Marcos Rubio recibió los suyos y, aunque le quedan grandes, no deja de usarlos
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Los zapatos que Trump regala a sus asesores adivinando su talla: «Tienen miedo de no ponérselos»
En la Casa Blanca hay una escena que se repite cada vez más: el presidente mira al suelo y, si no le convence lo que ve, les regala unos zapatos nuevos
En la política también pasan cosas curiosas. A veces los símbolos de poder no son grandes discursos ni decisiones históricas, sino pequeños gestos que, repetidos muchas veces, acaban convirtiéndose en costumbre. En el segundo mandato de Donald Trump, ese detalle parece estar en los pies de su equipo: unos zapatos clásicos de la marca Florsheim.
Todo empezó de forma bastante simple. El presidente buscaba un calzado cómodo que pudiera aguantar su ritmo de trabajo. Lo encontró en esta firma estadounidense de estilo tradicional y terminó enganchándose a ellos. Lo curioso es que, con el tiempo, esa preferencia personal acabara extendiéndose a su entorno en la Casa Blanca.
Según cuentan, tiene la costumbre de fijarse en los zapatos de quienes se reúnen con él. Durante reuniones o almuerzos observa los pies de sus interlocutores y, si no le convencen, lo dice sin rodeos. Puede criticar directamente que alguien lleve «zapatos de mierda» y, acto seguido, sacar un catálogo para preguntar la talla. A veces ni siquiera pregunta: intenta adivinarla a ojo y encarga un par para regalárselo después.
Los paga de su propio bolsillo y en ocasiones firma la caja o añade una nota. Después se fija en si la persona en cuestión se los pone. En reuniones de gabinete no es raro que pregunte: «¿Ya recibieron los zapatos?». Algunos miembros de su equipo los usan casi por obligación cuando saben que van a verlo, aunque no siempre les queden perfectos. El caso más comentado fue el de Marco Rubio, que en algunas fotos del Capitolio aparece con unos que parecen un poco grandes, al parecer porque la talla se calculó a ojo.
Con el tiempo, el gesto se ha convertido en una pequeña tradición en su círculo más cercano. Algunos asesores incluso se prueban los zapatos en el momento, mientras otros los lucen en actos públicos para no desairar al jefe. De hecho, circulan bromas internas sobre el asunto. Una funcionaria dijo al Wall Street Journal: «Todos los chicos los tienen». Otra añadió entre risas: «Es histérico, porque todo el mundo tiene miedo de no ponérselos».
Así nació lo que algunos medios ya llaman el «club de los Florsheim», una señal informal de pertenencia al entorno del presidente. Entre quienes han recibido un par están el vicepresidente JD Vance (que comentó en un acto posterior que usa una talla 13 americana), el secretario de Estado Marco Rubio, el de Defensa Pete Hegseth, el de Transporte Sean Duffy o el de Comercio Howard Lutnick.
También el director de comunicaciones Steven Cheung, el subjefe de gabinete James Blair y el redactor de discursos Ross Worthington. Fuera del Gobierno, el gesto también ha alcanzado a figuras mediáticas cercanas al trumpismo como Sean Hannity o Tucker Carlson, que recibió unos wingtips marrones durante un almuerzo en enero de 2026 cuando la conversación se interrumpió para elogiar sus «nuevos zapatos increíbles» y entregarle un par. El senador Lindsey Graham también forma parte de la lista.
Los modelos en cuestión no son especialmente exclusivos. Son oxford clásicos de cuero, con cordones y una horma tradicional. Su precio ronda los 145 dólares (unos 125 euros), una cifra relativamente moderada para calzado formal.
Detrás de esta anécdota, sin embargo, hay una marca con más de un siglo de historia. Florsheim fue fundada en 1892 por Milton Florsheim y creció rápidamente en las primeras décadas del siglo XX. Para los años treinta ya contaba con miles de empleados, varias fábricas y una extensa red de distribuidores. Durante décadas se asoció a zapatos clásicos de estilo formal: puntas decoradas, wingtips y modelos pensados para traje.
Esa tradición sigue siendo parte central de su identidad. Como explicó John Florsheim, descendiente del fundador: «Tu marca tiene que representar algo. Tiene que tener un ADN. Para nosotros, la herencia es la manufactura clásica. Tratamos de reinventarla para nuevos estilos y generaciones, pero se mantiene un compromiso con la calidad».
La ironía final es que la empresa matriz de la marca, Weyco, denunció ante el Tribunal de Comercio Internacional de Estados Unidos que los aranceles impulsados por la propia administración habían afectado gravemente a su negocio. La compañía calculó pérdidas de unos 16 millones de dólares y se vio obligada a subir el precio de sus zapatos alrededor de un 10%. Es decir, que la política comercial terminó encareciendo el producto que ahora el presidente compra sin parar y regala a sus colaboradores.