Norma Duval
Los secretos mejor guardados de Norma Duval a sus 70 años
Icono de una época, empresaria y madre, su historia está llena de decisiones valientes
Este sábado, 4 de abril, Norma Duval cumple 70 años. Y lo hace fiel a sí misma, sin nostalgia y sin mirar demasiado atrás. Dice que no le interesa lo que ya ha hecho, que el pasado está cerrado y que lo único importante es el presente.
Su historia empieza mucho antes de los focos, cuando todavía era Purificación y tenía apenas 16 años. En casa había dos posturas muy distintas: su madre estaba convencida de que debía ser artista, mientras que su padre no lo veía nada claro. Ganó la insistencia materna. Fue ella quien la llevó a presentarse a Miss Madrid, aunque la rechazaron por ser demasiado joven. Al año siguiente lo intentó otra vez y aquella noche cambió su vida. Norma recuerda aquel momento como algo casi mágico: encontró una pequeña Virgen en el suelo, la recogió y pensó que aquello era una señal. Esa misma noche ganó. Y ahí empezó todo.
Resulta curioso que alguien que fue considerada uno de los grandes iconos de belleza del país nunca se haya visto a sí misma como tal. Ella misma reconoce que de joven no era consciente de su físico y con el tiempo ha llegado a una conclusión muy clara: se siente más atractiva que guapa. Supo desde muy pronto que tenía un potencial y decidió aprovecharlo, pero siempre bajo sus propias reglas. Nunca le interesó la vulgaridad. «La belleza no me ha cerrado ninguna puerta», ha dicho en la revista Hola, dejando claro que fue una herramienta, pero no lo único.
A los 22 años ya tenía su propia compañía y a los 24 dio el salto que cambiaría su vida: París. La historia de su llegada parece casi de película. Un representante la vio actuar en Madrid y la llevó a hacer una prueba en el Folies Bergère. Tenía que bajar una escalera enorme. Lo hizo sin mirar. Pensó que no había estado a la altura, pero ocurrió justo lo contrario: le ofrecieron quedarse. Dijo que solo seis meses. Fueron años. Se convirtió en la primera vedette española del mítico teatro y en musa durante cuatro años de Paco Rabanne.
Nada de eso fue casualidad. Norma siempre ha tenido un carácter muy definido. Ella misma lo resume diciendo que ha sido «muy echada pa’lante», una mujer que no ha tenido miedo a nada y que ha ido saltando obstáculos sin mirar atrás. Creció en una familia de disciplina militar, algo que, según ella, le dio la fuerza para resistir y avanzar.
En paralelo a su carrera, fue construyendo una vida personal intensa. Madre, empresaria y estrella al mismo tiempo, aprendió a moverse entre dos mundos completamente distintos: el escenario y la familia. Siempre ha defendido que hizo con su cuerpo lo que quiso, cuando quiso, sin sentirse nunca un objeto ni aceptar condiciones que no le convencieran, ni siquiera cuando le ofrecieron grandes sumas de dinero.
Con los años llegaron también los momentos más duros. La pérdida de su hermana, la responsabilidad de cuidar de sus sobrinas, el papel de figura central en una familia que ha crecido y que depende en parte de ella. Reconoce que vivir pendiente del teléfono, en alerta constante, no es sencillo, pero lo asume como algo inevitable.
Sus exparejas
En medio de todo eso apareció Matthias Kühn, su actual marido, en una historia que parece guiada por el destino. Bastó una llamada para que todo encajara. Lo que vino después fue inmediato. Ella misma lo ha contado sin rodeos: «fue un flechazo total, total, total». Antes de él, su vida sentimental había pasado por nombres importantes como Marc Ostarcevic y José Frade, dos etapas que recuerda sin rencor. «De mis parejas solo guardo buenos sentimientos», ha dicho en más de una ocasión. Con Matthias encontró otra cosa. Hoy define su matrimonio como un equilibrio entre dos caracteres fuertes: «La receta es tener muchas cosas en común y respetarnos. Somos dos cabezas de tren muy fuertes».
Su vida actual es todo menos tranquila en el sentido convencional. Vive a caballo entre Madrid y Mallorca, aunque también pasa temporadas en Suiza o en la isla de Tagomago. Se cuida. «Tomo mucha verdura, no pruebo la carne (excepto el jamón bueno, que me encanta)». Viaja constantemente; pero hay algo que no negocia: la libertad. De hecho, llegó a renunciar a la residencia suiza (y a sus ventajas fiscales) porque implicaba estar allí seis meses al año. Prefiere decidir por sí misma, sin ataduras. «No quiero obligaciones», ha explicado con claridad.