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Marc Giro  el pasado abril

Marc Giró el pasado abrilGTRES

El piso de Marc Giró en Barcelona: muy clásico por fuera y de estilo libre por dentro

Es una casa ecléctica, muy vivida y con cierto punto kitsch. Hay recuerdos y pequeños caprichos como una colección de Playmobil

Marc Giró lleva años instalado en ese personaje que mezcla con bastante soltura el discurso progresista con estética de niño bien, una especie de «pijo de izquierdas» que no se esconde y que, de hecho, ha sabido convertir en marca propia.

Criado en un entorno acomodado y con ese punto irónico que le caracteriza, ha construido un perfil donde lo ideológico y lo estético conviven sin demasiados complejos. Ahora ha fichado por Atresmedia y prepara Cara al Show, ese late night con entrevistas, monólogo y una carga ideológica bastante evidente que aterriza en laSexta. Pero más allá del plató, donde todo está medido, iluminado y cuidadosamente ensayado, hay otro escenario bastante más interesante: su casa. Porque es ahí, en lo cotidiano, donde el personaje se desinfla un poco y deja ver lo que hay detrás.

Y ese «detrás» no está en cualquier sitio. Está en Barcelona, en pleno Eixample, ese ensanche diseñado en el siglo XIX que hoy funciona como el gran escaparate de la ciudad: calles rectas, manzanas perfectas y edificios señoriales que combinan historia, estética y precios que no son precisamente populares. Es ahí donde Giró baja el volumen del personaje público y aparece una versión bastante más reconocible. Vive allí junto a Santi Villas, su pareja desde hace más de dos décadas, a quien conoció a finales de los noventa trabajando en el programa catalán Les 1000 i una…, presentado por Jordi González.

Pequeños caprichos como toda una colección de Playmobil

Pequeños caprichos como toda una colección de Playmobil

El piso, por fuera, responde a lo que uno espera del Eixample: techos altos, balcones, luz natural y ese aire de elegancia heredada. Pero por dentro va claramente por libre. Aquí no hay obsesión por el orden ni por las tendencias de revista. Y hay un detalle que lo explica todo: quienes mejor enseñan la casa no son ellos, sino sus perros. Terry y Leo aparecen en muchas de las imágenes que han ido compartiendo, en fotos hechas casi siempre por el propio Villas, que ejerce de fotógrafo doméstico. Tumbados en el sofá, paseando por el pasillo o colándose entre libros, son ellos los que, sin querer, dejan ver el verdadero estado del piso: vivido, natural y sin demasiado interés en impresionar.

Dormitorio Marc Giró

Dormitorio del piso de Marc Giró

El salón es el mejor resumen. Un sofá cómodo, cojines que no combinan entre sí y, alrededor, una mezcla de objetos que en cualquier catálogo parecerían incompatibles. Una Virgen María colocada sin solemnidad, un cuadro con aire retro, libros, pequeñas figuras… todo junto, sin orden aparente pero con sentido. Es un batiburrillo, sí, pero de los que funcionan precisamente porque nadie ha intentado que funcione demasiado.

Casa de Marc Giró

Casa en Barcelona de Marc Giró

Las estanterías confirman esa idea. Aquí no hay libros colocados por colores ni por tamaños. Hay pilas, recuerdos y pequeños caprichos como toda una colección de Playmobil que no se esconde. Está ahí, visible, casi reivindicada. Y también juegos de mesa de la Barbie. Porque hay historia: el propio Giró ha contado que de pequeño sus padres, a los que define como «rojos y comunistas», no quisieron comprarle una. En aquella época no se veía normal regalar muñecas a un niño y, además, en casa no eran precisamente fans de los productos norteamericanos. Resultado: no hubo Barbie. Y ahora, con los años, él ha hecho justo lo contrario, comprarse todas las que puede, como quien ajusta cuentas con la infancia.

Casa Giró

Detalle de la casa de Marc Giró

El pasillo, largo y estrecho, funciona como transición hacia un comedor algo más despejado. Al fondo, una lámpara roja rompe cualquier intento de neutralidad. Y en el dormitorio sucede algo parecido: base sencilla, textiles cálidos y, de nuevo, ese detalle que rompe la armonía. Esta vez, E.T. detrás del cabecero, como si vigilara la escena. Llama la atención, sí, pero encaja perfectamente con alguien a quien no le interesa pasar desapercibido.

Al asomarse al balcón, cambia el plano. Plantas, flores y bolsas rojas convertidas en maceteros contrastan con la fachada de enfrente, mucho más clásica. Ahí aparece el Eixample de siempre: edificios señoriales, tonos crema algo desgastados, balcones de hierro forjado y una elegancia que no necesita estar perfecta para seguir funcionando. Dentro, sin embargo, la lógica es otra. No hay minimalismo, no hay líneas limpias ni intención de parecer una casa de catálogo.

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