eso es una misión que se nos confía, pero que en última instancia no es nuestra, sino de Dios. Y cuando el miedo nos frena, es porque nuestra mirada no está dirigida hacia la verdad de esta misión, es decir, que no es nuestra.
Hemos recibido una misión grande, una llamada titánica que delinea exactamente el valor de nuestra vocación y nuestra grandeza. No lo olvidemos nunca, porque si no la vida «sabe a poco».
Sara Martín es periodista, madre de familia numerosa, ha trabajado como traductora y editora, y colabora en el blog mujeresteniamosqueser.