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Carmen Cervera y su madre, en la presentación del Museo Thyssen de BarcelonaGtres

La desigual relación de la baronesa Thyssen con sus hijas mellizas

Tita ha integrado ya a su hija Carmen en los consejos de administración de sus sociedades y en el Patronato del Museo Thyssen

El reciente ingreso hospitalario de Tita Cervera en la clínica Teknon de Barcelona ha proyectado una imagen de unidad familiar que, bajo la superficie, esconde un complejo entramado sucesorio. A sus 83 años, y con una fortuna estimada en 1.300 millones de euros, la aristócrata ha comenzado a ejecutar decisiones determinantes sobre el futuro de su patrimonio. Los movimientos legales de los últimos tiempos apuntan a una estrategia clara: posicionar a su hija Carmen como la única heredera de su gestión profesional, desplazando a Borja a un papel meramente institucional y dejando en un plano casi etéreo a Sabina, la melliza bohemia.

La reestructuración del imperio comenzó con una maniobra jurídica de alto calado: la renuncia de la viuda del barón Thyssen a su nacionalidad suiza. Al desvincularse de la estricta legislación helvética, que protege con un celo férreo la «legítima» del primogénito, la baronesa recuperó la soberanía absoluta para moldear el destino de sus bienes. Sin embargo, el movimiento maestro ha trascendido el papel para ejecutarse en el reparto del poder real. Tita ha integrado ya a su hija Carmen en los consejos de administración de sus sociedades y en el Patronato del Museo Thyssen, otorgándole voz y voto en las decisiones estratégicas.

Al dotarla de este estatus administrativo de forma prematura, la aristócrata ha creado un hecho consumado: la joven, que este junio cumple 20 años, ya es la gestora de facto del legado. Este ascenso contrasta con la posición de Borja, quien pese a mantener su puesto como patrono del Museo, parece haber orientado sus intereses hacia sectores alejados del control artístico, como el negocio del alquiler de embarcaciones de lujo. Por otro lado, Sabina queda legalmente fuera de las estructuras de decisión, consolidando un organigrama donde el mando tiene un único nombre femenino.

Detrás de este blindaje subyacen décadas de desgaste. La desconfianza de la baronesa hacia su hijo mayor no es un fenómeno reciente, sino una constante histórica; siempre le ha percibido con una tendencia crónica al «despilfarro», más interesado en el disfrute de un lujo privado —como su próxima mudanza a una mansión de 10 millones en La Finca— que en el sacrificio que exige la administración de un legado. El distanciamiento se remonta a la unión de Borja con Blanca Cuesta, relación que la mecenas nunca aceptó, llegando a ausentarse de su boda y a solicitar pruebas de paternidad de sus nietos. Aunque en 2022 firmaron una tregua pública, episodios como la disputa por la propiedad de un Goya y un Tiziano evidenciaron que la confianza estaba rota de forma irreversible.

En contraste, Carmen ha sido esculpida como la «digna sucesora». En 2025, la joven dio un giro estratégico a su futuro al cambiar sus estudios de ADE por los de Derecho en Barcelona, buscando las herramientas legales para blindar los museos de Madrid, Málaga y el futuro centro de Sant Feliu de Guíxols. La predilección de Tita es total: «Carmen es mi digna sucesora. Es una chica muy preparada que me recuerda mucho a mi madre, porque lo tiene todo controlado». Este favoritismo incluye privilegios de mando y de vida, como el uso de un piso de 500 metros cuadrados en el exclusivo Turó Park y su implicación directa en las obras del futuro Museo Carmen Thyssen de Barcelona en el Palau Marcet (antiguo cine Comedia), cuya apertura se prevé para 2028.

En el lado opuesto del tablero se sitúa Sabina, la melliza «invisible». A pesar de haber nacido en Los Ángeles el 6 de julio de 2006, con solo tres minutos de diferencia respecto a su hermana, su proyección pública es hoy nula. Mientras Carmen se prepara para el mando, Sabina ha consolidado su vida en el anonimato de Andorra bajo la tutela de su primo Guillermo, centrando sus esfuerzos en una formación creativa en Arte y Diseño. «La ilustración es algo que me apasiona», ha confesado la joven, quien parece haber encontrado su refugio en el dibujo tras conseguir la nacionalidad andorrana.

Esta inclinación artística ha servido a Tita para marcar una brecha insalvable: «Sabina es mi hija bohemia. Ella es más artista que Carmen. Como estudiante, Sabina siempre ha sido más pancha que su hermana». Bajo esta etiqueta, la baronesa justifica que el peso ejecutivo recaiga solo en una de ellas, una maniobra que remata con la flexibilidad de su testamento: «He hecho cantidad de testamentos. Cuando cambia la vida, pues vas cambiándolos».