El dictador Mussolini participó en la inauguración de la temporada de trilla de trigo en las marismas pontinas recuperadas el 6 de julio de 1938
Mahatma Gandhi y cinco millones de campesinos defendieron el fascismo
El gobierno liberal italiano de Luigi Facta apoyo al escritor Gabriele D’Annunzio para organizar una manifestación patriótica el 4 noviembre de 1922 para demostrar la fortaleza del gobierno, pero Mussolini se adelantó con su marcha sobre la ciudad eterna
La marcha fascista sobre Roma de la que se cumplen 100 años no fue el inicio del fascismo. La nueva ideología dio sus primeros pasos en marzo de 1919, cuando Benito Mussolini acompañado de 200 personas más, entre ellos veteranos de la Gran Guerra, se reunieron en la Piazza San Sepolcro de Milán para constituir los Fasci Italiani di Combattimento, la Liga italiana de combatientes. Una unión basada en la fuerza cuyo manifiesto defendía ideales socialistas y nacionalistas.
La primera motivación de Mussolini y sus seguidores para crear los fasci era el descontento surgido de la victoria blanda italiana en la Primera Guerra Mundial. Con el Tratado de París, la vencedora Italia aspiraba a recuperar los territorios del Trentino, Venecia julia y el Tirol que se había anexionado Austria durante el conflicto. Tampoco Yugoslavia cedió las zonas fronterizas de Dalmacia e Istria. La respuesta fascista no se hizo esperar, y en septiembre de 1919, un pequeño ejército encabezado por el famoso poeta Gabrielle D’Annunzio, invadió la ciudad adriática de Fiume (actual Rijeka), que entonces pertenecía a Yugoslavia, aunque la mayor parte de su población eran italianos. La milicia que atacó la pequeña población llevaba uniforme negro porque pertenecían a los Arditi, una unidad de élite del ejército de tierra – especializada en la lucha cuerpo a cuerpo – que participó en la Primera Guerra Mundial. Mussolini copiaría la estética para formar su milicia de partido de «camisas negras», pero aún quedaban 4 años para aquello.
El auge del fascismo se explica también como una respuesta política y violenta al miedo de que el espíritu bolchevique de la revolución rusa de 1917 se extendiera por toda Europa, e Italia era uno de sus feudos más fervientes en aquellos años. Entre 1919 y 1920, el socialismo se movilizo imitando los modelos soviéticos. Los campesinos asaltaron y ocuparon las fábricas, se crearon consejos obreros para organizarlas y los sindicatos se hicieron fuertes en las zonas rurales. Esto vino acompañado de varias victorias electorales a nivel local. La lucha contra el comunismo acababa de empezar y en pocos meses, el fascismo obtuvo grandes apoyos sociales de la clase media, pero también de terratenientes y agricultores y los más de cinco millones de campesinos con pequeñas posesiones, que veía en el sistema soviético un peligro para su supervivencia. Las milicias fascistas locales redujeron a los socialistas por la fuerza y tomaron el poder de muchos ayuntamientos del norte y el centro de la península italiana.
Lo que desconocía el Rey, la Iglesia y la sociedad italiana era que Mussolini pretendía crear un Estado totalitario donde no cabía el comunismo, el liberalismo, ni tampoco los conservadores
Por su lado, los sindicatos socialistas y ligas campesinas se defendieron en ciudades como Parma, donde demostraron que los fascistas no eran invencibles, aunque pronto descubrirían que esa victoria se quedaría en un hecho simbólico. En otras regiones como Cremona, las Ligas Rojas (campesinos de la región norte) y las Ligas Blancas de campesinos y socialistas católicos fueron duramente reprimidas por las milicias fascistas locales. Estos enfrentamientos demuestran que la violencia se extendía por Italia, aunque dirigida por líderes locales, en cuyas decisiones Mussolini no intervenía demasiado, e incluso «desconocía parcialmente lo que se hacía en las milicias locales», afirma Emilio Gentile, profesor de la Universidad de Roma.
A Mussolini le preocupaba el exceso de violencia, que podrían quitarle legitimidad para tomar el poder, por eso en 1921 intentó frenar la violencia en el campo. Su visión era también política, por ello crea el Partido Fascista Italiano ese mismo año. Desde Roma, el debilitado gobierno liberal, el Rey Víctor Manuel III y la Iglesia veían en el fascismo la solución menos perjudicial para acabar con la revolución obrera. También contaría con la admiración de líderes tan opuestos a sus ideas como Gandhi, que reconoció al futuro Duce como «salvador de la nueva Italia», o Winston Churchill cuando dijo que «si hubiera sido italiano, estoy seguro de que habría estado sin reservas con vosotros, de principio a fin, en tu lucha triunfante contra los apetitos y las pasiones bestiales del leninismo», durante una visita oficial a Italia en 1927.
A Mussolini le preocupaba el exceso de violencia, que podrían quitarle legitimidad para tomar el poder, por eso en 1921 intentó frenar la violencia en el campo
La explicación a estos apoyos era sencilla, la situación de la nación era crítica, caminaba hacia una guerra civil que nadie deseaba y el gobierno liberal no tenía fuerza alguna para contener una revolución ya fuese fascista o marxista. Con los socialistas prácticamente derrotados y un gobierno débil, Mussolini decidió jugar sus últimas cartas con una gran movilización general de todas las milicias fascistas sobre la ciudad eterna. El 28 de octubre de 1922, una marea de 25.000 camisas negras desfilaron por las principales avenidas de Roma, pero entre ellos no estaba Mussolini, que se había quedado en Milán preparado para huir del país si la marcha no obtenía el éxito esperado. Nadie les detuvo y demostraron su poderío.
La clave estuvo en la decisión del monarca italiano, que «si el Rey hubiera ordenado al ejército detener a los fascistas, el ejército habría obedecido y los fascistas habrían sido eliminados», afirma el historiador Stanley G. Payne. Pero no lo hizo. Es más, ante la sorpresa de Mussolini, al día siguiente, Víctor Manuel III le hizo llamar a Roma y le propuso crear un nuevo gobierno de coalición. Benito Mussolini se convirtió en primer ministro de un gabinete constitucional con solo tres ministros fascistas. Lo que desconocía el Rey, la Iglesia y la sociedad italiana era que Benito Mussolini pretendía crear un Estado totalitario donde no cabía el comunismo, el liberalismo, ni tampoco los conservadores. Con un ejército de partido y unas nuevas costumbres centradas en el caudillaje hacia su persona, donde «el fascismo no practica la religión, sino que lucha contra ella», aseguró Mussolini en 1921.