Fundado en 1910

Dani García, con sus hijas

Dani García: sus dos hijas, su discreta pareja y su refugio en la Costa del Sol

El cocinero se sienta en el plató de El Hormiguero para presentar su libro Cocina en casa como Dani

Detrás del chef de las tres estrellas Michelin y del empresario que ha conquistado medio mundo con su gastronomía a través de conceptos como Leña (steakhouse), BiBo (brasserie andaluza), Lobito de Mar (pescados y mariscos) y Smoked Room (alta cocina con dos estrellas Michelin), además de ser el artífice de Dani Brasserie en el hotel Four Seasons Madrid y Tragabuches, se esconde un Dani García mucho más familiar y reflexivo. Un hombre que, a sus casi 50 años, confiesa soñar más con la libertad que con nuevos reconocimientos profesionales. «Decidir qué hacer y qué no hacer cuando me levante por la mañana. Eso es la libertad», ha dicho en más de una ocasión, dejando entrever que su verdadera ambición ya no se mide en platos ni en negocios, sino en tiempo.

Desde su residencia en Marbella, el cocinero ha construido un refugio, donde protege con celo su vida privada. Allí vive junto a su actual pareja, una mujer de origen ruso, nacida en Ucrania, cuya identidad ha mantenido siempre al margen de los focos, y con su hijo adolescente años, al que cría desde que apenas tenía dos.

Su faceta más conocida como padre la protagonizan sus dos hijas mayores, fruto de un matrimonio, que terminó en divorcio. Aurora, de 26 años, ha seguido su propio camino lejos de los fogones y trabaja en el departamento de marketing de Dolce & Gabbana en Dubái, un entorno tan sofisticado como cosmopolita. Laura, la menor, tiene 21 y estudia Business Analytics en una universidad internacional en Londres, una formación que su padre observa con orgullo y cierta esperanza de que, quizás algún día, pueda ayudarle en sus negocios, aunque con matices. «Honestamente, me gustaría que lo hiciera fuera del ámbito de la cocina y se centrara en otra cosa», ha confesado, dejando claro que la gastronomía, por muy brillante que sea, no es una vida que desee para ellas.

De hecho, Dani no se cansa de repetir que ser cocinero es una profesión tan apasionante como implacable. «He prohibido a mis hijas que vivan de la gastronomía; no se lo permito», ha llegado a decir, consciente de los sacrificios personales que le ha exigido su propia carrera. Para él, la verdadera vía de escape no está en los viajes de negocios ni en las aperturas internacionales, sino en los momentos más sencillos: la familia y el golf. Este deporte se ha convertido en su pequeño ritual de desconexión. «Meter una pelotita en un agujero a 300 metros es muy técnico, muy complejo… y me recuerda mucho a la cocina: si te pasas de sal, lo estropeas todo», confesó en una entrevista, revelando cómo incluso su ocio guarda paralelismos con su vocación.

Aunque su agenda lo lleva con frecuencia a ciudades como Nueva York, Miami, Doha o Madrid, en su imaginario personal esos destinos se transforman en algo mucho más cotidiano. Sueña con alquilar una casa en Manhattan, ir al supermercado como un vecino más, visitar museos y perfeccionar su inglés. Incluso Japón aparece en su lista de deseos, no como empresario, sino como aprendiz del día a día. «La libertad consiste en hacer lo que quieras», repite, como un mantra que marca esta nueva etapa de su vida.

Pese a su fama y a los grandes nombres que han pasado por su cocina, conserva anécdotas que lo muestran vulnerable, como aquella vez que cocinó para Victoria Beckham. «Fue muy raro. Cambió todo el menú. Solo comía verduritas», recuerda, admitiendo la pequeña decepción que sintió tras preparar, junto a su equipo, un menú pensado para sorprender.

Reservado con sus relaciones sentimentales, protector con su entorno y profundamente unido a sus hijos, el chef ha logrado construir una vida personal tan cuidada como sus platos.