El príncipe Joaquín Murat con su mujer Yasmine
La familia imperial Napoleón que llora el robo de las joyas del Louvre
El príncipe Joaquín Murat se declara profundamente conmocionado y siente lo ocurrido como un «dolor personal»
No se han llevado joyas: han arrancado memoria. Lo que desapareció del Louvre no es un botín, sino un fragmento físico de la historia imperial francesa. Coronaron reinas, acompañaron exilios, sobrevivieron a la Revolución y al saqueo de la III República… y, aun así, terminaron en manos de un comando que en apenas siete minutos despojó a Francia de parte de su identidad dinástica.
El robo se produjo el domingo 19 de octubre, cuando un grupo altamente profesional irrumpió en la Galería Apolo y sustrajo ocho joyas de la Corona, las más vinculadas a la Casa Napoleón y a la Casa de Orleans: tiaras, collares y pendientes de María Luisa (segunda esposa de Napoleón I y emperatriz de los franceses), Hortensia de Holanda (Reina consorte de Holanda y madre de Napoleón III) o Eugenia de Montijo (última emperatriz de Francia y esposa de Napoleón III). Piezas que no estaban en una vitrina como decoración: eran testigos silenciosos de dos siglos de historia francesa y, para sus descendientes, última prueba visible de un linaje que todavía respira.
El príncipe Joaquín Murat y su mujer, Yasmine
Uno de los más golpeados es Joaquín Carlos Napoleón Murat, heredero directo de la rama bonapartista descendiente de Carolina Bonaparte (hermana de Napoleón I) y del Rey Joaquín Murat (mariscal del Imperio y soberano de Nápoles). Actualmente ostenta el título de Príncipe de Pontecorvo y está casado con Yasmine Lorraine Murat-Bonaparte, escritora argelina convertida en Princesa consorte desde su boda en 2022, celebrada en la Iglesia de San Luis de los Inválidos (el mismo lugar donde se encuentra la tumba de Napoleón Bonaparte). Su reacción no sonó a protocolo: sonó a herida. Se declaró «profundamente conmocionado» y confesó que la desaparición le ha afectado «como un dolor personal». No hablaba como aristócrata: hablaba como descendiente directo de quienes llevaron esas joyas, como heredero de la memoria imperial y no solo del apellido.
De ahí el desgarro: los Murat no defienden un museo, defienden una genealogía. Lo que se ha roto no es un cristal, sino el puente simbólico entre la Francia que fue imperio y la Francia que hoy solo conserva ese pasado en vitrinas. El ejemplo más crudo es la corona de la emperatriz Eugenia: la única recuperada… pero destrozada. Su estado resume mejor que cualquier comunicado el golpe emocional. Representaba la última corona imperial de Francia: hoy está abollada.
Lo más inquietante es que los ladrones sabían lo que buscaban. Dejaron atrás el diamante Régent, la joya más valiosa económicamente. Eligieron lo simbólico, no lo caro. No fue un robo: fue un mensaje. Un acto contra el relato, no contra el metal. Por eso la familia Napoleón habla de despojo y no de expolio. Estas piezas no eran ornamentos: eran materia histórica, identidad materializada. No desaparece un objeto: desaparece un eslabón. No se pierde lujo: se pierde linaje.
La investigación sigue abierta, con hipótesis que van desde crimen organizado hasta posible interferencia extranjera. Pero para los descendientes, el daño ya es irreversible. Lo que ha sido arrebatado no es patrimonio financiero, sino la continuidad visible de una dinastía cuyo rastro simbólico cabía en una vitrina… hasta que alguien decidió borrarlo.