Inés Arrimadas y Guillermo Díaz
La nueva vida de Inés Arrimadas: su trabajo, sus hijos y su escapada a un precioso pueblo con su novio
Le expolítica comparte su vida con Guillermo Díaz, exdiputado de Ciudadanos, y sus dos hijos nacidos de su matrimonio fallido con Xavier Cima
Hubo un tiempo en que Inés Arrimadas ocupaba portadas y titulares. Fue la voz y el rostro de una España que soñaba con regeneración política, presidenta de Ciudadanos en los años convulsos y diputada en el Congreso. La única mujer que, en aquel momento, llegó a liderar un partido nacional. Pero, tras una década intensa bajo los focos, llegó el silencio. En 2023 se retiró discretamente, devolviendo el micrófono, cambiando Madrid por Jerez para estar más cerca de los suyos, y los discursos por una vida más íntima.
Hoy, a los 44 años, es madre feliz de dos hijos, fruto de su fallido matrimonio con Xavier Cima del que se separó en 2023, después de seis años de matrimonio. Su historia de amor comenzó en el Parlamento de Cataluña cuando él era diputado de Convergencia e independentista, algo que no supuso ningún problema con la política conservadora. Álex nació el 21 de mayo de 2020 y Marc el 1 de marzo de 2022, ambos en Madrid. La maternidad, como ella misma confesó, llegó tarde pero con la fuerza de lo irrenunciable. «Lo retrasé mucho, primero por mi carrera profesional y después por mi carrera política. A los 35 años lo empecé a intentar y me costó mucho», admitió con franqueza. A los 39 años fue madre por primera vez, y poco después repitió la experiencia.
Actualmente, Inés Arrimadas es directora de ESG, Comunicación y Relaciones Públicas de Recurrent Energy, una empresa dedicada a las energías renovables. Y poco después se separarse, volvió a encontrar el amor en Guillermo Díaz, exdiputado y compañero de travesía política. Díaz, nacido en Melilla en 1978 y descendiente de una familia de militares, heredó la pasión por la historia bélica aunque no siguió la disciplina castrense. Su padre fue coronel y su madre psicóloga.
Este verano, la ex política se permitió un paréntesis distinto: unas vacaciones en pareja, lejos de los niños, en territorios donde el tiempo se mide en siglos y las piedras hablan. Sus redes sociales han sido el escaparate de un itinerario sentimental por la España interior.
En Sigüenza, la Ciudad del Doncel, posó ante la catedral rojiza que se eleva como un gigante sobre la plaza. Visitó el sepulcro de Martín Vázquez de Arce —ese joven noble eternamente recostado sobre la historia— y recorrió murallas y calles medievales con la curiosidad de quien contempla lo que permanece. Después, a poco más de una hora, Molina de Aragón le ofreció otra lección de eternidad: el imponente castillo, el Puente Viejo, la judería, los palacios y conventos que sobreviven entre el frío de la piedra y el rumor del río.
En las fotografías se la ve con un gesto sereno, sin imposturas. Ya no hay tribunas ni focos. Hay en esas imágenes una coherencia con la política que defendió: la de la España interior, tantas veces olvidada y, sin embargo, esencial.