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Familia y EscuelaInés Serrano*

Cómo aprovechar las elecciones del 29-N para educar a los niños en el pensamiento crítico

Inés Serrano Fernández, psicoterapeuta y profesora de psicología, propone aprovechar la cita electoral para ejercer con los hijos una de las habilidades más demandadas y, a la vez, más olvidadas: ejercer el pensamiento crítico y evitar la polarización ideológica.

Una madre, junto a su bebé, introduce una papeleta en un colegio electoralGetty Images / iStockphoto

España se prepara para elecciones generales. Si Dios quiere, el domingo 29 de noviembre ejerceremos nuestro derecho al voto. Y en estas elecciones se incorporan un millón seiscientos mil jóvenes que ya han cumplido la mayoría de edad.

El voto –que, por supuesto es libre– también entra dentro de las facetas a educar en la familia, por ser la primera garante del desarrollo moral, espiritual, cognitivo, emocional, físico, de los hijos. Preparar para votar no se trataría tanto de idealizar un partido y denigrar a otro. Iría más bien de la mano de enseñar a pensar con criterio. Actualmente, existen algunos lugares comunes que crean confusión y ante los que la Historia de la Psicología y la Psicología Social, nos pueden ofrecer cierta luz.

Se asume (primer lugar común) que «lo mejor es el término medio», que «ni tanto ni tan calvo». Esto es así solo en parte. Fue Aristóteles, filósofo de la antigua Grecia, en su Ética a Nicómaco quien entendía que entre dos extremos viciosos (el exceso y el defecto), encontrar el justo medio ayudaba a crecer, por ejemplo, en valentía, en templanza y en generosidad, frente a los riesgos extremos: temeridad-cobardía, desenfreno-insensibilidad, y prodigalidad-tacañería.

Pero –y aquí aparece la actual confusión– Aristóteles no defendía que lo correcto fuera situarse siempre a medio camino entre dos posiciones. El justo medio no es una media matemática ni una postura tibia o equidistante. Es aquello que resulta adecuado según las circunstancias. Por eso, ante una injusticia grave, por ejemplo, la virtud no consiste en indignarse «un poco», sino en responder con firmeza en proporción a la situación. Además, determinadas acciones –como asesinato, robo, etc.– serían malas por sí mismas y no admitirían un término medio virtuoso.

Ayudar a nuestros jóvenes a pensar, implica, por tanto, aclararles que la equidistancia no equivale a virtud, aunque pueda hacer sentir cierto efecto protector por percibirse «socialmente a salvo». Además, debemos dejarles claro que el mal existe, y ante el mal, no hay punto medio aceptable.

También es frecuente escuchar que «hay que ser tolerantes» (segundo lugar común) porque, si no, puede que «polarices» (tercer lugar común). Vamos por orden: resulta curioso que Aristóteles en su día (siglo IV a.C.) jamás se refiriese a la tolerancia. Puede que por ser otra época. Pero en la actualidad, el modelo de Virtudes y Fortalezas de Carácter de Peterson y Seligman, tampoco la menciona.

Tolerar supone saber convivir con quien sostiene ideas que consideramos equivocadas. En este sentido, Aristóteles habló de la amistad cívica: una forma de concordia que permite la convivencia y cooperación entre ciudadanos. Aristóteles no proponía que todas las opiniones fueran igualmente verdaderas ni que hubiera que evitar el conflicto. Su preocupación era cómo formar personas virtuosas capaces de contribuir a una comunidad política buena.

Peterson y Seligman recogen algunas fortalezas que se pueden interpretar como cercanas a la tolerancia.

Éstas son: apertura mental, es decir considerar opiniones diferentes y estar incluso dispuesto a revisar las propias; equidad, es decir, aplicar los mismos criterios, independientemente de nuestras simpatías; humildad, esto es, reconocer que podemos equivocarnos; autorregulación, que significa controlar la hostilidad hacia quien contradice nuestras convicciones; y bondad, es decir, tratar con respeto y consideración.

Tomando en cuenta lo anterior, los padres podemos transmitir con toda claridad a nuestros hijos que la tolerancia se aplica a la forma de relacionarnos con otras personas. Tiene que ver con saber convivir con el que piensa distinto. No obstante, la tolerancia no aplica a las acciones ni a las ideas. Por tanto, no todas las acciones habrán de ser consideradas tolerables. Ni todas las ideas merecen nuestro beneplácito.

De lo cual se deduce –vamos con el tercer lugar común– que disentir no es polarizar. Y disentir con mucha claridad y argumentos, no es radicalizarse. En psicología social y en ciencia política la polarización es el proceso por el que las posiciones, identidades o actitudes de personas y grupos se distancian y, a veces, aumentan la hostilidad y la desconfianza mutuas.

Disentir no es polarizar. Y disentir con mucha claridad y argumentos, no es radicalizarse

La polarización no implica odio ni desprecio –que sería polarización afectiva–, aunque sí supone mayor distancia entre posiciones –polarización ideológica–.

Por tanto, la polarización ideológica no implica violencia alguna. Como ciudadanos, tenemos derecho a escoger la posición que mejor se ajuste a nuestro ideario. Cuando este ideario se percibe en riesgo, es natural defenderlo.

Los padres debemos dejar claro a nuestros hijos que tienen derecho a expresarse, a disentir, a argumentar y a cuestionar el statu quo desde el respeto. Y no deben permitir que nadie los cancele con la excusa de que «estás polarizando».

El término medio y la tolerancia no son un bien en sí mismo, como la polarización no representa necesariamente un mal. Habrá que entender respecto de qué, con qué finalidad, y qué consecuencias tiene. En definitiva, aplicar y enseñar pensamiento crítico.

  • Inés Serrano Fernández es psicoterapeuta y profesora asociada de Psicología de la Universidad San Pablo CEU