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Julio Iglesias en una de sus muchas propiedades inmobiliarias

Punta Cana y Bahamas, los escenarios de las mansiones Julio Iglesias donde sitúan los hechos investigados


Una mansión invisible entre la selva dominicana y una isla privada rodeada de arrecifes de coral. Dos propiedades que resumen la vida de retiro del cantante en el Caribe

Mientras Julio Iglesias guarda silencio, la Fiscalía de la Audiencia Nacional ha activado diligencias de investigación preprocesales tras una denuncia por presuntos delitos de agresión sexual. El origen del caso es un reportaje publicado por Univision y eldiario.es, en el que una empleada del servicio doméstico y una fisioterapeuta describen su experiencia laboral junto al artista durante 2021, relatando un clima de control, acoso y temor, y situando los hechos en dos de sus residencias en el Caribe.

Julio Iglesias en República Dominicanajpl

Desde el inicio de la pandemia, el cantante ha llevado una vida cada vez más retirada, repartiendo su tiempo entre República Dominicana y Bahamas, dos enclaves escogidos por su aislamiento, su difícil acceso y la discreción que ofrecen frente al foco mediático; precisamente esos refugios personales, concebidos durante décadas como espacios de retiro y protección, son los que hoy aparecen mencionados en el marco de una investigación que continúa bajo carácter reservado.

Punta Cana: el refugio dominicano

La residencia dominicana no fue una decisión improvisada, sino el reflejo de un momento vital muy concreto. A finales de los años noventa, Julio Iglesias atravesaba una etapa de repliegue personal, alejada del vértigo de las giras y de la exposición constante. En 1997, mientras esperaba a su primer hijo junto a Miranda Rijnsburger, decidió fijar allí su hogar familiar, en una extensa finca situada en el extremo oriental de la República Dominicana, dentro de una zona entonces poco desarrollada y prácticamente virgen. Aquel mismo año nació Miguel Alejandro Iglesias, y el Caribe pasó a convertirse en el escenario de una nueva vida marcada por la estabilidad y la intimidad.

La casa fue concebida sin prisas ni patrones convencionales. Para materializar su idea de hogar, el cantante reunió a cerca de un centenar de artesanos españoles, dominicanos y balineses que trabajaron durante cuatro años en un proyecto completamente a medida. El resultado fue una finca de unas 450 hectáreas, compuesta por varios bungalós distribuidos entre la vegetación tropical, pensados para convivir con el entorno y no imponerse sobre él. Parte de la estructura fue trasladada desde Bali, incluida una construcción de dos plantas destinada a los dormitorios y zonas infantiles, y se emplearon materiales como caoba, bankirai, pino de Oregón y piedra coralina para integrar la arquitectura en el paisaje.

Julio Iglesias en 2012 en República Dominicanajpl

El conjunto, dotado de varias habitaciones, amplios espacios exteriores, piscina y un estudio de grabación, fue diseñado para permanecer prácticamente invisible tanto desde tierra como desde el mar, protegido por la frondosidad de la selva. Esa discreción se quebró parcialmente en 2020, cuando se difundieron unas imágenes tomadas en las inmediaciones de la finca en las que se veía al artista caminando por la playa con dificultad, apoyado en dos mujeres jóvenes en bikini, que según se indicó entonces eran fisioterapeutas.

Bahamas: la isla privada

A diferencia del enclave dominicano, concebido como hogar familiar, la propiedad de Julio Iglesias en Bahamas responde a una necesidad distinta. La adquirió a mediados de los años ochenta, cuando atravesaba uno de los momentos más intensos de su vida profesional. Con 41 años y en plena cima internacional tras el lanzamiento de 1100 Bel Air Place, su primer álbum en inglés (que superó los ocho millones de copias vendidas), el éxito convivía con un desgaste físico y emocional cada vez más evidente.

Ese agotamiento se manifestó de forma abrupta durante una gira mundial, cuando perdió la voz en pleno concierto en Frankfurt. Aquel episodio marcó un punto de inflexión. Años después, en una entrevista concedida a ¡Hola! en 1985, resumiría aquel dilema con una frase que se haría célebre: «Tuve que elegir: o el psiquiatra o las Bahamas». Optó por el Caribe como espacio de retirada y recuperación, y compró una isla privada cercana a Nassau, a unos 50 minutos en avión desde Miami.

Situada en el entorno de Nueva Providencia, dentro de un archipiélago formado por más de 700 islas y 2.000 cayos, la propiedad se encuentra rodeada de arrecifes de coral, extensiones de arena y vegetación selvática. El conjunto alberga una casa principal, varias estancias destinadas a invitados, terrazas abiertas al mar y una piscina, además de contar con puerto privado y helipuerto, lo que refuerza su carácter aislado y discreto. La arquitectura responde a un marcado estilo colonial caribeño, reconocible por el uso de columnas blancas, galerías abiertas y patios interiores que articulan la vivienda en torno al agua y la vegetación.

La piscina interior, situada en el corazón del patio central, actúa como eje de la casa y acentúa esa sensación de frescor permanente tan característica de las residencias tropicales tradicionales. Bautizada como Capricornio, la isla se convirtió con el paso de los años en su santuario personal: allí repartía el tiempo entre el descanso, el buceo, la pesca y la música, grabó el álbum Libra y celebró encuentros familiares y acontecimientos privados, entre ellos su 80 cumpleaños.